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Culto
Susan Sontag y el deseo revolucionario

Susan Sontag y el deseo revolucionario

El tiempo ha jugado a favor de Sontag. Escribió sobre artistas, cineastas y autores con un ímpetu analítico que ayudó a cimentar parte importante de la cultura norteamericana actual. Y acertó en sus apuestas.

Tengo una carpeta en mi computador con imágenes que recolecto sin ningún destino. Hace poco observando lo acumulado me di cuenta que había juntado varias fotos de Susan Sontag en distintas etapas de su vida. Algunas en blanco y negro donde sale muy joven, otras en los años 70, y también capturas de pantalla de documentales en las que aparece su imagen madura con el mechón blanco que la distinguía. El número de fotos de Sontag, sin duda, habla de la atracción que me produce. La lectura de sus textos solo ha corroborado lo que su imagen proyecta: su manera de encarar la escritura está destinada a seducir mediante técnicas como las anotaciones que constituyen su ensayo “Notas sobre el camp”.

En ciertas fotos Sontag sale masculina y desafiante; hay otras en que su ropa y postura es pop y femenina. Las de sus años de fama muestran en su rostro un rictus autoritario que ella, muy consciente de su cuerpo, suaviza con una sonrisa sexy. A ese gesto autoritario se refiere Siri Hustvert en su libro La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres. Recuerda lo crucial que fue para ella escuchar su conferencia “La imaginación pornográfica”. Hustvert admira a Sontag, su modelo, pero a la vez critica su falta de humor caprichoso. Hustvert sabe que no cuenta con el encanto descarado de Sontag y le duele. Ella no es capaz de lanzar juicios y luego contradecirse sin inmutarse, como Sontag, que era una política hábil acostumbrada a desafiar y, sobre todo, a modificar sus métodos de estudio dependiendo de sus pulsiones y sus intensidades vitales. Era una intelectual más cercana a las emociones que a las ideas abstractas. Trabajaba con conceptos para esclarecer sus obsesiones. Su pasión teórica, en el fondo, era sentimental. Por algo dedicó a sus maestros largos y conmovedores escritos, los que juntó en el volumen Bajo el signo de Saturno. Por Barthes sentía verdadera devoción. Tomó de él la manera oblicua de cortar la realidad para analizarla.

La figura de Sontag se ha complementado con la publicación de sus diarios y de biografías que escrutan hasta sus últimos recovecos. Sus diarios muestran la voluntad que tuvo desde niña para convertirse en la escritora que llegó a ser. Su agenda de lecturas, cine y teatro es inverosímil. Hace listas, evalúa y confiesa sus angustias. Sontag sabía que sus diarios serían la parte de su legado en el que mostraría sus ansias devoradoras, su noción del poder y su despiadado trato cuando discutía o se enojaba. Los tormentos la invadieron desde niña y no la dejaron nunca. La ambigüedad sexual fue uno de los que más sufrió pese a su liberalismo. Sontag temía y no escatimó en decir cuánto miedo la apremiaba. Lo hizo con valentía refiriéndose a ella misma en sus libros sobre el cáncer y el Sida. Si escarbó en esos temas fue porque padeció en carne la enfermedad y vio a sus amigos morir.

El tiempo ha jugado a favor de Sontag. Escribió sobre artistas, cineastas y autores con un ímpetu analítico que ayudó a cimentar parte importante de la cultura norteamericana actual. Y acertó en sus apuestas. Su curiosidad sin límites le permitió descubrir artistas. A los que no dudó en celebrar. Sabía que el valor de la crítica radica en visibilizar autores a través de interpretaciones, no en destruirlos. Por lo mismo, nunca era predecible en sus juicios, ya que no buscaba el bien o el mal, o lo bello y lo feo. Esas categorías la aburrían. Sontag investigaba en las obras hasta tocar el fondo de éstas, su zona animal. Inquirió cuestiones complejas e intangibles con elocuencia, por ejemplo, los happenigs y la música de John Cage. La claridad para transmitir sus elucubraciones le permitió describir lo que sentía y veía sin pasar todo por el cedazo de la razón. Lo que logra es detectar y definir nuevas sensibilidades con nitidez. Si llegó a ser una eminencia, fue siempre por necesidad. Y por medio de su talento y trabajo. No le costaba demasiado: su inteligencia fusiona la sensibilidad literaria con la teoría y la vida sin distinciones. En sus ensayos uno ve cómo aplica lo que sabe a objetos nuevos y así desnuda sus peculiaridades y potencias. Su prosa, fluida y concisa, funciona como un bisturí capaz de abrir y exponer.

Las ficciones de Sontag, no me convencen, me latean. Considero que su imaginación literaria actúa mejor a la hora de indagar en cuestiones culturales o políticas que cuando narra historias. Revisar sus textos sobre feminismo, literatura y estética es urgente para contrarrestar a los insoportables moralistas que circulan. La pasiones intelectuales y físicas eran para Sontag un desagravió ante la muerte. Profundizó en lo radical para revelar “la diferencia” y lo innombrable. Constató de manera ejemplar que la libertad individual extrema no está reñida con el compromiso político. Y que nada es más revolucionario que el deseo.

Sobre el autor:

Matías Rivas |
Director de Publicaciones de la Universidad Diego Portales. Autor de los libros Tragedias oportunas e Interrupciones.