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Culto
El backstage de más de 60 años

El backstage de más de 60 años

En Esto (no) es un testamento, la obra con que el Ictus debuta en el GAM a fin de mes, Paula Sharim, María Elena Duvauchelle y José Secall viajan a través de las seis décadas de vida del grupo. Su líder, Nissim Sharim, tendrá, dicen, una muy particular aparición.

De una u otra forma estarán todos; los que permanecen, los que aún los ven y siguen de cerca y quienes ya se marcharon y no volverán. Con sus entradas, relevos y salidas, el grupo Ictus volvió a encerrarse en su caja negra tras varios años, luego de que en 2012 estrenara Alguien tiene que parar, el último montaje de su autoría. En 2016, la compañía de teatro más longeva del país celebró 60 años de vida con las reposiciones de La noche de los volantines y Okupación. Fue en ese periodo cuando sus integrantes pactaron su primer arribo al GAM con un trabajo inédito y que en pocos meses cobró forma en su sala La Comedia, en el barrio Lastarria, donde conceden esta entrevista a coro.

El estreno será el 30 de este mes, dicen todos en medio de un ensayo, y aún hay trabajo por delante.

“Después de cumplir 60 años nos sentimos en una nueva etapa”, dice Paula Sharim. “Una de reinvención, pero si no revisábamos nuestro pasado ni todo ese patrimonio que hay allí, sería muy difícil proyectar lo que queremos para el futuro”, agrega la actriz, quien el año pasado asumió las riendas del grupo creador de La manivela luego de que su padre, Nissim, se distanciara momentáneamente producto de una estenosis espinal. “Esta obra marcará un precedente para nosotros: por primera vez nos pusimos bajo las órdenes de dos directores externos, y además saldremos de nuestra sala con ella antes de estrenarla aquí. Es un salto al vacío, pero también un acto de fe al que estuvimos dispuestos”, afirma.

El montaje coproducido por GAM lleva por título Esto (no) es un testamento, y la dirección recayó en Italo Gallardo y Pilar Ronderos, de la compañía La Laura Palmer (Los que vinieron antes), cuyo trabajo se sostiene en lo documental. “La historia de Chile determinó la del Ictus, y esta última la de sus miembros. Son inseparables la una de la otra”, opina Gallardo. “Construimos un relato episódico y dividido en tres partes: los años previos, durante y después de la dictadura”, se suma Ronderos a sus palabras.

Lo anterior no solo reformuló el método creativo del grupo, sino que además, y por primera vez en su historia, hará que sus miembros dejen dormir a sus personajes ficticios para subir a escena interpretándose a sí mismos.

Tras bambalinas

Al fondo del escenario, un antiguo mueble de madera alberga en sus cajones una pila de recuerdos individuales y colectivos, entre fotografías, cartas y programas de sus obras. La recopilación y uso del material fue el primer intento de los directores por provocar en los tres protagonistas -Paula Sharim, María Elena Duvauchelle y José Secall- un ejercicio de memoria y reflexión. El montaje arranca con el recuerdo de Introducción al elefante y otras zoologías, la obra del dramaturgo Jorge Díaz de 1967 y con la que el grupo se inició en la creación colectiva.

“Fue también una reflexión temprana sobre las dictaduras en América Latina, anticipándonos a todo lo que se nos venía”, dice Duvauchelle, miembro activo del Ictus desde 1967 y quien durante el segundo episodio recordará el día en que fue expulsada del grupo, en 1972. “Dos meses antes de estrenar Tres noches de un sábado me dio una pielonefritis, y Claudio Di Girólamo, quien dirigía la obra, me echó. Le reclamé, pero Nissim dijo que lo mío era un ataque histérico, y me pareció una anécdota tan honesta y crucial en mi paso por aquí que la vamos a contar tal y como fue, pues finalmente esa es la intención de todo esto: desacralizar con humor nuestra historia”, comenta.

Vista por más de 160 mil personas, la misma obra se convirtió en una de las fundamentales del grupo, tanto así que Gallardo y Ronderos se tomaron incluso la libertad de cuestionarla: “Hay una escena en que uno de los personajes cuenta muy orgulloso cómo fue que terminó sacándole la cresta a un homosexual, un ‘maricón del piano’, dice el texto”, cuenta Gallardo. La discusión acerca del supuesto tono homofóbico y machista se resuelve de la manera más insospechada: “Llamamos por Skype a mi padre, Nissim, quien por su condición física actual no estará con nosotros sobre el escenario, lo que no quiere decir que vaya a estar ausente”, explica su hija. “El mismo reconoce en esa conversación que ese era otro país, y que incluso tenían ‘carta blanca’ desde la alcaldía para ‘ajusticiar homosexuales’, imagínate”, cuenta.

Al teléfono desde su casa, el líder histórico del grupo ve con buenos ojos el salto que dará el Ictus con este montaje: “Como experiencia me parece interesante, y pienso que ambas partes ganan en el terreno artístico. Un grupo joven rara vez trabaja con uno antiguo como el nuestro, y viceversa. Ese diálogo me parece notable”, comenta. A sus 84 años, Sharim, quien además postula este año al Premio Nacional, no quiso descartarse del montaje, aun cuando su presencia sea más bien fantasmagórica: “Estoy grabando varios textos que son parte de la narración, y me sumaré a ciertas reflexiones que me parecían interesantes, sobre todo acerca del método. En Sueños de la memoria (2004) ya habíamos indagado en lo biográfico como motor creativo, pero esta vez, pienso, se trata de una obra aún más confesional”, dice.

Secall concuerda: “Sin duda hay un cambio de método, y desde ahí ya es un experimento para nosotros. Además, entre el Ictus y La Laura Palmer hay un color distinto de intérpretes y múltiples formas de componer en escena, pero hemos logrado fusionar con armonía ambos estilos”, cuenta el actor, quien en el montaje revivirá uno de los momentos más crudos en la historia del grupo: en 1985, antes de entrar a escena, el actor Roberto Parada supo de la muerte de su hijo José Manuel -primo además de Secall- en el Caso Degollados. “No todo fue éxito y risa”, dice Sharim, “pasamos mucho susto, y haber sobrevivido a todo y juntos además, es lo que más me enorgullece”.

Paula, su hija, ahondará en su herencia teatral. “Mi participación tiene que ver con cuán predestinada estuve a ser actriz, pues incluso antes de nacer yo ya daba vueltas por aquí”, dice. Con guiños y escenas de Prohibido suicidarse en democracia (1993), la actriz se hará cargo del presente del grupo. “Cuando llegó la democracia, el Ictus perdió ese enemigo común que tenía, y esa obra lo retrata muy bien. Pero cumplir 60 años y vernos aún aquí, hoy sin Roberto (Poblete, actual diputado) ni Edgardo Bruna (fallecido en febrero pasado), nos anima a atrevernos a más.

Lejos de ser un testamento, como dice el título, esta obra abre las puertas de nuestra sala e historia. Será como ver una película clásica desde adentro, donde aún nadie ha mirado”, concluye.

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