*

Culto
Cuando miras hacia atrás

Cuando miras hacia atrás

"Esta gira conmemorativa ejemplifica esa moral del español (...) fue nostalgia con estilo", dice Marcelo Contreras sobre la presentación de Miguel Bosé.

A la salida del metro del parque O’Higgins los vendedores ofertan credenciales de fantasía, cintillos y gorras con el nombre de Miguel Bosé. No hay diferencia alguna con el merchandising de cuneta ante la visita de cualquier ídolo juvenil con un tercio de la edad del protagonista de la noche con 61 años, y cuatro décadas exactas como astro de la canción hispanoamericana. En el interior del Movistar Arena un corazón blanco de papel espera en cada butaca con la leyenda “te agradecemos subir el corazón SÓLO en la canción ‘ESTARÉ’”, que da título a esta gira conmemorativa, sin embargo un corte nuevo escrito por el español a sus hijos. El pedido fue respetado a medias por el público mayoritariamente femenino. En los conciertos de Bosé, a diferencia de estrellas similares, la composición etárea siempre resulta diversa, desde la tercera edad hasta chicas en el adiós de la juventud. Sigue siendo atractivo no solo por su figura, sino porque Miguel Bosé nunca ha subestimado a su gente, jamás. Lleva 40 años oficialmente como una estrella romántica, pero casi como una obsesión rehuye los lugares comunes de su territorio estilístico.

Esta gira conmemorativa ejemplifica esa moral del español. Cualquier artista transforma un aniversario en una celebración nostálgica utilizando viejas imágenes a toda pantalla gigante, como si se tratara de revisar un álbum de fotografías y recortes. En el rock es moneda común, pero Bosé prescindió con elegancia de ese recurso. Fue nostalgia con estilo.

En mejor condición vocal que en la visita de marzo del año pasado, cuando llegó a Santiago a rematar Amo tour con voz quebradiza, Bosé montó un show de grandes éxitos aplicando matices. Si en 2016 sus acompañantes vestían de blanco, esta vez fue de negro. A la manera de una secuencia de créditos, los músicos aparecieron uno a uno mientras sus respectivos nombres surgían en pantalla. Las canciones se sucedieron con rapidez pero sin ánimo febril. Desde Sereno, la primera, el público olvidó las butacas y se embarcó en un karaoke constante. Duende fue cantada completa por la asistencia y hubo alaridos en Nena ante algunos de sus más reconocibles pasos. Luego saludó subrayando que estos 40 años de música los “hemos construido juntos”.

Visualmente ofreció la sofisticación habitual. Donde otros montan escenografías torpes recreando la urbe, instalan una orquesta o un cuerpo de baile hiperactivo, el concepto de Bosé se refugia en un coro que sigue sus movimientos sincronizadamente, a veces con la complicidad de algunos músicos como ocurrió en Mirarte, cuya representación tuvo la categoría de un musical. En la introducción de Nada particular, éxito de 1992 que aborda el tema de los refugiados y víctimas de guerras, habló del ataque en Manchester y lo sucedido en Londres este fin de semana. Mencionó a Trump y su política de muros. Hilvanó todo en torno a un mensaje de paz parte de un guión (tuvo palabras similares en Buenos Aires hace unos días), interpretado con sinceridad. Así, la pieza alcanzó alturas litúrgicas.

“Ha llegado el momento de dar un salto enorme hacia atrás”, dijo después, refiriéndose a 1977 sin mencionar el año para introducir clásicos de los primeros tres lustros incluyendo Amiga, Morir de amor, Creo en ti, Linda, Hojas secas, Superman, Don Diablo y La Chula. Miguel Bosé sonrió como un chico en ese bloque de canciones de sus primeras etapas que alguna vez -tal como su adorado Bowie sobre su primer repertorio- prometió desterrar. Suerte que no cumplió. Aquellas canciones, como la mayoría de lo que vino después, son peldaños irreemplazables de una obra mayor en la historia de la música popular hispanoamericana. 

Sobre el autor:

Marcelo Contreras |
Periodista. En Twitter es @marcelotreras