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Culto
Pionero

Pionero

La visita a Chile de Jean-Michel Jarre, tardía pero significativa, renueva un vínculo curioso, extraño, con una música de otra época, que nos traslada a otro momento y que aún tiene la facultad de funcionar como una máquina del tiempo.

El futuro, al menos el de los ritmos sintéticos, terminó siendo mucho más frívolo de lo que imaginó Jean-Michel Jarre hacia fines de los 70. Un momento, por lo pronto, particularmente incómodo para delirar con la ecología, el cosmos y la robótica. Por esos días nacía el punk y la música disco y la banda sonora de un imaginario tipo La Guerra de las Galaxias calificaba más bien como una anécdota que como algo serio de analizar para los reseñistas de la época.

Dicho en concreto: al mítico Oxygéne, de 1976, lo despedazaron. Por sus pretensiones, por esa curiosa propuesta de música electrónica con formato clásico, como un director de orquesta al servicio de computadoras, teclados, sonidos, experimentaciones. La música del francés que va a debutar en Chile el 14 de noviembre tenía un tinte épico y se podía escuchar casi de manera convencional. Aunque separada en números, los tracks funcionaban como canciones y musicalizaron prácticamente todo lo que tuviera que ver con imaginar el futuro o la tecnología. Había algo de solemnidad en temas como Oxygène (Part IV) y Oxygène (Part II). Pero también de melodía y eso es probablemente lo que junto a otros como el griego Vangelis le permitió hacerse un nombre dentro de los pioneros de la música electrónica. Particularmente del ambient y la new wave.

En Chile ese repertorio penetró con fuerza durante la década del 70 y 80, quizás en parte porque era un cancionero inofensivo, instrumental, sin letras, perfecto para un país en dictadura y con autoridades atentas al discurso que pudiera ser considerado subversivo. Había otro atributo también valorado por estos lados. El de la calidad técnica, el concepto de la “alta fidelidad”, la idea e que este tipo de repertorio era el que tributaba de mejor forma el triunfo sonoro. Existió incluso una generación entera de ingenieros y técnicos de sonido que deliraban no solo con Oxygène, de 1976; también con Équinoxe, de 1978. Eran discos y casets que daban vuelta por todos lados y en pleno reinado de la FM. También los videos piratas donde se veía al carilindo Jarre tocando en le Plaza de al Concordia (1979) o congregando a multitudes en destinos tan exóticos como China (1981).

Podríamos decir que ése fue otro factor que explica esta devoción, esta suerte de culto en torno a la figura que debutará en Chile en Movistar Arena. Esto de entender la puesta en escena como algo grandilocuente. Rayos láser, juego de luces, varios teclados, la postal de un genio loco musicalizando el espacio, también la ecología, conceptos tempranos en ese momento y frente a los que pocos podían resistirse. Los reseñistas exageraron el prejuicio: este repertorio envejeció bien. Jarre es reconocido como un experimentador que sentó las bases para una música que hoy, con más hedonismo que introspección, se convirtió en un sonido relevante para los oídos del mundo.

Su visita a Chile, tardía pero significativa, renueva este vínculo curioso, extraño, con una música de otra época, que nos traslada a otro momento y que aún tiene la facultad de funcionar como una máquina del tiempo. Algo con lo que Jean-Michel Jarre, en ese disco Oxygène que grabó en la cocina de su casa, debe haber fantaseado a sus entonces 28 años de edad.

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