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Culto
Fome: entre la abulia y el desenfreno

Fome: entre la abulia y el desenfreno

La música que se encuentra en Fome fue fruto de un contexto específico donde Álvaro Henríquez, Roberto Lindl, Pancho Molina y Ángel Parra, lograron apropiarse de una tradición sonora poco explorada en la historia del rock nacional, cuyos referentes eran The Beatles, The Rolling Stones, The Kinks y The Byrds.

Por más que intente omitir detalles, recuerdo perfecto el día en que nos encontramos en el patio de la universidad, antes del recital de Los Titulares. En ese momento tocaba Ángel Parra Trío y conversábamos detrás de la pequeña tarima, bombardeados por los sonidos de un órgano Hammond. Al terminar el set, Ángel Parra y Roberto Lindl bajaron por la escalera y pasaron caminando al lado mío, por el pequeño pasillo, antes de encontrarse con Pancho Molina. Esto fue dos años después de la separación de Los Tres. Se saludaron fríamente, con cierto cariño, pero no conversaron. Después, con Pancho, nos subimos al auto y partimos a Providencia para almorzar algo rápido. Si bien ya nos conocíamos hace más de un año, no comentamos mucho sobre el encuentro, es más, creo que hablamos de un recital de AC/DC en Chile (en 1996) al que ninguno de los dos pudo ir.

“¿Cuál es tu disco favorito de Los Tres?”, escuché mientras caminábamos por Tobalaba, después de varias cuadras sin decir nada. Era una pregunta complicada, donde se podía pasar fácilmente de la adulación a la mala educación. Además, tengo la idea que los músicos consideran la opinión de poca gente, pero tampoco quería caer en el olvido o la indiferencia con mi respuesta. “Fome (1997) y La espada & la pared (1995)”, contesté seriamente, disfrazando un poco la timidez. “¿Y qué canciones te gustan de Fome?”. El asunto se ponía interesante. “‘Libreta’, bien rockera, pero también me gusta mucho ‘Toco fondo’, sobre todo el beat de batería”. “¡Claaaaaro!”, contestó efusivamente. Era como estar a prueba, pero también compartiendo el placer de hablar de música, asunto en el que podría pasar horas. “¿Y el tuyo?”, pregunté. “¿Cuál es tu disco preferido?”. “Fome y La espada & la pared”, contestó serio. “Aunque ‘Feria verdadera’ es una gran canción”.

Al llegar a Colón, optamos por tomar un café y así matar las horas escuchando música. Cuando entramos al departamento me fui directo hacia donde habían discos. Drums! Drums! A go go (1966) de Hal Blaine —baterista del Pet sounds (1966) de los Beach Boys, entre otros— y el Crescent (1964) de John Coltrane, estaban con sus respectivas cajas. Cuando me decidí por el Crescent, escucho desde una pieza lejana “¡mira lo que encontré… happy birthday Arthur!”. Era el Fome en vinilo, una de las mil copias de edición limitada que Los Tres lanzaron en junio de 1997. Mi cumpleaños había sido como un mes antes y parte de lo que no voy a escribir es por qué ese disco me llegaba como un regalo. Porque el asunto tiene algo de Casi famosos y la escena de la mamá diciendo ¡no consumas drogas! “Gracias”, contesté emocionado, pensando en cómo podría sonar en comparación con el CD. Preparamos café, pero en realidad estaba concentrado en el disco y en el rojo intenso de su carátula.

Al abrirlo, lo primero que vi fue un gran collage de fotos en blanco y negro del grupo ensayando en San Alfonso. “Las caritas”, le comenté a Molina. “¡Ja! Politoxicomaníacos”, escuché detrás de una gran carcajada que se frenó en seco por el silencio cómplice de quien cuenta un secreto. Sin saber qué decir, me animé a seguir el juego de la melomanía, buscando parecidos, referencias a otras canciones. “Me gusta también ‘Bolsa de mareo’, debe sonar muy bien en vinilo, aunque igual la batería es bien parecida a ‘Tomorrow never knows’”. “Sí, Álvaro quería ese ritmo, nada que hacer, pero la parte que a mí más me gusta es el quiebre… pá tú pá tú, pá pá, tú pá, tú pá pá…” (Te di te doy todo no vuelvas a pedir más). “Ah claro, esa es bien Stones, Charlie Watts presente”, contesté haciendo la mímica del ritmo en una batería imaginaria. “Creo que ese es el último disco donde pusimos toda nuestra energía”, remató.



La fiesta (in) terminable

Hace 20 años apareció Fome (1997) de Los Tres. Un disco que no se escucha muy seguido en las radios y que no necesariamente está presente en el living o en las piezas de millones de hogares del país. Para ser precisos, quizás en un poco más de 40 mil. Un disco del que se habla poco, lo que no significa que esté en el olvido. Un disco importante para muchos, pero que tampoco se podría considerar como parte de la memoria colectiva nacional. Son otras las canciones de Los Tres que sí se tararean fácilmente, no las de Fome. Pero ese disco es el que los seguidores duros del grupo y los melómanos que no necesariamente siguieron con atención su discografía consideran como su “gran obra”. Un disco que merece entrar en él, a veces, cansador ejercicio de rememorar viejas canciones. Aunque detrás de esa nostalgia, también se abre la posibilidad del reencuentro con una historia que si bien dejamos atrás, todavía seguimos construyendo. Especialmente la que tiene relación con la música chilena, un trazado donde la memoria recién se está ejercitando para pagar deudas pendientes con la historia sonora de los últimos 60 años.

En 1996, el éxito de Los Tres —después de las cuecas en Miami y la masividad de MTV, mientras cargaban el peso de un rescate cultural más impuesto que deseado gracias a un viejo foxtrot— también era el reflejo de un país que vivía al ritmo del constante crecimiento económico y el aumento en la capacidad de consumo. El país celebraba los beneficios del acceso al crédito con las externalidades de los celulares de palo. De la mano de Frei Ruiz-Tagle, la sensación térmica de la época era la de una “nueva clase media” empoderada por las “tres cuotas precio contado”, que veía cómo el mundo entero observaba con atención el legado de Pinochet, mientras se potenciaba la búsqueda del “orgullo de ser chileno” al ritmo de una serie de éxitos deportivos de Zamorano, Salas y Ríos.

En el devenir de esa euforia, los chilenos lentamente empezábamos a hilvanar retazos de nuestra historia política, social y cultural reciente. Aunque en ese momento había que disfrutar la fiesta, para qué pensar en la resaca posterior a la euforia; en el mareo y el asco que asomaría con la posterior crisis económica y la detención de Pinochet en Londres. Un poco antes, a principios de 1997, al interior de Los Tres la resaca del trasnoche empezaba a dar las primeras señales. En el mundo de los excesos —de plata, fama, reconocimiento y drogas— Álvaro Henríquez se enfrenta al desamor y al abandono de su pareja y sus amigos de infancia. En lo mejor de la fiesta, se baja el volumen de la música y se quiebran los vasos. La celebración ha terminado con un herido inmerso en una pequeña gran tragedia. Desde ese momento, el delirio pasó a ser la brújula de Henríquez y —la música— la posibilidad para decidir entre dejarse caer o volver a creer. En esa tensión, el grupo decide seguir adelante con los cimientos trizados. Henríquez veía cómo se acercaba el final de Los Tres, mientras Fome se convertía en la posibilidad de salvarse a sí mismo… (“ríe cuando todos estén tristes”, canta casi al cierre del álbum).

Fome, el cuarto disco de estudio de Los Tres, se divide entre las canciones de Henríquez sobre sí mismo y otras donde aparecen distintos personajes e historias. A un lado están los versos de “Bolsa de mareo” (“Te di te doy todo, no vuelvas a pedir más”), “Toco fondo” (“Oscuro el lamento y negro el final, tengo la duda, ¿vale cambiar?”), “Antes” (“Antes yo era tu hijo, ahora tú eres mi padre. Ahora soy un lastre de profesión, duermo en un catre sin protección”), “Fealdad” (“Un aburrimiento mortal hacia ti, me deja abierto”) y la trilogía compuesta por “Jarabe para la tos” (“En el servicio de salud, me condené por ti mi cruz”), “Libreta” (“Libreta sin tu amor, sin razón”) y el dolor después del dolor en “Me arrendé” (“El destino me salvará a su vez de la abulia que prometió volver”). En otro carril aparecen los personajes de “Olor a gas” (“Sin sábanas, sin un colchón, duerme tranquilo como un lirón, seco el corazón”), “La torre de Babel” (la fábula del cigarro Gabriel), “Pancho” —con ese aire a “Blackbird” y todas las baladas acústicas juntas del Álbum Blanco de The Beatles (1967)— y “Silencio”.

En términos estéticos y sonoros —gracias al perilleo, la cinta y los equipos análogos que comandaba el productor Joe Blaney— Fome se mueve entre el sonido de The Beatles en Revolver (1966) y The Rolling Stones en Exile on Main St. (1972); entre la rabia de The Kinks en Kinks (1964) y la candidez de The Byrds en Mr. Tambourine Man (1965). Son esos los cuatro puntos cardinales del sonido de Fome.

A ratos la banda se mueve hacia ellos en una dirección más evidente (“Bolsa de mareo”, “Toco fondo”, “Antes”, “Pancho”, “Jarabe para la tos”) y, en otros, motivados por las ganas de buscar el camino propio. Así aparecen “Olor a gas”, “Fealdad”, “Me arrendé” y “Libreta”. Es en estas canciones donde la brújula empieza a dar vueltas sin dirección aparente al compás de una intuición creativa. Sobre todo en “De hacerse se va a hacer”, la canción preferida del grupo en esos tiempos, cuyo título y letra está inspirada en una frase del Fiscal Torres. Acá Henríquez demuestra que “Déjate caer” y sus alusiones a la poesía de Huidobro no eran un límite para la propia creatividad, todo lo contrario. Aparecía una voz propia para retratar con metáforas la presencia de Augusto Pinochet en la radiografía mental del país y ese juicio final que hasta hoy sigue presente —y pendiente— como una mancha imborrable en la memoria colectiva. Esta canción es el mejor ejemplo de la riqueza sonora de Fome, desde la variedad en las percusiones, pasando por la voz y coros, hasta las capas y arreglos de guitarras, bajo y batería.

Si bien la gran fortaleza de este disco es la definición que hacen Los Tres de los puntos cardinales que van delineando su camino, también se convierte en su gran debilidad. Apropiarse de una tradición sonora fundamental en la historia del rock era un acto más bien conservador para un país que buscaba nuevas lecturas musicales para reflexionar sobre sí mismo. Los Tres ya habían contribuido en ese proceso al empaparse de la figura de Roberto Parra retratando una chilenidad ajena al consumo masivo, insistir en aquello era un potencial camino sin salida para la reinvención. Si Ser hümano!! (1997) de Tiro de Gracia —que apareció en las mismas fechas que Fome— se convirtió en una posible respuesta a los dilemas del modelo neoliberal con rostro humano, por entonces más urgente que la desolación de Henríquez, Fome era la respuesta de Los Tres a sus propios dilemas artísticos. Aunque conservador a nivel masivo, ese acto se vuelve disruptivo y novedoso en el contexto de una banda de rock.

Fome es un disco donde los cuatro músicos que allí tocan pusieron toda su energía y creatividad, aunque el cantante y compositor de varias de las canciones empezara a vivir el duelo del fin de la banda. Álvaro Henríquez encontró en Fome la posibilidad de lidiar con sus dolores, inseguridades y expectativas. Solo así se entienden frases como “somos los mejores” a la hora de presentar el disco ante la prensa. Si bien pensaba que estaba solo contra el mundo, Lindl, Molina y Parra se pusieron a tono con frases como “volar en mil pedazos y ser feliz”, creando un entramado sonoro que sostiene con convicción el peso de la decepción y el desamor, de la rabia y el dolor que agobiaban a Henríquez. Si antes la gente saltaba con canciones más frescas como “La espada & la pared”, ya no era tan fácil hacerlo con “Bolsa de mareo”. Fome no era para saltar, era una invitación a apretar los dientes, cerrar los ojos y mover la cabeza en silencio. Tampoco era fácil salir de gira por América Latina explicando las motivaciones y ambiciones de un disco tenso, cuyas temáticas se movían entre la abulia y el desenfreno. Un disco que requería detalles tan básicos como el significado de su título, para luego divagar sobre un tratamiento sonoro que miraba al pasado y no al futuro. La música que se encuentra en Fome fue fruto de un contexto específico donde Álvaro Henríquez, Roberto Lindl, Pancho Molina y Ángel Parra, lograron apropiarse de una tradición sonora poco explorada en la historia del rock nacional, cuyos referentes eran The Beatles, The Rolling Stones, The Kinks y The Byrds. Quizás su aporte no es el más trascendental u original, pero sí uno que amplía la gama de sonidos de lo que se podría conocer como rock hecho en Chile.

Hace 20 años Los Tres suspendían la gira nacional para promocionar Fome, debido a las protestas de quienes demandaban “mayor financiamiento, arancel diferenciado y democratización del sistema universitario”. La de Fome es una música aún presente, tal como las inquietudes de quienes probablemente recién nacían en 1997 y que —veinte años después— se mueven desde el desenfreno, con las ganas de disfrutarlo en una fiesta colectiva, inclusiva y no desde el aislamiento que conlleva la abulia. Esa que muchos queremos que no vuelva, más bien que se vaya lejos, bien lejos de aquí.


Sobre el autor:

Arturo Arriagada |
Es sociólogo y co-autor del estudio Músicos, sellos y fans en la era digital. Dirige la plataforma culturasocialmedia.com.