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Culto
El disco que redescubrió la Ciudad de México

El disco que redescubrió la Ciudad de México

Publicado por primera vez hace veintitrés años, Re elevó a Café Tacvba al peldaño de las más grandes bandas de rock en español. Lo siguiente es la historia de un álbum tan caótico como circular, que descifró a la desmesurada capital mexicana.

“Es como ir de Puente Alto a Escuela Militar”, compara un amigo mexicano sobre el tiempo de traslado entre Ciudad Satélite, un suburbio de la capital mexicana, y El Zócalo, la principal plaza de la ciudad. Se trata de una de las distancias que mejor explica el sonido mestizo de un disco como Re (1994).

En esos suburbios construidos para gente que no quiere mezclarse con otro tipo de gente, donde el centro es un mall, dos estudiantes de diseño dieron forma a Café Tacvba a comienzos de los 90.

Buscando más tranquilidad, comodidad y otras cualidades del argot inmobiliario fue que algunas familias decidieron pagar sus impuestos en esa ciudad fuera de la ciudad, llena de camionetas suburbanas y cuadras estructuradas en circuitos como el follaje de un árbol. El escritor Carlos Monsiváis lo dice mejor: “La gente de Ciudad Satélite es la primera generación de norteamericanos nacidos en México”.

Cuando todavía eran unos veinteañeros, Rubén Albarrán y José Alfredo Rangel, los dos estudiantes y vecinos satelucos, cuestionaron ese modelo influenciados por algunos académicos de la UAM, varios de ellos chilenos exiliados y muy críticos de esos asuntos.

Rangel recuerda que les decían: “Aquí se están siguiendo modelos extranjeros, siendo que existe una riqueza propia enorme”. Ese fue el punto de inflexión de los veinteañeros. Lo dice la letra de una canción aparecida en Re que lleva por título “El fin de la infancia”:



“La escribí porque una vez fuimos a un lugar del norte y vimos eso que en México se le llama ‘música de banda’, que se caracteriza por tener muchos vientos, y que en los últimos años se ha ido acelerando, más que nada porque en esa zona hay mucha cocaína. Entonces el baile es muy raro, es como frenético. La primera vez que lo vimos dijimos: ‘Esto es vanguardia’. Y eso te muestra que no tienes que irte a Nueva York ni a Berlín a buscar ideas, porque volteas y en tu propio país hay cosas que no se conocen en ningún otro lugar del mundo”, explica Rangel desde una antigua entrevista.

Cuenta el guitarrista principal de la banda: “Siempre está la reflexión de ‘somos jóvenes, no podemos compararnos con una cultura como la italiana, que tiene siglos y siglos de bagaje’, ¿no? Y, sí, a lo mejor tenemos 500 años, que no es mucho en términos de cultura, pero eso igualmente te da mucho material”.

En lugar de aislarse en una espiral malinchista, como la mayoría de sus vecinos de barrio, los Tacvba se voltearon hacia la Ciudad de México e intentaron mirar a la metrópolis de veinte millones de habitantes como la miran los extranjeros.

Así comenzaron a hacer turismo por su propia ciudad.

Conocieron —o se entusiasmaron o re-descubrieron— el centro, la catedral, los museos y El Zócalo, revalorizando algo que para el resto de los habitantes era simplemente el paisaje de fondo, una ciudad caótica (cuando el músico chileno Pedropiedra fue a grabar su primer disco a México, dijo del DF: “Es como estar a la salida del estadio todo el año”), pluricultural y mezcla visible de dos raíces: la indígena y la española.

Algo patente en la insurrecta “El balcón” o el bolero “Madrugal”, de Quique Rangel:



“Es gigante, muy desordenada, cochina y ruidosa. Puede haber una cuestión muy flaite o muy pituca cerca”, contó Pedropiedra, que estuvo varios meses en el DF.

Allí, entre casas custodiadas con guardias al lado de otras cayéndose a pedazos, y el olor a maíz y frijol que lo impregna todo, hay un abrumador desprestigio del tiempo: puedes vivir a media hora de un lugar pero te demoras dos en llegar. Albarrán lo explica así: “Tiene que ver con lo pluricultural que es México, es un concepto muy ecléctico”:



Antes de escribir Re, la banda que completan Quique Rangel —el hermano menor de Joselo— y Emmanuel del Real —hijo del trompetista Manuel del Real—, bebió de la época de oro del cine mexicano y también de las rancheras populares.

Están ahí, entre sus canciones, Pedro Infante, pero también Agustín Lara, Chavela Vargas, Jaime López y José Alfredo Jiménez.

Si en su debut de 1992 Café Tacvba quería sonar como The Smiths, pero terminaron molestando a los puristas diciendo que no eran rockeros; en Re escriben nada menos que la banda sonora del DF mexicano. Como un paseo a pie, cada una de sus veinte canciones parece un género distinto, mérito de la experimentación con guiños al sonido regional, pero también al industrial o al punk, sin miedo ni prejuicios.

Ahí están el ska mutante de “Las flores” o el guitarreo rítmico de la jarana acompañada de maracas, contrabajo y hasta una cítara con detalles electrónicos, en “El aparato”, que narra un avistamiento ovni:



“Tengo muchos amos, con todos quedo bien”, dice el booklet de Re (diseñado por Albarrán y Sergio Toporek) a la altura de “El borrego”, donde aparece un puño con una esvástica y una estrella de David, al lado de la paz hippie y la A circulada anarquista, donde la parodia se vuelve seria y funciona: de punk a industrial, el saludo a sus contemporáneos La Maldita Vecindad, Magneto y La Lupita, un solo que parece de broma y la voz distorsionada de Meme:



Ese tema define a un público rockero, lleno de tópicos extranjerizantes, pero que igual escucha tropical. Hay un video muy pegado y gracioso de la banda tocándolo en un programa de Televisa:



¿Más experimentos? El tándem que forman “Pez” y “Verde”. Primero la balada de Joselo y Meme que es cantada por el tecladista y responsable de la caja de ritmos (como dato, Café Tacvba no usó baterista hasta el disco Cuatro caminos de 2003), que narra el tránsito de un pez hasta una bolsa para cambiar de velocidad y sumergirse en la introspectiva y oscura “Verde”, como corresponde, bajo las leyes físicas y biológicas del agua.

Aparece, en algún momento, como en la tapa del disco, la idea del ciclo.

La carátula de Re tiene la concha de un caracol con el dibujo de una espiral.

El mensaje es claro: el tiempo es circular.



Sobre el final de ese realismo mágico sacado de Elena Garro que es “Ixtepec”, Albarrán canta: “La vida es un ciclo”. Pero antes está “El ciclón”, un funk de clavinet y guitarra con overdrive que es clave y parece inspirar canciones más nuevas como “Ciervos” de Astro (“Y brillar y bailar y jugar con dios. Y cambiar de ciervo a flor y de flor a dios”). Su letra es muy gráfica: “Yo ➙ flor, polen ➙ abeja, oso, pez ➙ agua, sube, nube, llueve, árbol ➙ oxígeno ➙ pulmón”. Albarrán lo dice mejor en una entrevista de la época: “Son veinte canciones y barajamos un concepto circular. Por eso el disco se llama Re, es una preposición”:



Junto con sus faldas y bailes, el cantante principal de los Tacvba escondió más trampas para despistar en canciones tan vigentes como “El baile y el salón” y los guiños al futuro, como la sentida “Esa noche”.

Tan dramática como seria, esa canción recuerda a los viejos boleros y toca una tecla que Café Tacvba sigue pulsando en su discografía posterior, igual de dramática y seria. “Mi soledad siempre ha pertenecido a ti”, dice sobre el final uno de los temas favoritos de Álvaro Henríquez:



Improvisar a espaldas de La Moneda o grabar en el patio interior del Liguria. Cerrar alguna noche del Festival de Viña o abrir algún escenario de Lollapalooza. Nunca hemos sabido qué hacer con Café Tacvba, salvo convertir sus canciones en apuntes de nuestras vidas


En una escena del documental Seguir siendo (2010, Ernesto Contreras y José Manuel Craviotto), el propio Albarrán describe el sonido de la banda en un aeropuerto: “¿Están grabándome?”, pregunta a su lado una japonesa. “Es para un documental, somos una banda y nos están grabando”, responde el cantante en inglés chicano. “¿Y qué música tocan?”, pregunta la sonriente turista. “Una mezcla. Es rock y música tradicional mexicana, pero todo mezclado con bossa nova, jazz y electrónica”, dice el cantante conocido en sus diferentes etapas como Juan, Cosme, Massiossare, Nrü, Amparo Tonto Medardo In La Kech, G-3, Rita Cantalagua, Gallo Gasss, Elfego Buendia, Ixaya Mazatzin Tleyotl o Zopilote.

Gustavo Santaolalla, productor de Re y de casi toda la discografía de esta banda, dice que los Tacvba se toman su tiempo para cada disco: “No necesitan entrar en la mercadotecnia del disco anual”.

Joe Chiccarelli, otro de los responsables del sonido, va más allá: “Están en el peldaño de los Rolling Stones, Beck y Radiohead. Están en esa liga, con la diferencia del idioma”.

Victor Indrizzo, baterista de sesión de los últimos trabajos, dice que “cada uno de los integrantes de Café Tacvba es un artista por sí solo”. Resulta que los cuatro escriben canciones. Puede que por eso mismo Re sea un híbrido de sensibilidades, tan mágico como posmoderno, con un lenguaje tan surrealista como urbano. Es sobre indios, colonizadores y mestizos, pero también sobre estaciones de metro de la capital mexicana, palacios coloniales, migrantes, boxeadores, el metro y selvas destruidas por petroleros.


Hace unos años le preguntaron a Joselo qué había significado para la banda vivir en un lugar como Ciudad Satélite cuando comenzó Café Tacvba. “Satélite es un suburbio de la Ciudad de México y como muchos suburbios de ciudades grandes en el mundo se crearon como lugares de paz y modernidad imitando el modo de vivir en Estados Unidos. Café Tacvba nació como un rechazo a ese estilo de vida, a seguir modas extranjeras. Claro que usando el rock, que es sin duda una moda gringa. Hay contradicción en esto, pero bueno, ¿qué le vamos a hacer? Vivir en Ciudad Satélite significó que mucha de nuestra cultura mexicana la redescubrimos a la edad de 18 años”, dijo el músico.


Sobre el autor:

Alejandro Jofré |
Editor de Culto.