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Culto
Marco Antonio De la Parra, dramaturgo y siquiatra: “El teatro joven tiene una gran queja, pero le falta elaboración”

Marco Antonio De la Parra, dramaturgo y siquiatra: “El teatro joven tiene una gran queja, pero le falta elaboración”

El autor volverá a escena con El amo, y en octubre estrenará una versión de Crimen y castigo de Dostoievski.

No postuló al Premio Nacional de Artes Escénicas de este año. Dice que no quiso: “Cuando lo hice en 2015 descubrí que se necesitan más años de circo”, afirma Marco Antonio De la Parra (1952), sentado a unos cuantos pasos del Teatro Finis Terrae, en Providencia, la sala que dirige desde 2016. “Sentí que me faltaban al menos 10 años, y temo por poder hacerlo en mis cabales y no estar gagá para ese momento”, agrega. Enterado de quienes irán tras el mismo galardón que se fallará en agosto, el dramaturgo y siquiatra invoca otro nombre ausente en la nómina: “Alejandro Sieveking es una figura realmente importante. El debería ganarlo”.

A sus 65 años, el autor de La secreta obscenidad de cada día trabaja en una novela histórica que sucederá a El año que nos volvimos todos locos (2012), mientras alista su retorno a los escenarios. “Se llama El viajero y ocurre en el Chile de 1820, a través de los ojos de uno de los tantos aventureros que vieron de cerca nuestra Independencia”, cuenta. “La verdad es que no sé cuándo cumplí tantos años hasta reencantarme con la historia. Debe ser parte de envejecer, pensé siempre, y hasta para mí ha sido curioso andar detrás de los diarios de no sé quién o leyendo obras antiquísimas. Y como la narrativa no es lo mío, me ha tomado mucho tiempo terminar de escribirla. Por eso creo que esta será mi última novela, y aparecería recién en 2018”, agrega.

Antes, el próximo viernes 30 de junio, su obra El deseo de toda ciudadana inaugurará la nueva sala Imagen en calle Loreto 400, en el barrio Bellavista, un microespacio para 40 personas ubicado en la misma casa donde se encuentra la escuela de Gustavo Meza. Estrenada en 1987 bajo la dirección de Ramón Griffero, la historia narra el desencuentro entre una mujer sola y un siniestro y desconocido intruso. La actriz Elsa Poblete, quien protagonizó esa primera versión, será quien ahora dirija el mismo texto. “Originalmente era una novela negra (La voz del amo, se llamaba), pero Ramón la convirtió en una sátira política para no avivar tanto el fuego en esa época”, recuerda.

La llegada del creador de Cinema Utoppia a la cabeza del Teatro Nacional era, según De la Parra, más que previsible: “Ahora tiene todo, desde la experiencia hasta ideas y oportunidades para convertir al Antonio Varas en un teatro creativo y abierto a la experimentación”, opina. “Si lo comparo con el Teatro UC, por ejemplo, que ha construido un puente extraño entre la investigación universitaria y el teatro comercial, y le va muy bien con eso, me hace echar aún más de menos la experimentación dura en esta escena. Pareciera que las salas temen perder público, y la relación con sus audiencias se vuelve tan conservadora como su visión artística”, critica.


Voz testigo

Hace tres años, cuando la Muestra de Dramaturgia Nacional -entonces dirigida por Manuela Infante- parió su última obra memorable, Hilda Peña de Isidora Stevenson, a De la Parra le pidieron convertirse en un agente externo. “Tomaba notas de los ensayos y las leíamos en intervenciones abiertas al público. Era una suerte de proceso creativo más democrático”, dice.

No es raro, por tanto, verlo en estrenos ni comentando entre los suyos acerca de tal o cual montaje reciente: “La gente joven siempre puede ser una sorpresa, y el diálogo entre ellos y nosotros es sumamente enriquecedor. Tiene otros ojos esta generación, y ese solo hecho lo hace todo distinto para alguien como yo, que estoy envejeciendo y a veces me pregunto qué más me queda por hacer y decir. Recuerdo una vez que Juan (Radrigán) dijo que el teatro más joven tenía una gran queja, y sí, la tiene, pero pienso que a varios aún les falta elaboración poética, salvo en algunos puntos notables”.

—¿Cuáles, por ejemplo?

—Pablo Manzi (1988) me parece un talento impresionante. Donde viven los bárbaros (2015) es una temprana obra maestra de la nueva camada, y no solo para ver, sino también para leer. Yo mismo la uso en mis clases, pues es un claro ejemplo de cómo un autor puede sobrepasar el simple antojo de la queja para además darle un registro propio al texto, y eso es curioso para alguien tan joven como él. Incluso creo que es mejor que no lo tenga tan claro, así Manzi no se autoimpone una sobreexigencia innecesaria. Hay quienes se abruman con eso.


Uno de los últimos montajes que De la Parra vio, cuenta, fue Estado vegetal de Manuela Infante, que hasta la semana pasada se presentó en el Nave como parte del ciclo Teatro Hoy. “Me pareció notable, muy interesante. Manuela comenzó a investigar y crear sin pensar en si llenaría o no la sala, y hasta hoy sigue en eso, y ha dado frutos. Muy pocos podrían decir lo mismo”, asegura. “Estar atento a la escena es divertido, la ves cambiar y eso es alucinante. Pude verlo con el caso argentino, por ejemplo, cuando apareció Rafael Spregelburd (La terquedad), y lo vi aquí también cuando aparecieron la Manuela, Barrales (Niñas araña), Layera (La imaginación del futuro) y otros. La clave está en dialogar con otras estéticas, pero lamentablemente se hace poco”, cree el autor, quien prepara otros proyectos.

Desde el 6 de julio, en el Teatro Finis Terrae, Alex Zisis protagonizará El amo, un texto suyo que permanecía intacto desde el año 2010, y que ahora, bajo la dirección de Sebastián Vila (Medusa), verá por primera vez la luz. En la ficción, un multimillonario contrata a un dramaturgo con líos de dinero para que escriba una obra sobre su vida, procurando resaltar su calidad como empresario y ciudadano ejemplar. El mismo magnate escoge a dedo además al actor que lo interpretará, así como al director que lo subirá al escenario.

“Es un verdadero tour de force (reto) para el actor, y un conflicto de posesión muy al estilo de Cronenberg”, dice el dramaturgo. “En el texto hay una fuerte crítica al poder basado en el dinero, el exitismo y la competitividad. En cierta forma, esboza un retrato a la manera en que algunos pocos, muy pocos en realidad, entienden esta sociedad”.

—¿Cree que la filantropía a través de la cultura puede ser un lavado de imagen?

—Es justamente de lo que hablo aquí. El amo no solo quiere ser dueño del poder en todas sus formas, sino que además transgrede los límites de su liderazgo para convertirse en un autoritario. Imagínate, si hasta quiere entrometerse en el trabajo artístico de tres creadores. Por eso el texto tiene también algo de metateatralidad, que es algo que me interesa mucho, y lo peor es que en Chile y desde luego en otras partes del mundo, esta clase de seres existe y son quienes lo controlan todo.


Crimen sin castigo

Hace poco más de dos años que una antigua edición de Crimen y castigo, la célebre novela del escritor ruso Fiódor Dostoievski (1821-1881), permanece sobre su escritorio. “Por él surgió mi amor por la literatura, hace ya mucho tiempo”, recuerda De la Parra. “Incluso le anduve dando vueltas a una adaptación teatral de Los hermanos Karamazov (1880), pero hubiesen sido casi cuatro horas de montaje y era imposible convencer a un director de entrar en diálogo conmigo. Para mí es muy importante la escritura en diálogo, y tan así es que por lo general quedan en el cajón las que no lo fueron”, dice.

A la par de sus últimas relecturas de Crimen y castigo, el autor lleva meses de reuniones y conversaciones con el director Francisco Krebs (El amor de Fedra), junto a quien echó a andar la adaptación de la misma novela que debutará en octubre, también sobre las tablas de la sala ubicada en calle Pocuro, en Providencia. Protagonizada siempre por Raskólnikov, el estudiante con aires de grandeza que vive en San Petersburgo durante los años de la Rusia Imperial y quien debe dejar la universidad por problemas económicos, su versión acentúa, cuenta De la Parra, el tono policial del relato.

“Surge de mi propia obsesión con la serie True detective, sobre todo con la primera temporada”, revela. “La maestría de los diálogos gringos me hizo pensar en que podíamos trabajar a partir de lo que sostienen el protagonista y el policía, que siempre me han parecido sumamente teatrales. Decidí, sin embargo, reducir el número de personajes a solo tres -Raskólnikov, el policía y Sonia, la prostituta de 18 años- para armar una puesta en escena más íntima, pero los textos son los mismos de Dostoievski. Nosotros solo hicimos el trabajo de carpintería”, agrega.

El montaje, aún con elenco por definir, llevará por título simplemente Crimen: “La resonancia de la novela siempre está, pero hoy mismo el castigo y la culpa son particularmente fuertes para una sociedad como la nuestra, que ha sido descubierta en delito y a la que aún le faltan muchos más por cometer”, opina.

—¿Y por qué le quitó el “castigo”?

—Me interesaba más la redención del protagonista tras cometer el crimen. Este país tiene necesidad de limpieza, y ya no solo por lo que pasó en dictadura, sino por toda la corrupción que se destapó. Si en Match point (2005) Woody Allen abordó el mismo texto desde el arribismo, lo que me parece interesante y efectivo, a mí me pareció más urgente encumbrar esta idea siniestra de que aquí aún hay gente que cree que está por sobre el bien y el mal. Basta con ver a nuestras autoridades, candidatos y a quienes dicen defendernos incluso. Dondequiera que mires están, y es a ellos a quienes Dostoievski les hablará ahora.

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