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Culto
Álvaro Henríquez: “Fome está a la altura de los mejores discos del mundo”

Álvaro Henríquez: “Fome está a la altura de los mejores discos del mundo”

El músico recuerda el contexto y la crisis grupal que explican la obra cumbre que festeja 20 años. Además, se refiere al caótico momento que vivió en la última Cumbre del Rock Chileno y al caso Scaramelli.

“¿Y a quién quieren impresionar con esa pinta? ¿A los mapaches?”.

El productor estadounidense Joe Blaney le hacía aquella pregunta a Los Tres cada vez que los observaba cruzar el bosque de Woodstock -donde estaba el estudio en que grababan el disco Fome-, vestidos de ternos, corbatas y zapatos relucientes, como si se tratara de una alfombra roja en medio de la nada.

“Es que yo le decía al ‘Titae’: ‘Si queremos que este disco sea bueno, tenemos que ponernos traje’. Y antes de irnos para allá nos fuimos a comprar unos ternos. Llegábamos todos los días pinteados en la mitad del campo, porque tenía que ver con un rango de comportamiento que estuviera a la altura de la música que estábamos haciendo. O sea, el que llegaba con shorts, ¡fuera! Aunque más que echarlo, era hacerle burla: ‘Cacha la pintita pos, nosotros con corbata, ¿y tu venís así?’”, rememora Álvaro Henríquez (47).

Al final, la obsesión estética fue de la mano de los resultados artísticos, dando origen a la obra maestra del conjunto, el título que hasta hoy representa su cúspide creativa y que precisamente hace unos días, a fines de junio, cumplió dos décadas desde su estreno. “Creo que Fome está a la altura de los mejores discos del mundo. Me siento orgulloso, porque es un álbum muy especial, estábamos todos muy concentrados y muy a gusto de lo que estábamos haciendo. Fue un trabajo bien completo a nivel de vibra y buena onda”.

Alto: aunque el cantante resalta el temperamento festivo que definió la producción, los títulos de las canciones lo desmienten. “Toco fondo”, “Olor a gas”, “Fealdad”, “Bolsa de mareo”, “Jarabe para la tos”: todas escenas pesimistas y grotescas, lejos del fulgor de chaquetas y corbatas, y más cerca del precipicio. Incluso, la forma de cantar que cruza los 15 temas se balancea entre el tono apesadumbrado, de apatía y desgano —o abulia, para usar un término tan propio de Fome— de “Olor a gas”, “Toco fondo” y “De hacerse se va a hacer”; y la rabia chillona de “Antes”, “Bolsa de mareo” o “Restorán”.

“Lo que pasa es que una cosa es el trabajo, hacer el disco y grabarlo, y lo otro es empezar a desmembrar todo y llegar a la raíz. En ese tiempo, entre nosotros como individuos y como amigos, la cosa iba para abajo. Totalmente. Habíamos tenido varios encontrones y fue un período en que estábamos todos descubriendo el mundo, y al mismo tiempo, echándolo a perder. O sea, Los Tres se pudieron haber separado antes del Fome. Fácil. Muy fácil. Pero yo dije ‘no pos, filo, hay que hacer música’. Porque lo que hacíamos era bueno. Y personalmente no estaba pasando por un buen momento. Ni cagando, todo lo contrario. Pero tampoco era una crisis ni nada de eso. Era más bien todo muy british, tipo ‘tú aquí’ y ‘yo allá’”.


¿Por qué decidieron seguir?

—Lo que nos llevó y lo que siempre nos ha llevado es la música. Uno podrá tener diferencias con las otras personas, pero a nosotros siempre nos llevó la música. Y te digo: estos son buenos músicos. Titae es una bestia. El Ángel (Parra) es muy buen guitarrista. El Pancho (Molina), un excelente baterista. Pero era todo muy raro, porque nos estaba yendo la raja en todos lados. Pero la interna era muy difícil, lo que también de alguna forma se filtra en el trabajo con cosas tipo “oye, ¡no toques eso!” y el otro respondía “ah, ¿entonces te caigo mal?”. Ese tipo de tonteras, casi adolescentes.

¿Eso pasó de manera frecuente en las grabaciones?

—No, no. Pero nos pusimos de acuerdo. Yo les dije: “Yo por mí, me voy ahora mismo. Pero no, no se las voy a dar tan fácil, así que vamos grabando no más y cantemos las canciones”. En ese momento estaba el rollo de México también, yo me quería quedar allá, pero los otros no. Era difícil, pero había que hacer el disco igual, porque la buena música va a sobrevivir siempre y así fue. Pero no fue fácil, por eso mismo se llama Fome, tiene esa ambivalencia.

¿Por qué usted atravesaba un momento tan complicado? En una entrevista dijo: “Estaba pensando en hacer un disco con rabia, no contra el gobierno, la gente o la sociedad; rabia contra mí y la gente que me rodeaba”.

—Exactamente, eso era lo que sentía. Y no me arrepiento, de hecho al contrario, creo que la rabia, la impotencia o estar bajo dictadura son motores para hacer música también. Y yo decía “la rabia la voy a canalizar por mi lado, no para el lado de ellos”. Y “Bolsa de mareo” tiene que ver con que ya estábamos todos hastiados de tocar “Quién es la que viene allí”. El tema era bueno, pero nos transformó en un productito noventero donde tocábamos cueca y después no sé qué huevá, de todo un poco. Estaba tan chato de “Quién es la que viene allí” que íbamos volando, agarré la bolsa de mareo y sobre la misma hice la letra. Había mucha decepción también con la mánager de esa época (NdR: Carmen Romero), las cosas estaban muy ásperas. Yo estaba muy negativo y lo que tú escuchas en el disco es lo que era para mí ese momento. Estábamos en crisis interna, había cosas personales de por medio, pero también nos habían agotado las giras, la promoción, ir a todos los canales.

¿Eso es lo que refleja “Me arrendé”, de querer tener una vida nueva para matar a la antigua?

—Exacto, esa era la onda. “Me arrendé” resume muy bien el Fome. Hay varias canciones que tienen mensajes que yo en ese momento tampoco los pensé, sino que era lo que estaba pasando, tipo CNN, “está pasando, lo estás viendo”.

¿Fue un error intentar conquistar México en ese contexto?

—Creo que no, todo lo que uno intenta y trata de hacer, hay que hacerlo. Si te va bien o no, es harina de otro costal. Si nos hubiéramos quedado en México, estaríamos roncando más, creo yo. Haberse quedado en México todos y haber seguido el trabajo con el sello, lo que empezamos, claro que sería distinto. Quién sabe, quizás seguiríamos allá. Pero cuando caché que los otros no querían, ahí hicimos La sangre en el cuerpo y ahí pensé que ahora sí, me voy.

¿Cree que Fome fue comprendido por el público?

—Lo que pasa es que fue criticado terrible. Pura gente tarada hablando sobre lo que ni siquiera sabían, porque tampoco lo escuchaban, o lo entendían mal. Además, siempre está ese nivel un poco político que se me ha achacado: este loco terrible, comunista, femicida… Pero la gente que uno aprecia lo encontró muy bueno. Jorge González, lo mismo los Tacubos. En México fue elegido Disco del Año según una revista, pero dabas vuelta la página y decía “y Peor Carátula” (se ríe). ¿Cómo quieres que no me sienta orgulloso?



Muchos años después de su lanzamiento, y a miles de kilómetros de Chile, y ni siquiera en uno de sus conciertos, Henríquez volvió a sentir orgullo por Fome. “El año pasado fui a ver a Brian Wilson a Acapulco y algunos fans se arrodillaban frente a mí, y me decían: ‘Para nosotros, el Pet Sounds en español es Fome’. Puede que sea un poco mucho”.


Hace un rato dijo que era uno de los mejores discos del mundo.

—No soy católico, pero sí soy un hombre de fe y le tengo fe a lo que hago. Entonces, cuando salió Fome yo sabía que iba a ser un disco notorio y distinto. Nunca tuve dudas. Nunca he pensado eso del artista que dice (adopta un tono que aparenta humildad) “muchas gracias, fíjate que no me había dado cuenta de lo bueno que era”. Na, esa huevá es mentira. Me di cuenta desde el minuto uno que era el mejor disco que había hecho. Si esto hubiera sido una guerra, ganábamos por lejos. Estoy muy asombrado de haber hecho otro álbum después de Fome y que hayamos seguido como grupo. Yo pensé que ahí ya estábamos listos. Recuerdo que le mostraron “Bolsa de mareo” a Noel Gallagher la primera vez que vino Oasis y le encantó.


Hubo otro concierto reciente donde Henríquez se volvió a sacudir con el influjo que la obra de 1997 aún tiene en su carrera. Fue el pasado 7 de enero en la Cumbre del Rock Chileno, cuando frente al Estadio Nacional se atrevieron a tocar “Restorán”, por lejos la canción más retorcida en la historia del grupo, donde sólo se limita a enumerar 28 tipos distintos de comidas: imposible cantarla a coro, imposible memorizarla.

“(Con los temas de Fome) la gente no tiene la misma reacción que con ‘La espada y la pared’. Todavía sigue siendo medio peligroso el disco, por eso me gusta tanto. Si en los 90 hubiéramos seguido así, nos íbamos todos por el desfiladero. Uno se pregunta cómo hicimos un disco así, estando la situación como estaba. Pero para mí lo más importante es el resultado, esta cosa de la comunicación entre los amigos no es tan importante. Con Fome pude realmente separar lo que era la amistad de lo que era el trabajo. Y chao, no se mezclan. Ahí aprendí para siempre a no mezclar esas cosas. Pero nunca fue algo lacrimógeno y así ha quedado demostrado, porque cuando me encuentro con el Ángel o con el Pancho los abrazo y les deseo lo mejor. Estaría bueno pegarse una tocatita…”.

¿Le gustaría volver a tocar con ellos?

—Mmmm… (largo silencio)

Acaba de decir que sería bueno.

—Pero una tocatita es sin público. No sé si volvería a la dinámica de tocar juntos, de ser un grupo de nuevo. Es como ponerle un poco de onda a un muerto que ya está muerto. Los Tres eran Los Tres, y fueron eso y listo. Uno podrá tocar un par de cosas juntos, tal vez, más adelante, no sé, no cacho. Tengo recuerdos imborrables y cero problema con ellos. Y claro, puede ser que más adelante (les diga): “¿Y por qué no tocamos un par de temas?”. Así empezamos nosotros. Es como cuando estás en una fiesta familiar y llega un tío que toca guitarra. Después se suma otro. Y se van sumando más espontáneamente. Creo que va más por ahí que por el rollo de “se juntan Los Tres”.

A propósito de la Cumbre del Rock, ¿qué recuerdos tiene? Jorge González, en su último recital, le entregó a usted el Premio Ícono del Rock Chileno, en una situación un poco desordenada arriba del escenario.

—Es que esa cumbre fue lo más parecido a un desastre que yo sepa. El total. Hubo problemas de sonido, fue un dolor de cabeza. Está bien que se premie a los músicos y me siento muy honrado que me hayan nombrado. Buena onda. Pero la consecución del asunto no fue buena. Ni para el Jorge, ni para mí, ni para nadie. Ni para el público, porque nadie cachó nada.

¿Quién fue el responsable de eso?

—No tengo idea y no le voy a echar la culpa a nadie tampoco. Jorge me dio el premio, pero hubiera sido más bonito haberlo mostrado más a él, haber conversado más con él, pero lo subieron, lo bajaron y después fuera. Más encima yo andaba con los audífonos puestos y estaba ahí parado como los giles, después aparece el “George” con sus hijos, que son un amor, pero nadie entendió la premiación. Nadie se tomó el tiempo ni siquiera de ensayar o hacer un guión. El guión me lo tuve que hacer yo. Una semana antes le dije a los organizadores: “Podemos tocar y todo, pero mejor no me den ningún premio. Hay que dárselo al Jorge. De verdad no me importa, puede ser el próximo año, en algún momento. Pero ahora el Jorge es la preocupación”.

Volviendo a Fome, en el último tiempo han hecho shows de discos completos. ¿Por qué este año no lo hicieron con Fome?

—Por lo mismo, como es algo tan único, tal vez ni siquiera sea sensato reproducirlo. El disco es tan de culto que ni siquiera le vamos a hacer un tributo o una gira. Lo mejor es quizás dejarlo ahí.


“Lo de Alvaro Scaramelli es impresentable”

Álvaro Henríquez subraya que es uno de los músicos que más ha profundizado en el tema de derechos musicales. “Es un tema que tengo escobillado, incluso”, sintetiza.

De alguna manera, su estatus como uno de los artistas nacionales que más derechos de toda índole genera —debido a un cancionero que se mantiene vigente en las más diversas plataformas— lo ha llevado a interiorizarse en tales coyunturas desde los 90.

Por eso, dice que está informado y que ha seguido la última controversia que ha golpeado a la SCD, donde su ahora ex presidente, Álvaro Scaramelli, dejó el cargo precisamente esta semana, como consecuencia de una serie de acusaciones originadas por los $130 millones de ganancias que obtuvo en el período de un año y medio por derechos conexos

“Lo de Scaramelli es impresentable, eso no puede ser, es improbable”, expresa el cantautor, quien en el último tiempo ha conversado con el organismo temas relativos a, por ejemplo, las platas que perciben los artistas chilenos cuando telonean a un extranjero. Además, agrega que en algún momento le ofrecieron integrar la directiva de la SCD —“sí quería ser presidente o vicepresidente”, precisa—, pero finalmente declinó la invitación.

Sobre el autor:

Claudio Vergara |
Subeditor de Espectáculos de La Tercera y periodista especializado en música popular.