*

Culto
Cuando Eric Hobsbawm fue crítico de jazz

Cuando Eric Hobsbawm fue crítico de jazz

Fue uno de los pensadores clave de la historia del siglo XX, pero además ejerció la crítica musical durante más de una década en los más diversos medios. El jazz, como él mismo contó, fue nada menos que su refugio y, al mismo tiempo, su primer gran amor.

Sus padres, un comerciante inglés y una austriaca perteneciente a una próspera familia de joyeros, se conocieron en Egipto, en 1913, cuando el país africano formaba parte del imperio británico. A causa de la Primera Guerra Mundial, según contó un reportaje del sitio Nexos, la pareja debió casarse en la siempre neutral Suiza, para luego, un par de años después, trasladarse a Viena. Fue en ese país donde creció Eric Hobsbawm, hasta 1931, cuando la temprana muerte de sus padres lo llevó a vivir con su familia extendida, en Alemania, donde comenzó su estudio de la obra de Marx.

A los 16 años, sin amigos y en un entorno más bien ajeno, el joven Hobsbawm se refugió en los libros y adicionalmente en el jazz.

De hecho, el estadounidense Louis Armstrong se convirtió en uno de sus cantantes y trompetitas de cabecera.

En su autobiografía, Interesting times, cuyo título juega con la proverbial maldición china —“Ojalá te toque vivir tiempos interesantes”—, Hobsbawm cuenta los comienzos de su romance con el jazz:

En mi caso, virtualmente sustituyó al primer amor pues, avergonzado de mi apariencia, y por ende convencido de carecer de atractivo físico, de manera deliberada reprimí mi sensualidad y mis impulsos sexuales. El jazz me dio una dimensión de emoción física sin palabras y sin cuestionamientos a una vida que de otro modo estaba casi monopolizada por las palabras y los ejercicios del intelecto.

En 1956, a la edad de 39 años, Eric Hobsbawm comenzó a publicar sus críticas de jazz en The New Statesman, un semanario inglés de izquierda fundado en 1913.

Lo hizo bajo el seudónimo de Francis Newton, nombre que tomó prestado del trompetista que grabó con Billie Holiday una de sus canciones más célebres: “Strange Fruit”, acerca de los ahorcamientos que todavía en los años 50 eran frecuentes en el sur de Estados Unidos.



Francis Newton, o Eric Hobsbawm, ejerció la crítica musical de jazz durante una década en The New Statesman. De hecho, en el sitio web del semanario pueden encontrarse algunos de sus artículos fechados hace más de medio siglo, donde opina sin aspavientos:

Si bien es cierto que en los años cincuenta se produjo mucho más jazz en más países que en cualquier década previa, en términos artísticos la década es decepcionante.

El músico de jazz más importante de la década y el que mejor lo personifica —Miles Davis— es un hombre bastante menor que quienes dominaron antaño: un Armstrong o un Parker. Es un individualista capaz de producir música hermosa y melancólica, pero técnicamente es bastante limitado, no llega a ser un chef d’école, aunque sea el líder de un pequeño grupo excepcionalmente fructífero.

El compositor y líder más talentoso de la época, John Lewis, del Modern Jazz Quartet, ha confinado sus grandes dones a la decoración de interiores de unos cuantos salones musicales. En comparación con las vastas mansiones que aún estaban siendo construidas y amuebladas por ese viejo león de los años 20, Duke Ellington, y de las atrevidas exploraciones tipo Bauhaus de ese pionero de la década de 1940, Thelonious Monk, las estructuras de Lewis se antojan muy endebles.

Los años 50 ni siquiera produjeron muchos nuevos músicos de gran estatura, un hecho subrayado por la larga lista de fallecimientos notables durante la década: Bechet, Lester Young, Billie Holiday, Tatum, Big Sid Catlett, Baby Dodds, entre los estilistas más antiguos; Parker, Navarro y Clifford Brown entre los modernos. Viejos talentos fueron redescubiertos o reapreciados —Monk entre los modernos, Buck Clayton, Vic Dickenson y varios veteranos de los años treinta— pero había pocas caras auténticamente nuevas.

Gran parte de tal esterilidad se debió al deseo absolutamente desastroso de intelectualizar el jazz, de hacerlo respetable en un plano académico, de darle un lugar en los conservatorios, las escuelas de verano y las bienales. La respetabilidad es la muerte de una música que existe porque es una protesta contra la ortodoxia artística y social, y que opera de una manera totalmente distinta de la música “convencional”.

Pero sus escritos sobre jazz no se reducen a esas reseñas. En 1959, siempre al alero de Francis Newton, Hobsbawm publicó “The Jazz Scene”, un extenso ensayo de historia social del jazz que se ha convertido en una suerte de referencia obligada para los aficionados al género musical, como lo prueban las sucesivas ediciones que se han hecho, a lo largo de décadas.

Según el sitio mexicano Nexos, “The Jazz Scene” es uno de los pocos libros de Hobsbawm que no han sido traducidos a nuestro idioma. Lo cierto es que Hobsbawm excedió su conocida obra como historiador, exhibiendo a cuentagotas al sociólogo lleno de imaginación y curiosidad, y sobre todo a un atento espectador de nuestra civilización.


Sobre el autor: