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Culto
Pesadilla americana: el adiós a las leyendas del grunge

Pesadilla americana: el adiós a las leyendas del grunge

La muerte de Chris Cornell obligó a muchos a revisitar gran parte de su trabajo. Spotify, por ejemplo, llenó sus “Daily Mix” con Audioslave, sus canciones como solista y las de su banda más importante: Soundgarden. Esta es la crónica de cómo el grunge se transformó en una historia de heroína, MTV y el fracaso del capitalismo más íntimo.

¿De qué se trató el terremoto que comenzó en Seattle, terminó en MTV y aún amenaza con réplicas, epitafios y canciones que suenan tristes, medio tono abajo y distorsionan guitarras electroacústicas?

Cabe preguntarse, más allá del lamento en la voz de Cobain, la rasposidad de Layne Staley o el falsete de Eddie Vedder abrazado en prolijas guitarras, qué es finalmente lo que quisieron decirnos en clave oscura, a veces punk y otras veces triste los hijos de los muchas veces luminosos setentas y ochentas.

El énfasis histórico a la hora de analizar el grunge siempre, en la instancia que sea, ha tenido que ver con la técnica: si toma o no el pulso del punk, si se viste o no de negro en las letras y si es finalmente solo una deformación del rock pesado, con un cariz más asociado a la moda o al efecto de repetición tras el éxito de una primera oleada de millonarios prematuros girando por todo el mundo.

Existe esa visión: la de industria, la que analiza la tendencia y sopesa, en función de la originalidad, el sonido de Seattle. La que mide las gargantas de quien canta y la cantidad de discos que fue capaz de vender.

Y si hablamos, un poco aunque sea, de las letras, encontramos que el grunge es una añoranza lejana a esas luces y cámaras que tuvo encima. La poesía tras las canciones tiene que ver con una nostalgia de cierta normalidad en los Estados Unidos de los noventa. Un deseo no cumplido. El país del primer Bush y Clinton. El del nuevo florecimiento del individuo, que arma familia, compra casa y envía sus hijos al mejor colegio posible, para luego poner televisión por cable y ver la pelea de box del siglo.

La pesadilla de ese sueño podía tener a Stone Temple Pilots de fondo, ya no solo para musicalizar una decepción amorosa “a lo macho”, sino para pensar en la vida de los poco afortunados, como en ese grito llamado “Creep”.

Kurt Cobain no fue solo el primer punk emo. Tampoco solo un estudiante poco aventajado de The Beatles. Esencialmente, puede ser quien refleja la caída de ese sueño que siempre dura menos de lo que queremos: la familia. Escribió sobre el machismo en “Mr. Moustache” antes de que fuera rentable hacerlo, sobre la decepción en “Serve the Servants” y el amor romántico como escape a toda esa pena en “About a Girl”, sin detenerse en los golpes a los amplificadores o las bromas como posar con una polera que dice “las revistas corporativas aún apestan”, en una sesión de fotos para Rolling Stone.



Chris Cornell, por su lado, supo cantarle a los personajes que lo moldearon y tomar la foto precisa de un momento de decadencia que sus propios colegas obviaron o decidieron vivir demasiado a concho: el auge de la heroína y las drogas duras. Desde una moral que lo mantuvo vivo hasta hace muy poco, se dio maña para dibujar días oscuros u hoyos negros en el sol con una poesía que mostró un occidente difuso y sobrecargado de sensaciones, quizás no exacerbadas como el LSD de The Beatles o Pink Floyd, pero lo suficientemente genuinas como para conmover.

El capitalismo ganaba sus batallas en la sociedad americana y amagaba al triunfo en algunas otras como Vietnam. Para muchos, la casa de este ejemplo era la misma de Beavis & Butthead: MTV. El lugar en que Eddie Vedder se abstuvo de decir “fuck” o Kurt Cobain de cantar “Rape Me” tiene un espacio clave a la hora de amplificar la etiqueta asociada a un mensaje, que escuchado a la distancia de los años que han pasado y a la luz de la muerte de sus íconos, parece muy distinto.

Fanáticos de la estética grunge escuchan rabia en “Jeremy”, amor profundo en “Black” y rebeldía en “Dive”, “Wicked Garden” o “Angry Chair”, como viudos de una ola musical que les permitía expresar sus sentimientos amorosos, lejos de una reflexión sobre lo que amenaza con ser hoy el testimonio más flagrante del sufrir de los desposeídos, no solo en ese Estados Unidos, Seattle o América.

Pearl Jam le puso música a una poesía hermosa que dibuja todo lo que puede ocultar el rostro de un niño. Stone Temple Pilots hizo una crónica sobre quien vive debajo de una casa, probablemente acompañado de otro al que Nirvana también le tiene una canción. Alice in Chains reflexiona sobre qué es ser normal en una carrera de locos, con Blind Melon o Mudhoney manejando la misma van por alguna carretera de Seattle. Detrás, viene Cornell contando alguna historia que retrata algo que otro no vio. Y todos, seguro, habrían dado la vida por ser parte de ese paisaje de “normalidad” que miraron desde tan lejos al comienzo de sus carreras.

Existe la esencia comercial del grunge, qué duda cabe. Pero también existe, más allá de su estética, la tendencia a tocar medio tono abajo, con distorsión o compases tristes, una poesía sobre un sueño americano que no fue para todos. Una suerte de alegría que no llegó. Ese canto, sabemos, se transformó en una moda que muchos supieron llevar de buena manera y transformar en franquicias desenchufadas y millonarias. Aun así, sigue latiendo bajo esos discos, una reflexión íntima sobre el capitalismo que no fue feliz, el mundo privado de ese Estados Unidos que supo hablar a través de una ciudad sobre sus valores y vicios. Aunque MTV nos haya vendido la idea totalmente al revés.


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