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Culto
Estar de Rodríguez: rumba, excesos y Andrés Calamaro

Estar de Rodríguez: rumba, excesos y Andrés Calamaro

Breve pero exitoso fue el camino que recorrieron Los Rodríguez. En busca de una necesaria reinvención tras un corto lapso solista, El Salmón se sumaría al proyecto que lo instaló en Madrid y lo vio explorar la rumba y el flamenco.

“Porque sí, porque sí, porque sí, porque en esta vida no quiero pasar más de un día sin ti…”. Unidos en una sola voz, cada domingo, en alguna cancha de Sudamérica, se hace un poco de justicia. Los hinchas, actores impensados en la ecuación, son los encargados de revivir el coro inmortal de una canción que también supo convertirse en una suerte de símbolo de la (maldita) bohemia en la década de los noventa: “Sin Documentos”, obra cumbre de Los Rodríguez.

Y tiene todo que ver: estar de rodríguez se vincula estrechamente con la bohemia, con los excesos y la resaca. La expresión alude al mal llamado viudo de verano, ése que “aprovecha” su momentánea soledad para echar una cana al aire.

Fue el nombre que adoptó Andrés Calamaro para su reinvención en la escena musical. El proyecto que ideó en su alianza con Ariel Rot se transformó en su soporte, tras un primer lapso en solitario que no lo llenó del todo. La formación, que completaron Julián Infante y Germán Vilella, no tardaría en abrirse paso en un espacio que no estaba acostumbrado al rock. Mucho menos a ese rock.

En el concierto que brindaron el 4 de septiembre de 1996 en la Plaza de Los Toros de Las Ventas, a modo de introducción de “Para no olvidar”, el bonaerense bien resume a la agrupación: “2% de rumba, 98% de rock: somos Los Rodríguez”.



La suerte parecía no seguir a Calamaro. En 1991, tras la composición de sus primeras canciones, el grupo estrenó, precisamente, Buena Suerte. Sólido debut marcado por el éxito que alcanzaron “Mi enfermedad”, “Engánchate conmigo” y “A los ojos”, entre otros, pero que tuvo un triste desenlace: al poco tiempo del lanzamiento, el sello del disco, Pasión, quebró, evitando el despegue de las ventas.

Sin embargo, la recepción del disco, tanto en España como en Sudamérica, auguraba un gran futuro para el conjunto. Y así fue: el reconocimiento popular llegaría con Sin Documentos (1993), que los instaló definitivamente en el mercado hispanoamericano. “En cierto sentido perdimos la inocencia y nos profesionalizamos un poco”, señaló Ariel Rot a Rolling Stone en el vigésimo aniversario del álbum.

Con Nigel Walker en la producción, el grupo presentó un soberbio batallón de canciones que tranquilamente, y ojo: en su totalidad, pudieron ser singles. La rumba-rock alcanzaba una etapa de madurez que se expresó en la genial “Dulce condena”, “Salud (dinero y amor)” y “Mi rock perdido”. También es preciso mencionar el gran trabajo de la dupla Infante-Rot en la melancólica “Me estás atrapando otra vez”. Y, por supuesto, es imposible dejar de lado al himno que regaló su nombre al disco.

Sin Documentos también marcó una mayor presencia de Calamaro como líder de la banda. Escenario que, desgraciadamente, poco a poco, comenzó a sellar el destino de Los Rodríguez. Pese a que “la magia se terminaba produciendo”, Ariel Rot aseguró que tras el lanzamiento del disco “es cuando se empieza a resquebrajar la dupla en el sentido compositivo”.



Un (im)perfecto adiós

Palabras más, palabras menos iniciaría el cierre definitivo de la banda. Un adiós producido por Joe Blaney en 1995, que permitió ver una versión de Los Rodríguez acaso más abierta a otros estilos, como el reggae y el flamenco, aunque sin perder el sello rockero.

El disco supuso también un éxito masivo de ventas, sosteniendo lo conseguido con Sin Documentos. Pero ese éxito llegó en un momento oscuro y de manera inversamente proporcional a cómo avanzaba la interna del grupo. Quiebres relacionados a la repartición del dinero y la intención de Andrés por retomar su carrera en solitario fueron los detonantes que llevarían al punto final.



Hasta Luego (1996), álbum recopilatorio, cerró una despedida que desde los números se acercó a la perfección, pero que inevitablemente dejó un trago amargo en los fanáticos de la música.

Varios años después de la separación, El Salmón afirmó que “nosotros tampoco nos inventamos con la intención de revolucionar nada más que nuestra vida. Para mí, empezar de nuevo un grupo de rock con 30 años ya era una gran cosa”.

Sobre el autor:

Eduardo Ortega |
Periodista de La Tercera.