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Culto
Héroes, cosmonautas y Dostoievski : el cine ruso del 2017

Héroes, cosmonautas y Dostoievski : el cine ruso del 2017

Mientras cintas como Guardianes y Attraction, de inminente estreno, aluden a la Guerra Fría y a un pasado glorioso, otro cine gana festivales y tiene una visión bastante más pesimista de la madre Rusia.

Eran los “buenos viejos tiempos”, cuando Ucrania era el granero de la Unión Soviética y no un país hostil aparte. Fue la época en que todos los países que ahora orbitan alrededor de Rusia eran parte de una patria comunista grande, dictatorial y, para muchos, gloriosa. Era, en la película Guardianes, la época en que un grupo de científicos desarrolló un programa de superhéroes provenientes de las más diversas repúblicas soviéticas y al que se llamó Patriots.

Con el término de la Guerra Fría, aquellos sofisticados defensores de la nación pasaron a una vida errante y sin sentido: Ursus, la criatura mitad oso y mitad humano se fue a las montañas de Siberia; Ler, que puede hacer levitar lo que quiera medita en un monasterio en Armenia; Khan, con una habilidad sobrehumana para el manejo de cuchillos vive en Kazajistán; Xenia, que se mueve literalmente como pez en el agua y como pájaro en el aire, es acróbata en un circo de Moscú.

En Guardianes, los cuatro fantásticos eslavos le encuentran un nuevo sentido a su vida y, como en su época de gloria, son reclutados por el Ministerio de Defensa para defender otra vez a la patria. Ya no hay Guerra Fría, pero los villanos siempre se las arreglan para tener un papel en el drama nacional y esta vez hay un científico loco que fue demasiado lejos: desarrolló unos robots que se rebelan contra el gobierno central y el futuro de la madre Rusia está en peligro.

Con un presupuesto de 330 millones de rublos (equivalente a cinco millones de dólares), Guardianes se estrenó en Rusia en febrero de este año y su estrategia fue siempre apelar a dos intereses que quizás sólo son convergentes en este país y en Estados Unidos: el interés por el universo de los superhéroes y cierta nostalgia por una patria invencible. Catalogada fuera de sus fronteras como una suerte de The avengers en la era Putin, la cinta de Sarik Andreasyan es uno de los filmes más importantes del año ruso en términos de producción y publicidad y su estreno en Chile será el 3 de agosto. Llega después de debutar en el primer lugar de la taquilla de ese país y es probable que anteceda al arribo de Attraction, producción de Moscú que la chilena BF Distribution ya maneja para exhibirla primero en países latinoamericanos vecinos.

Tanto en la triunfalista y patriota Guardianes como en la apocalíptica y también muy heroica Attraction, el país se encuentra en peligro ante un ataque de características irremontables y la raza humana tiene su expresión en un héroe o en un ejército. Fuera de Rusia se han hecho varias comparaciones que hablan de Attraction como un Día de la Independencia moscovita, pero el director Fedor Bondarchuk prefiere decir que su cinta de extraterrestres es una analogía de la intolerancia, del miedo a lo desconocido, del temor a, entre otras cosas, la inmigración.

Las credenciales de Bondarchuk, sin embargo, van en otra dirección: hace cuatro años realizó Stalingrado, un récord de taquilla (52 millones de dólares) que retrató en 3D la batalla en que el Ejército Rojo derrotó a los alemanes tras cinco meses de lucha y dos millones de bajas a ambos lados del frente. Bondarchuk, como en todo lo que hace, siempre contó con apoyo del gobierno de Vladimir Putin, fan de su cine.

Hasta ahora Attraction ha recaudado más de 18 millones dólares en su país, transformándose en el filme local más taquillero del año. Como se ve, a todo el mundo le gusta que los extraterrestres alguna vez lleguen a casa. El caso de Guardianes es extraño: la cinta funcionó muy bien durante su primer fin de semana, pero luego decayó con cierta violencia. Los productores rusos, sin embargo, no quieren prescindir de sus superhéroes tras la fría taquilla y ya se está desarrollando la secuela.


Epica espacial

En una industria que busca emular el profesionalismo de Hollywood, hay también un evidente interés por el cine de género, ejemplificado en filmes como la cinta de horror La novia, actualmente en cartelera en Chile, o la película de desastres Rescate suicida, que se exhibió el año pasado en nuestro país y fue la más vista en la nación euroasiática. Sin embargo, en Rusia casi un tercio de los 35 estudios de cine son propiedad del gobierno y la agenda patriótica se cuela por todos lados. A fin de cuentas, el honor histórico de haber sido una potencia es el material que mejor funciona a los gobernantes de turno.

A principios de año se estrenó, por ejemplo, The age of pioneers, comparada favorablemente en la prensa local con Apolo 13 (1995), de Ron Howard. Dirigida por Dmitriy Kiselev, la cinta relata la proeza de uno de los héroes de la carrera espacial soviética: en el año 1965, Aleksey Leonov se transformó en el primer astronauta (o cosmonauta, utilizando la terminología rusa) en realizar una caminata espacial, adelantándose por tres meses a una maniobra similar de la NASA.

The age of pioneers es una película de triunfos sobre el enemigo, pero también, como Stalingrado, es una historia de lucha contra las adversidades. Lo de Leonov fue doblemente meritorio desde el momento en que estuvo a punto de morir cuando su traje tuvo un desperfecto en la presurización.

Siguiendo el mismo patrón de batallas contra lo imposible se espera para noviembre el estreno en Rusia de Furious, película de Ivan Shurkhovetskiy sobre la heróica defensa de la ciudad de Ryazan en 1238. Ante la amenaza de las hordas mongolas comandadas por Batu Khan, el caballero Evpaty Kolovrat reunió a 1.700 hombres para defender el último bastión ruso en Asia. Su defensa fue un hueso duro de roer y la muerte en combate de Kolovrat es tan honorable para los rusos como la caminata de Leonov o la defensa de Stalingrado.


Los liberales del cine

Humillados y ofendidos, el título de la temprana novela de Fedor Dostoievski puede servir para describir los personajes que circulan por un ingente número de películas que no son ni de héroes, ni de épicas ni de patriotas. No son las que cuentan con la simpatía del gobierno y pintan un país masacrado por un consumismo imparable y una Iglesia intolerante. Se puede decir que es el cine de los liberales de Rusia y de los que cuentan con el favor de los festivales de cine en Europa.

En el último Cannes hubo tres películas rusas que dejaron la vara bastante alta. O en rigor hubo dos, considerando que una de ellas es ucraniana. Aún así, la tragedia de A gentle creature no puede ser entendida sin divisar el paisaje de fondo del pasado común soviético de Ucrania y Rusia. Inspirada en un cuento de Fedor Dostoievski, la cinta de Sergei Loznitsa se interna en la kafkiana odisea de una mujer sin nombre y apellidos (la criatura gentil del título) que busca a su esposo de cárcel en cárcel, eternamente trasladado a otros recintos penales, sin explicación coherente a la vista.

Loznitsa es, además, uno de los grandes documentalistas de los últimos años y en el año 2014 realizó la elogiada Maidan, cinta que se transformó en una piedra en el zapato para los rusos al detallar el levantamiento de la sociedad civil ucraniana contra el gobierno del presidente títere de Putin.

Desde las montañas del Cáucaso llegó la sorprendente Closeness, el primer largometraje de Kantemir Balagov, un director de 25 años capaz de pintar su aldea y relatar un cuento universal: a través de la historia de un secuestro en la ciudad de Nalchik, habla de la importancia infame del dinero en la Rusia post-soviética.

La mejor película del grupo fue Loveless, de Andrey Zvyagintsev, y ganó el Premio del Jurado en Cannes. Nacido hace 53 años en Siberia, el realizador del León de Oro en Venecia por El regreso (2003) ya había obtenido el premio al Mejor Guión en Cannes 2014 por Leviatán, la película donde alcaldes corruptos y arzobispos cómplices demolían la vida de un mecánico de barrio. Ya por aquel largometraje, Zvyagintsev había sido criticado públicamente por el ministro de Cultura Vladimir Medinsky, un historiador que no está de acuerdo con el angustiante retrato de las autoridades políticas y religiosas presentado por la cinta.

En Loveless no hay políticos ni curas, pero no importa. A Zvyagintsev le basta con mostrar la vida de una pareja al borde del divorcio para contar lo que pasa en las casas de Moscú. Los protagonistas son Boris y Zhenya, dos profesionales que pelean día y noche y que apenas prestan atención a su hijo. Ambos gustan del lujo y planean una futura vida mejor con sus respectivas nuevas parejas. Un día el chico desaparece y Zhenya entiende que la vida pudo haber sido más simple de lo que creía.

La tragedias familiares de Loznitsa, Balagov y Zvyagintsev son la Rusia que respira bajo la alfombra d e los fuegos artificiales de películas como Guardianes o Attraction. Se trata de líneas paralelas que quizás no convergen, pero al menos sirven para entender en algo el mapa de la compleja alma rusa.

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