*

Culto
Dylan sin intermediarios

Dylan sin intermediarios

Malpaso reedita en Hispanoamérica el primer volumen de las memorias del último Nobel de Literatura.

Como cantante de folk, Bob Dylan llevaba colgada la etiqueta de “voz de su generación”, una prelatura que llegaba a un callejón sin salida aparente hacia mediados de la década del 60: el paisaje que dibujaron los Beatles y otras bandas representaban un desafío y a la vez un llamamiento, como explica Greil Marcus en Bob Dylan en la encrucijada. Entonces, el álter ego de Robert Allen Zimmerman vibraba entre la atmósfera cordial y ferozmente competitiva en que se movían los astros de la música, reaccionaba a todos los estímulos, absorbía todas las influencias.

Descubierto por el cazatalentos de Columbia Records, John Hammond —que puso en el mapa a artistas colosales como Teddy Wilson o Billie Holliday—, según narra el propio Dylan en Crónicas, volumen I (Malpaso), sus canciones pueden rastrearse desde Shakespeare hasta lo más hondo del universo estadounidense, ese magma de voces nativas donde emergieron alquimistas como Walt Whitman y John Ford, como dijo alguna vez el escritor Jonathan Lethem.

Figura central de la contracultura, Bob Dylan quería ser Bertolt Brecht, pero el que estaba acompañado por la música de Kurt Weill, de manera de alcanzar el desarraigo en medio de su desinterés hacia unos orígenes que configuraron su visión del mundo, el de un preadolescente judío criado en un pueblo perdido de Minnesota: “Me preguntó por mi familia, de dónde eran. Le respondí que no tenía ni idea, que habían muerto tiempo atrás”, escribe Dylan.

El volumen de crónicas de reciente publicación por la editorial Malpaso está prologado por el ensayista español Benjamín Prado y muestra a un Dylan sin intermediarios, fuera del hermetismo de sus letras, apresurado a la vez que ambicioso, testarudo, tenaz, con Nueva York como escenario, en medio de los años 60, cuando buscaba conseguir un contrato para grabar.

“Uno piensa que la única verdad sobre la tierra es que no hay ninguna. Todo lo que uno dice, lo dice al voleo. Nunca hay tiempo para reflexionar”, reclama el último Nobel de Literatura, el músico que alcanzó a reescribir los cánones de la literatura rock demostrando por qué es él —y no ninguno de sus contemporáneos—, el que se ha alzado con el premio planetario más importante de las letras.



Todo pertenece a todos

En las páginas de Crónicas, volumen I se entrecruzan la divagación más íntima con las descripciones tan precisas como las de un guión cinematográfico: “Junto al sofá había un armario de madera sobre columnas acanaladas, y cerca de este, una mesa oval con cajones redondeados, una silla en forma de carretilla y un pequeño escritorio revestido con madera de palisandro con cajones que se abrían hacia abajo”.

Sorprende la manera de contar la concepción de sus canciones, muchas de ellas nacidas desde otras canciones transmitidas de generación en generación. Ahí el volumen dice tanto por lo que explica como por lo que deja fuera. Escucha bien lo que no te voy a decir, parece gritar.

Sus canciones, entendemos, no salieron de la nada. “Al contrario de lo que decía Lou Levy, tenían un precedente. Venían de la música tradicional: folk tradicional, rocanrol tradicional y swing orquestado tradicional”.

Dylan aprendió de letras y de cómo escribirlas escuchando canciones folk. Luego las tocó y conoció a otros que también lo hicieron cuando nadie más lo hacía. Entonces el autor de “Blowing in the wind” se obsesionó. Por media década lo único que escuchó fueron clásicos del folk. Cantó nada más que canciones folk, y entonces descifró lo que parecía ser un código: todo pertenece a todos. Tal vez por ese motivo sus críticos no lo comprendieron:

Los críticos dicen que no puedo cantar. Que croo y sueno como una rana. ¿Por qué los críticos no dicen lo mismo sobre Tom Waits? Los críticos dicen que mi voz es plana. Que no tengo voz. ¿Por qué no dicen esas cosas de Leonard Cohen? ¿Por qué recibo un tratamiento especial? Los críticos dicen que no puedo sostener un tono y que hablo en las canciones. ¿En serio? Nunca escuché que dijeran eso de Lou Reed. ¿Por qué él sale impune?

¿Qué he hecho para merecer esta atención especial? ¿No tener rango vocal? ¿Cuándo fue la última vez que escuchaste a Dr. John? ¿Por qué no dices eso de él? Que balbuceo mis palabras, que no tengo dicción. ¿Alguna vez escucharon a Charley Patton o a Robert Johnson o Muddy Waters? Háblenles de balbucear palabras y carecer de dicción.

“¿Por qué yo, Señor?”, me decía a mí mismo.

Los críticos dicen que mutilo mis melodías, que hago mis canciones irreconocibles. ¿Oh, en serio? Déjenme decirles algo. Estuve en una pelea de box hace unos años viendo a Floyd Mayweather contra un portorriqueño. Y sonó el himno de Puerto Rico y alguien lo cantó y fue bellísimo. Fue muy emotivo. Después de eso llegó el momento de nuestro himno nacional. Y una cantante de soul muy popular fue escogida para entonar. Cantó cada nota —las existentes y las inexistentes—. Hablen de mutilar melodías. ¿Tomas un monosílabo y lo haces durar 15 minutos? Ella estaba haciendo gimnasia vocal como si estuviera en el trapecio. Pero para mí no fue gracioso. ¿Dónde estaban las críticas? ¿Mutilando letras? ¿Mutilando una melodía? ¿Mutilando una canción sagrada? No, la culpa es mía. Pero yo no pienso que haga eso, solo pienso que los críticos dicen que lo hago.

Esto decía Sam Cooke cuando le celebraban que tenía una bella voz: “Eso es muy amable de tu parte, pero las voces no deberían ser medidas según su belleza. Ellas solo valen si te convencen de estar diciendo la verdad”.

Conocido por hablar poco en sus conciertos, Dylan profundiza este punto en el libro, que está dividido en cinco capítulos (“Pulir la partitura”, “La tierra perdida”, “New Morning”, “Oh Mercy” y “Río de hielo”) y da cuenta, entre otros asuntos, del Dylan lector. Ahí están Faulkner, Balzac, Clausewitz, Poe, Robert Graves, Pushkin y, sobre todo, Tucídides, que operan como válvulas de escape y brújulas de un personaje que ha esquivado con maestría su efigie canónica reinventándose a sí mismo.

Crónicas, volumen I es y no es el relato de lo que Zimmerman ha querido ser, tal vez el retrato más nítido del Dylan íntimo y un perfecto complemento para regresar no solo a su discografía: también a la lectura de otros tres recomendables títulos publicados en español sobre el músico: Rolling Thunder: con Bob Dylan en la carretera (Anagrama), de Sam Shepard; Bob Dylan, la biografía (Reservoir Books), de Howard Sounes; y Like a Rolling Stone: Bob Dylan en la encrucijada (Global Rhythm), de Greil Marcus.


Sobre el autor: