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Culto
María Elisa Fernández, historiadora: “Los bolivianos creen que merecen mar, pero no ven las dos caras de la moneda”

María Elisa Fernández, historiadora: “Los bolivianos creen que merecen mar, pero no ven las dos caras de la moneda”

La académica presenta su libro Un imaginario nacional, sobre Andrés de Santa Cruz. Y comenta su rol de asesora de la Cancillería en la demanda de La Paz.

Presidente de dos naciones, por largo tiempo ha sido Andrés de Santa Cruz figura polémica, resistida o ignorada en ambas. Y ciertamente olvidada en Chile, que una vez lo tuvo como adversario en una guerra. Fundador de la Confederación Perú-Boliviana (de 1836 a 1839), este ex oficial realista que fue discípulo de Bolívar y tuvo apodos como “El Bonaparte sudamericano”, es aún descubierto por la historiografía de la región.

Si en 2015 se publicaba en Lima la traducción del libro de Natalia Sobrevilla, Andrés de Santa Cruz, caudillo de Los Andes, al año siguiente aparecía en Rosario Un imaginario nacional. El mariscal Santa Cruz y la Confederación Peruano-Boliviana. Su autora es la historiadora chilena María Elisa Fernández, quien presentó días atrás la obra en Santiago. Esa tarde fueron Joaquín Fermandois y Francisco Betancourt quienes se explayaron. Fernández, por su lado, se detuvo en su propia historia. La de una hija de boliviano.

“Soy un 75% boliviana”, dijo entonces (tiene una abuela de esa nacionalidad). Los asistentes supieron de la niña que aprendió el himno nacional boliviano, que viajó con frecuencia al país vecino y que más tarde, como investigadora, se sumergió en los archivos oficiales de la ciudad de Sucre.

Hoy, Fernández forma parte del grupo de historiadores que asesoró a la Cancillería en la demanda boliviana ante la Corte Internacional de Justicia de La Haya. Dada su especialización en las primeras décadas de la república chilena y sus vecinas, su tarea ha sido establecer qué tan fundamental fue por entonces el mar para los bolivianos. En paralelo, desarrolla su actividad docente en la U. de Chile.


—A propósito de sus antecedentes familiares, ¿cómo encaró el “desde dónde” investigar y escribir?

—Fue siempre un tema. Siendo una chilena que aprendió de la historia boliviana antes incluso de investigarla, me sentía con más responsabilidad. Por supuesto, hay una fascinación extra y también una sensación de escribir lo que voy descubriendo. Sabía que su publicación en Bolivia sería difícil, por el solo hecho de ser chilena. Por otro lado, su publicación en Chile era más compleja: aquí, pobremente publicamos temas chilenos.

—Hay quien plantea que el drama de Santa Cruz es que tiene una “identidad partida”. Que se siente parte de dos estados. ¿Por qué quiso seguir sus pasos?

—No pienso que se haya identificado con dos estados. A él y a los bolivianos les convenía sentirse parte del Perú porque Bolivia no podía ser una nación en sí misma. Santa Cruz desconfiaba de Cobija como un puerto “válido” para Bolivia, por ejemplo. En términos prácticos, que era la forma que Santa Cruz pareciera que pensaba, concebir a Bolivia sin Perú implicaba no sólo perder parte de la identidad de ciertos grupos, sino una imposibilidad de progreso y crecimiento al nivel que él consideraba necesario… La singularidad de Santa Cruz fue fundamental en mi elección. Todo ese manto de mestizo reconstructor de la “Mesopotamia de América”, como dice en una de sus cartas, es muy interesante. Siempre me ha parecido un estadista fuera de su época. No creo que tenga un parangón en Latinoamérica y me parece ocioso compararlo con Portales, por ejemplo, que es un ejercicio ampliamente practicado en Chile.

—¿Cómo definiría su rol en el grupo de historiadores que asesora a la Cancillería?

—Algunos nos abocamos a estudiar el período anterior a la Guerra del Pacífico. Otros, el de la guerra y otros el Tratado de 1904 y lo que siguió. Se han revisado las instancias en que Chile ha querido hablar del tema de la mediterraneidad y, por otro lado, desde cuándo el mar es un tema fundamental para los bolivianos: comparar y ver si, efectivamente, antes de la Guerra del Pacífico, quedando ellos sólo con Cobija, lograron hacer algo. En lo que me tocó a mí, no hubo una intención inicial respecto del puerto de Cobija desde que Bolivia es Bolivia.

—¿No hubo intención de desarrollarlo?

—La mayoría de quienes mandaron a Cobija para construir un puerto eran chilenos. No había la idea de llevar habitantes bolivianos a esa zona que pudieran crear un puerto como corresponde.

—¿Cómo ve el tema de los “derechos expectaticios” planteado por La Paz en años recientes?

—Es importante que se deje constancia de que Chile ha tenido en variadas ocasiones el interés de conversar el tema de la mediterraneidad. Nunca con la idea de una franja, pero, por ejemplo, con el propósito de mejorar la situación del ferrocarril Arica-La Paz, el tema tributario, el puerto de Arica. Y ha sido Bolivia la que no ha respondido a esas propuestas. La última fue la de Pinochet a Siles Zuazo, que quedó en el aire: Siles ni siquiera dijo queremos mar… También que es importante clarificar a la población boliviana el rol que ha jugado Chile en este proceso. En mi caso, mis primos no me querían porque era chilena y estudiaba a Bolivia. Y vi los libros escolares, donde hay una constante crítica a los “chilenos ladrones”. Es obvio que ellos piensan que merecen un pedazo de mar porque se los robaron, pero no han visto las dos caras de la moneda. Con esto de ser historiadora chilena, pero medio boliviana, una se da cuenta de que no se le ha contado la verdad a una nación. Por el otro lado, muchos dicen, perdieron el mar en una guerra y es lo que hay.

Lo otro es quiénes son los jueces de La Haya y cómo incide el bombardeo informativo que dice que Chile se ha portado pésimo con sus vecinos. Puede haber una sensación negativa entre los jueces por el solo expediente de la comunicación. Nosotros mandamos unos tremendos volúmenes con todos los informes de los especialistas, pero no hemos tenido un relato. Los bolivianos han sabido llevar adelanten su proyecto y su presentación. Están muy claros y tienen el apoyo de la nación y de los vecinos. Van repartiendo el Libro del Mar por todos lados. ¿Qué tenemos nosotros? Ibamos a tener un libro equivalente, pero eso no ha ocurrido.

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