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Culto
“Me costó trabajar anoche”: la última vez de Calamaro en Santiago

“Me costó trabajar anoche”: la última vez de Calamaro en Santiago

Ocurrió en 2013. Un viernes 17 de mayo, cuando el cantante se presentó en el Arena de la mano de su disco Salmonalipsis Now.

“El dictador Videla se murió de viejo, pero preso. En la cárcel, el horror y el exterminio pagó. En lugar de dedicarle un gran ‘hijo de puta’, más que insultar al dictador, aplaudamos a los que lo metieron preso”, son sus primeras palabras en la capital chilena.

El argentino-con-más-millas-en-España sale a escena de camisa, chaqueta y un pañuelo oscuro con estrellas claras que le da forma a su cabellera. Suenan “Loco”, “Crímenes perfectos” y después, “A los ojos”, ese clásico de Los Rodríguez que cierra con la dedicatoria incendiaria.

La lectura, el entre líneas del comienzo por así decirlo, es terrible.

Calamaro, para definirlo mal, es la hoja diagnóstico de un creativo con incontinencia. El proactivo que no detiene su trabajo. El autista que se acompaña mejor con grabadoras y teclados, al tiempo que asoma como el songwriter que nunca nos permitió dudar. Ahí están doblando la apuesta inicial sus discos, una obra maciza y opulenta: Buena suerte, Sin documentos, esa cumbre de su carrera llamada Alta suciedad, Honestidad brutal y el pantagruélico El salmón.

De alguna forma, Calamaro es el tipo que viene a donar su corazón, más para la disección que para el trasplante. Ese parece ser el gran leitmotiv de su obra: el tono de sus conciertos, la sustancia de sus letras; tantas emociones convertidas en canciones, desde los tiempos de Abuelos de la Nada, de Rodríguez de importación y, finalmente, de solista de éxito iberoamericano y creador prolífico.

Un poco antes de todo esto, llueve sobre Santiago y en el Arena las plateas están rebozadas. En cancha, donde se ven varios asientos vacantes, se impone la profesionalización de un show masivo: nadie puede fumar tabaco, ni beber alcohol, ni estar parado tan lejos de su asiento numerado. Alrededor asoman los tipos solos, con la vista pegada a las pantallas, y las parejas que abundan y se funden en abrazos, un pequeño vaivén de metro cuadrado mientras corean a dúo las canciones que probablemente el mismo Calamaro susurrará cuando terminen.

Ahora que El Salmón retornó a los escenarios, ahora que terminó un nuevo disco bajo la producción del incombustible “Cachorro” López y se rodeó de una nueva banda, canta: “Quién asó la manteca”, “El salmón”, “Todavía una canción de amor”. Calamaro, sin despegarse del teclado, canta: “Mi enfermedad”, “Mi bandera”, “Los aviones”. Se toma con humor los problemas técnicos que acortaron el concierto a veintiséis canciones. Aunque más tarde se desahogó en tuiter: “Me costó trabajar anoche; espero sinceramente que les haya resultado un buen concierto, gracias como siempre y más que nunca, Santiago”, dijo primero. Después: “Qué poco profesional decirlo, pero a veces hay que superar indisposiciones y obstáculos, recitales que piden más esfuerzo al cantor”.

Alguien dijo que la música también es el arte de combinar horarios. El baterista Sergio Verdinelli (Luis Alberto Spinetta, Fito Páez, IKV) lleva el pulso de la noche junto al bajista Mariano Domínguez (IKV), dándole protagonismo a los guitarristas Julián Kanevsky (Fito & Los Fitipaldis) y Baltasar Comotto (Los fundamentalistas del aire acondicionado, Luis Alberto Spinetta), dejándole el trabajo de teclados a Germán Wiedemer (Ratones Paranoicos, Memphis La Blusera) y por supuesto a Calamaro, que a veces se pierde en las letras, entre los problemas con sus retornos y las partituras que cubren su V-piano Roland.

Tal vez por eso se comió el bis de “Flaca” y “Paloma”, que mostró en otros conciertos de esta gira: después de la primera pausa se fue directo al final con “Alta suciedad” y “Los chicos”, donde el soporte visual recordó las influencias del músico: Gardel, Piazzolla, Guevara, Moura, Prodan, Spinetta, Pappo y hasta Víctor Jara

Afuera, después de rozar “Música ligera”, de Soda Stereo, cuando la lluvia cae en Santiago, la gente —más de diez mil personas— discute los puntos altos del show (“Crímenes perfectos”, “Estadio Azteca”, “Sin documentos”), los buenos pasajes (“Tres Marías”, “Media Verónica”, “Te quiero igual”) y las ausencias (“Flaca”, “Paloma”, “Mil horas”). Mañana será un día nuevo.

Sobre el autor:

Alejandro Jofré |
Periodista de La Tercera y editor de paniko.cl