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Culto
Las piezas del motor

Las piezas del motor

Llega a librerías El equilibrista, una compilación que reúne textos del argentino Federico Andahazi.

Fue en 1997 cuando el argentino Federico Andahazi publicó El anatomista, su primera novela. Para escribirla abandonó el ejercicio del psicoanálisis al que se dedicaba tiempo completo y se embarcó a contar la vida de Mateo Colón, un médico renacentista al que se le atribuye, entre otros hallazgos, el descubrimiento del amor veneris, es decir, “el órgano que gobierna el placer en las mujeres”. El narrador jamás menciona la palabra clítoris, pero aquello no pudo apaciguar el escándalo que montó la Fundación Fortabat, que pese a respetar la decisión del jurado y premiar su novela, suspendió la ceremonia de entrega al enterarse de este mínimo detalle. “La obra no contribuye a exaltar los valores más elevados del espíritu humano”, declararon los organizadores del certamen. En menos de dos años, El anatomista vendió veinte ediciones y convirtió a su autor en uno de los narradores sudamericanos más publicados en el extranjero, con traducciones a treinta idiomas.

Desde entonces, Andahazi ha firmado una decena de novelas y otros tantos volúmenes de cuento y ensayo. Ahora, a dos décadas del hito inicial en su carrera, llega a librerías con El equilibrista, una compilación que reúne textos enfocados en los otros ámbitos a los que el autor se ha dedicado en los últimos años como columnista de medios de prensa y radiales. Aunque, desde luego, persiste en las obsesiones base de su ficción, como las recreaciones históricas ensambladas, desde la sátira y el humor negro, a temas vinculados con la política y el poder.

Es probable que el lector que llegue a este libro sin conocer el trabajo previo de Andahazi considere que está demasiado dirigido a sus lectores fieles o bien, por determinadas contingencias, demasiado argentino, sin embargo la fuerza de su prosa revierte prontamente aquella percepción. En especial por el segmento titulado “El escritor en primera persona”, en el cual narra, digámoslo así, la prehistoria del novelista superventas que llegó a ser y cómo ha logrado que su ímpetu y convicciones literarias se mantengan a pesar del bullicio, de las distracciones de esa entelequia que conlleva el calificativo de escritor famoso. Aquí está su infancia, su matriz familiar cruzada por la inmigración desde la Europa devastada por la guerra y, una vez establecida, por las consecuencias de la dictadura en Argentina a partir de 1976.

“Por qué soy escritor”, el relato que abre la sección, recuerda justamente ese episodio: Samuel Merlín, su abuelo paterno, comienza a quemar su biblioteca apenas conocido el golpe de estado, pues ésta se convertía en un peligro para su familia.

“De modo que aquella madrugada, cuando hizo el último atado, antes de que despuntara el alba, llevó todos los libros a un terreno baldío frente a su casa, al otro lado de la calle Ayacucho, y los quemó uno a uno”, escribe. “Presencié aquella escena desde el balcón. Era un hombre duro, un inmigrante curtido en el rigor de la guerra y el exilio. Iluminado por las llamas temblorosas, fue la única vez que lo vi llorar”.

Andahazi ofrece una decena de textos breves encadenados cronológicamente. Así como los procesos de documentación que lo llevan de un sitio a otro (en “El padre del monstruo” revela un notable hallazgo en una biblioteca de Estados Unidos, con un manuscrito cruzado por anotaciones del mismísimo doctor Frankenstein) hasta las curiosas reflexiones como un novelista que, luego de años de escribir en bares, es arrojado al mundo saltando de país en país.

Algunas de estas piezas habían sido publicadas años atrás en diarios y revistas, aunque ahora, dispuestas como un continuo, logran mayor consistencia. De todas, una de las que más brilla es la titulada “Harley-Davidson y yo”. Aquí Andahazi recuerda su decidido empeño por restaurar a toda costa una moto de 1947 y cuán fundamental fue en esta tarea su oficio de escritor internacional.

“Cuando mis editores extranjeros me proponían un paseo en los momentos libres, les suplicaba que, en lugar de la obligada visita a los sitios de rigor, me llevaran a los desarmaderos de las afueras de la ciudad en la que estuviera: con sorpresa, por encima de los lentes de leer, me veían revolver una infinidad de chatarra para ellos indescifrable. En Estambul conseguí el filtro de aire; en Pula, una parte del alternador y en Atenas, cerca del puerto del Pireo, compré un impecable cuadrante para el velocímetro”.

Tanto como aquella reliquia de más de 70 años, El equilibrista es un libro que se puede leer por pedazos y siempre sus piezas terminan calzando.


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