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Culto
Carmina Burana: 80 años del hit clásico que gustó a los nazis

Carmina Burana: 80 años del hit clásico que gustó a los nazis

Estrenada en Frankfurt en 1937, la obra del alemán Carl Orff es un éxito del repertorio contemporáneo en Chile y el mundo. Favorita del régimen nacionalsocialista, la próxima semana vuelve con la Orquesta Sinfónica.

Para la inauguración de los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936, los nazis decidieron que había que recurrir a los mejores cerebros alineados con el régimen. No eran tantos como los que hubieran querido, pues gran parte de los intelectuales había abandonado el país, pero ahí estaban, entre otros, la cineasta Leni Riefenstahl, el arquitecto Walter March y el compositor Carl Orff. La primera creó el controvertido e influyente documental Olympia, el segundo diseñó junto al futuro criminal de guerra Albert Speer el Estadio Olímpico de Berlín y Carl Orff compuso una partitura especial para los juegos.

Lo que había escrito Orff era una serie de danzas de estilo medieval, a menudo con flautas dulces, panderetas y percusión, similar a algunos de los segmentos más alegres de Carmina Burana, la obra en la que trabajaba paralelamente y que sería su pieza más conocida. De cierta manera, el germen de la popular cantata escénica para solistas, coro y orquesta ya estaba en aquella pequeña creación por encargo.

Durante las décadas siguientes (Carl Orff vivió 86 años y murió en 1982), el compositor logró un reconocimiento local y universal poco común para un músico clásico, y en el origen de toda esa fama estaba siempre Carmina Burana.

A 80 años del estreno de la cantata basada en textos medievales profanos, Orff permanece asociado al original uso que hizo de sus investigaciones históricas en el campo musical. Poco se ha hablado, sin embargo, de sus relaciones con el nazismo, tal vez como también se ha escudriñado escasamente en las conexiones de otros compositores con el totalitarismo. En Alemania está además el ejemplo de Richard Strauss (más importante que Orff y creador del famoso poema sinfónico Así habló Zarathustra) y en la ex Unión Soviética, el caso de Sergei Prokofiev.

Obra recurrente entre las orquestas y coros de todo el orbe, Carmina Burana ha tenido un especial lugar en Chile: es un clásico del Ballet Nacional Chileno (Banch) desde que el alemán Ernst Uthoff estrenó la versión coreográfica en 1953 y se interpreta casi todos los años. Desde la próxima semana, la Orquesta Sinfónica de Chile la retoma con presentaciones el viernes 7, sábado 8, jueves 13 y viernes 14 de julio en el Teatro de la U. de Chile y, luego, el sábado 15, en el Auditorio de la U. F. Santa María, en Valparaíso (ver ficha).

“Es una obra muy fácil de oír y seguir para el público”, comenta Juan Pablo Villarroel, director del Coro Sinfónico. “Es muy atractiva rítmicamente, pegajosa, con melodías accesibles y muy poderosa en términos sonoros. Eso le gusta al público. Además, no se parece a lo que contemporáneos a Orff como Stravinsky o Bartók estaban haciendo en ese momento, que era bastante más complejo, en pleno período de entreguerras”, agrega.

Compuesta de 26 números y con una duración que puede llegar a los 60 minutos dependiendo del “tempo” del director, Carmina Burana fue estrenada el 8 de junio de 1937 en la Opera de Frankfurt, cuando Hitler ya sumaba cuatro años en el poder. En rigor, Orff llevaba el mismo tiempo trabajando en la composición desde que descubriera el volumen que recopilaba varios poemas profanos de los siglos 11, 12 y 13. Escritos en latín y alemán antiguo, serían la estructura narrativa de Carmina Burana, nombre en latín que alude a la abadía benedictina de Baviera donde se hallaron los escritos.

Se trataba de textos de estudiantes y goliardos (clérigos jóvenes o empobrecidos) que satirizaban a la Iglesia Católica y que se extendían en temas como la naturaleza efímera del dinero, la primavera y los peligros y placeres de la bebida, el juego, la comida y el sexo.

Según sostiene el historiador canadiense Michael H. Kater en su libro Composers of the nazi era (2000), las autoridades nazis se sintieron en principio descolocadas por la obra, pero rápidamente lo olvidaron. Después de todo, estaba escrita en una lengua muerta y lo que siempre les importó fue su ritmo implacable, su accesibilidad musical y la evocación de un pasado medieval germano pintoresco.

Poco después del estreno, el periódico del régimen, Völkischer Beobachter, la alabó, llamándola “el tipo de música clara, tormentosa y al mismo tiempo disciplinada que nuestros tiempos requieren”.

En la misma época en que el nacionalsocialismo prohibió la llamada “música degenerada” de Felix Mendelssohn, Gustav Mahler o Arnold Schoenberg (los tres eran judíos), Carl Orff tuvo la cancha abierta para hacer lo que quisiera. Como lo postula Tony Palmer en su documental O Fortuna! (2008), el comportamiento del músico bávaro fue siempre el de un niño: nunca se hizo cargo de nada y siempre se puso él mismo antes de todo, incluyendo a su propia hija.

El episodio más triste al respecto es el de Kurt Huber, amigo personal y ayudante en varios de sus libretos. Cuando a Huber lo detuvo la Gestapo por su oposición al régimen, Orff recibió la llamada telefónica de su esposa para que intercediera por él. El compositor de Carmina Burana se excusó argumentando que aquello pondría en riesgo su carrera, y el final de la historia fue la tortura, breve juicio y la ejecución de Huber en 1943.

Orff, como varios compatriotas, fue objeto de la llamada desnazificación a cargo de los aliados vencedores, y logró salir ileso de los procesos. Al parecer aquella “fortuna” que evocaba una y otra vez en los versos de Carmina Burana lo acompañó durante toda su vida .

Hasta hoy, su obra principal es un hit aquí y en cualquier escenario del orbe. Juan Pablo Villarroel lo resume así: “Podemos hacer 20 veces al año Carmina Burana y siempre estará lleno. Con o sin ballet”.

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