Culto

Paz Errázuriz: “En Chile hace falta conciencia del valor de la fotografía”

Paz Errázuriz (1944), la fotógrafa que fue una de las fundadoras de la Asociación de Fotógrafos Independientes en los años 80. La fotógrafa que registro marchas y protestas, pero que también exploró mundos tan invisibles y complejos como el de los travestis y homosexuales, los boxeadores o los enfermos psiquiátricos, se muestra ahora tímida y huye de la cámara. “No me gusta que me tomen tantas fotos”, le dice con voz suave y delicada al colega que la enfoca. Dice que no le gusta aparecer ni ser el centro de atención. Entiende que su labor ha sido siempre allanarle el camino a otros y que por eso su lugar debe ser detrás de la lente.

Sin embargo, por estos días la fotógrafa deja de lado el pudor y abre las puertas de su casa para una entrevista. No es un esfuerzo menor, cuando se tiene en cuenta que enviudó hace menos de un mes: su esposo, el pintor Thomas Daskam, falleció tras una larga enfermedad.

A pesar de eso, Errázuriz se mantiene más activa que nunca y la razón sigue siendo la fotografía. A fines del año pasado un grupo de colegas decidió levantar su candidatura al Premio Nacional de Arte, que se entrega en agosto próximo. Jorge Gronemeyer y Mónica Nyar del estudio Gronefot; los curadores Samuel Salgado y Andrea Aguad, del Centro de Patrimonio Fotográfico (Cenfoto), y Luis Weinstein y Andrea Jösch de la revista de fotografía latinoamericana El sueño de la razón, lideran la campaña que en estos meses ha sumado importantes adhesiones como el MoMA de Nueva York, el Malba de Buenos Aires, el Centro de la Imagen de México, la Fundación Mapfre de España y en Chile el Museo de Bellas Artes y el MAC.

“Esta proposición que me hacen desde el mundo del arte es una responsabilidad. No lo veo como una campaña individualista, más bien me siento parte de un movimiento que va más allá de mí, todo es por la fotografía, que siempre ha tenido un lugar secundario”, dice Errázuriz.

Ella lo ha vivido en carne propia, dice, pero algo cambió. Tras décadas de trabajar en silencio y desde los márgenes, hace algunos años su trabajo empezó a cobrar un reconocimiento internacional poco frecuente para mujeres de su disciplina en Chile. Prestigiosas instituciones de arte como el MoMA de Nueva York y la Tate de Londres han adquirido sus fotografías, y en 2015 la Fundación Mapfre de España le dedicó una retrospectiva que coincidió con el premio a la trayectoria que le dio PhotoEspaña, el principal evento de fotografía de Iberoamérica, el que solo había premiado a dos latinoamericanos antes que ella: la mexicana Graciela Iturbide y el guatemalteco Luis González de Palma.

Apoyada por influyentes curadores extranjeros como el cubano Gerardo Mosquera, la argentina Andrea Giunta y el español Juan Vicente Aliaga, la obra de Errázuriz se consolida como una de los más interesantes del continente. Ahora mismo, la muestra de Mapfre se inaugura el 3 de julio en el Jeu de Paume en Francia, enmarcado en el Festival de Fotografía de Arles, donde la fotógrafa será homenajeada. En 2018, la exhibición llegará al Museo de Bellas Artes de Santiago.


—¿Por qué piensa que su trabajo está cobrando relevancia ahora?

—Creo que es parte de todo lo que está pasando con la fotografía a nivel mundial y cómo entró al mundo del arte. Eso ya es un hecho. También hay un tema con ser mujer. En septiembre participaré de una muestra de mujeres que rescata artistas de los 70 ( Radical Women en el Museo Hammer de Los Angeles, EEUU) donde hay otras seis chilenas. O sea, imagínate, las mujeres siempre hemos sido minoría, el triunfo de (la artista) Louise Bourgeois fue a los 70 años, entonces esta será una exposición fascinante e importantísima para la historia del arte.

—¿Qué le falta a la escena de la fotografía en Chile?

—Lo que nunca ha podido sobrevivir en Chile es un galería dedicada a la fotografía. Siempre hay un interés fuerte, pero luego desaparecen. Le pasó a AFA y a galería 64 de María José Merino, en el Patio Bellavista, que terminó reemplazada por un Starbucks. Ahora Javier Godoy tiene la galería Flach, y puede que él sea el futuro, pero es un espacio chiquito que necesita recursos. Es insólito que no pueda mantenerse algo así por sí sólo. Aquí hace falta conciencia sobre el valor de la fotografía.


En 2015, Chile se puso al día con su figura y la eligió, junto a la artista Lotty Rosenfeld, para representar al país en la Bienal de Venecia. Fue un año intenso, el mismo de su muestra en Mapfre, su premio en PhotoEspaña y el mismo en que le detectaron cáncer al colón. “Ese año se me juntaron un montón de cosas, fue un terremoto. Ahora me siento bien, el cáncer se pescó a tiempo y me tocaron unos doctores maravillosos”, cuenta Errázuriz. “Ahora estoy enfrascada en mis proyectos”.

A pesar de la divulgación internacional que han tenido series como La manzana de Adán o El infarto del alma – libro con Diamela Eltit que se reedita ahora por Hueders- el rescate de su obra está comenzando. El Premio Nacional de Arte bien podría darle un empuje a otro de sus proyectos esenciales: la digitalización de su archivo. Desde el año pasado la artista trabaja con Andrea Aguad de Cenfoto clasificando sus 100 mil imágenes, entre negativos y ampliaciones. Pronto se lanzará un sitio web y un libro con una selección de ellas, la mayoría inéditas, que prometen revelar otras aristas de su obra.


—¿Cómo ha sido reencontrarse con todas estas imágenes?

—Fue una suerte increíble que ellos se interesaran en conservar mi archivo, ha sido de un profesionalismo increíble y en terreno, un trabajo duro. Me da todo el pudor que te puedas imaginar, porque para mí es de una intimidad tremenda. Siempre hubo escasez de materiales, entonces en una hoja de contacto está lo de la AFI, las protestas, y las últimas dos fotos son del cumpleaños de tu abuelita. Está todo junto.

—Siempre circulan sus fotos más conocidas ¿Qué pasa con el resto?

—Hay cientos de imágenes que nunca he mostrado, varias en colores. Por ejemplo, para la última edición de La manzana de Adán incluí algunas que tomé por la simple razón de que en ese momento lo único que tenía era una película a color. Siempre preferí el blanco y negro, porque así las revelaba yo misma, eran muy íntimas. En general todos mis temas tienen mucho más material del que se ha visto, y es que no se terminan. Es difícil pensar que uno ha cerrado un tema, es cómo cuando decides que un cuadro está listo, es imposible.