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Culto
En tierras de Lovecraft

En tierras de Lovecraft

La receta de Ruff es genial: utilizar los tropos desarrollados por Lovecraft en sus ficciones -las mansiones secretas, los libros mágicos, los portales a otro mundo, la lucha contra fuerzas desconocidas- y combinarlos con una buena dosis de historia cultural.

La obra de H. P. Lovecraft captura perfectamente el momento cultural de los Estados Unidos hoy y es más relevante que nunca: su horror cósmico está conectado a su creencia en la supremacía blanca y su rechazo violento a la mezcla racial. No es casualidad que tantas novelas recientes se animen a reescribir su obra: están The Ballad of Black Tom, de Victor Lavalle; The Night Ocean, de Paul La Farge; y Lovecraft Country, de Matt Ruff. La novela de Ruff es la que más lejos llega en su intento por reescribir a Lovecraft y explicitar el racismo del gran escritor norteamericano de ficción weird (pronto habrá una adaptación de HBO, a cargo de Jordan Peele, el director de la celebrada ¡Huye!).

La receta de Ruff es genial: utilizar los tropos desarrollados por Lovecraft en sus ficciones -las mansiones secretas, los libros mágicos, los portales a otro mundo, la lucha contra fuerzas desconocidas- y combinarlos con una buena dosis de historia cultural, explorando la situación de los negros en el país; añadirle a eso un toque de humor y escenas sacadas del pulp más glorioso. La portada de la novela tiene una frase llamativa: “Los demonios de los Estados Unidos, revelados!”.

Durante la primera mitad del siglo XX, esos demonios eran las leyes de Jim Crow, que, una vez abolido el racismo después de la guerra civil, impusieron la segregación en el sur de los Estados Unidos. El primer relato de Ruff –Lovecraft Country está construido en base a relatos autónomos en los que aparecen los mismos personajes- captura perfectamente ese horror: a principios de la década del 50, Atticus Turner viaja de la Florida rumbo al norte en busca de su padre, y lo hace siguiendo las instrucciones de la Safe Negro Travel Guide -basada en la real The Negro Motorist Green Book que, publicada por su tío, indica qué hoteles y restaurantes aceptan a negros.

Ruff muestra que el horror para un conductor negro no son tanto los monstruos en mansiones góticas abandonadas sino los policías que lo detienen para interrogarlo con cualquier excusa, revisar sus pertenencias (un horror que sigue vigente) e insultarlo: “¿Ciencia ficción?”, se sorprende uno al ver novelas de Ray Bradbury y Edgar Rice Burroughs en el maletero; “a tu tío le gustan las princesas, ¿no?”. Ruff también muestra que, aunque el norte peleó contra la esclavitud, fue un lugar fértil para el racismo: Atticus se dirige a New England -una región que incluye a estados como Massachussets y Connecticut y es conocida como el “territorio de Lovecraft”-, y sus pistas en busca de su padre lo llevan a la mansión de Caleb Braithwaite, descendiente de quien fuera también su antepasado, un brutal dueño de esclavos. Allí aparecerán más claves del mundo de Lovecraft: las sociedades secretas, la lucha contra fuerzas de otro mundo.

Los mejores relatos de Lovecraft Country son Hippolyta Disturbs the Universe -una pariente de Atticus es una astrónoma aficionada que descubre un portal para trasportarse a otro planeta-, Jekyll in Hyde Park -una negra se transforma en una mujer blanca y, de pronto, la gente la trata con más amabilidad- y la conmovedora The Narrow House -una mujer y su hijo, víctimas de uno de los tantos disturbios raciales del período, no saben que han muerto y viven en un cementerio.

Ruff ha logrado cuadrar el círculo: su novela se defiende sola y a la vez nos invita a volver a Lovecraft con renovados ojos.


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