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Culto
Lugares que hablan: la risa

Lugares que hablan: la risa

Ver Lugares que hablan es someterse al espectáculo que Francisco Saavedra despliega de sí mismo, hecho de su perenne condición excéntrica y su interminable curiosidad infantil, donde es capaz de mezclar el candor con la ridiculez sin demasiada culpa mientras se desnuda apenas puede y le tira chistes sexuales a los lugareños.

Hay dos tipos de fama televisiva. La primera es fulgurante y consiste en ese enamoramiento repentino que el público tiene con alguna celebridad, amparado en la fascinación que causa esa cualidad indeterminada llamada “ángel”. La segunda es más compleja porque no es automática y compete a personajes cuya celebridad es en realidad fruto del tiempo y del esfuerzo, de la capacidad de algunos personajes para reinventarse a sí mismos una y otra vez, empecinados en lograr una conexión con el espectador porque en ese lazo hay algo parecido a la felicidad y al éxito.

Francisco Saavedra es un ejemplo de esta peculiar versión de la fama. Lleva en Canal 13 muchos años y ahí ha ido pasando de un programa a otro sin demasiada estridencia, ganándose de modo paulatino el cariño del público en programas como Alfombra roja o Bienvenidos, constituyéndose como un rostro reconocible y, para muchos, entrañable. Lugares que hablan (sábados a las 22 horas) es su canto del cisne: un show donde recorre el país para mostrar la vida y los rostros de los habitantes de localidades remotas al modo de un mapa simbólico de la identidad nacional. Hasta ahí todo bien. Nada nuevo, pues se trata de un show de manual que ha terminado por convertirse en un sinónimo de nuestra jibarizada televisión cultural, en un formato parecido a las notas turísticas de Don Francisco, La tierra en que vivimos o Tierra adentro.

Pero Lugares que hablan no tiene mucho que ver con ellos. O sí tiene, pero es algo solo aparente, algo que cada capítulo termina desechando para volverse otra cosa, infinitamente más extraña o divertida. Porque Saavedra ama la cámara y la cámara aprendió a amarlo a él. Es imposible pensar en alguien más feliz de salir en televisión: no hay nadie que goce tanto con su propia exhibición al punto de ser capaz de transmitirle al espectador esa alegría como un fogonazo de asombro, usando la risa como una herramienta para construir una fraternidad automática. Eso, porque en el show importa poco el destino de cada semana, lo que vale es cómo su conductor lo recorre, cómo aquello le permite volverse simultáneamente un payaso, un confesor y un amigo de quienes visita.

Así, ver Lugares que hablan es someterse al espectáculo que Saavedra despliega de sí mismo, hecho de su perenne condición excéntrica y su interminable curiosidad infantil. Gracias a lo anterior, es capaz de mezclar el candor con la ridiculez sin demasiada culpa mientras se desnuda apenas puede, se baña en aguas heladas, recorre caminos de tierra, prueba comidas típicas y le tira chistes sexuales a los lugareños. De este modo, las costumbres de Aysén, Chiloé, el norte Grande o el que sea lugar donde esté grabando; solo pueden ser juzgadas a partir del modo en que él se relaciona pues el sentido del paisaje solo existe en la forma en que Saavedra lo percibe, casi siempre como la comedia atolondrada de un turista despistado que busca el secreto perdido de la identidad ahí donde la cotidianidad es en sí misma una forma de la tradición.

Pero a veces esta pauta cambia y el programa crece. Hace unas semanas, Saavedra fue al Alto Bío-Bío y visitó varias comunidades mapuche. Todo estuvo dentro del rango del show (costumbres típicas, ceremonias, preparación de comida, conversaciones sobre medicina natural, un análisis de la orina del conductor) hasta que una de las entrevistadas le dijo que sus ancestros estaban en un cementerio pehuenche que había sido inundado cuando se construyó la represa de Ralco, en el año 2004.

Aquello no estaba en la pauta. Saavedra no conocía el hecho. Cualquier chiste terminó ahí. La mujer explicó la situación: cómo habían sido traicionados, cómo los acuerdos se habían roto, cómo los restos de sus seres queridos eran imposibles de visitar o ser trasladados. Al día siguiente Saavedra visitó el lugar, que era una especie de túmulo funerario donde los deudos venían a ver sus muertos sumergidos. Era lo poco que les quedaba: el borde de un paisaje que el presente había devorado y del que la televisión solo podía testimoniar como una postal sin sentido, mezquina en su crueldad, conmovedora en una distancia compuesta de silencio.

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