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Batallas, héroes y espíritus: la historia de Cien años de Soledad

Batallas, héroes y espíritus: la historia de Cien años de Soledad

El 5 de junio de 1967, hace 50 años, salió en Buenos Aires la cuarta novela de Gabriel García Márquez. La historia de la familia Buendía en Macondo nació como una obra maestra: deslumbró a críticos y lectores y se convirtió en la novela más popular de América Latina. En ella, el escritor volcó las vivencias de su infancia en casa de sus abuelos, en Aracataca, donde vivió hasta los 10 años.

Salió armado. Era el día de la procesión de la Virgen del Pilar y el coronel Nicolás Márquez sabía que se encontraría con Medardo Pacheco. Había esperado seis meses para enfrentarlo. En ese tiempo ordenó sus asuntos, saldó deudas y vendió sus únicas posesiones: el taller de platería y un terreno donde criaba chivos. Reunió el dinero, lo guardó en casa y esperó para batirse a duelo con el hombre que había ofendido su honor. Fue el 12 de octubre de 1908. Antes de salir, el coronel dejó una carta para su esposa sobre la almohada.

Nicolás Márquez salió triunfante del duelo, pero la sombra de ese muerto no lo abandonaría jamás. Estuvo seis meses en la cárcel y una vez fuera dejó el pueblo. Quería huir del pasado y decidió instalarse en Aracataca. Pero el pasado fue tras él. “La nueva casa no les devolvió el sosiego, porque el remordimiento era tan pernicioso que había de contaminar todavía a algún tataranieto extraviado”, escribe Gabriel García Márquez en sus memorias, Vivir para contarla.

El nieto escuchó la historia del duelo de Nicolás Márquez siendo niño. “No sabes lo que pesa un muerto”, le oyó decir una vez. “Fue el primer caso de la vida real que me revolvió los instintos de escritor y aún no he podido conjurarlo”, dice en su libro de memorias.

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Muchos años después, la figura del abuelo sería una de las vigas maestras de Cien años de soledad. Y aquel episodio pasaría a las páginas de la novela: en ella, José Arcadio Buendía es perseguido por el fantasma de Prudencio Aguilar, a quien había matado en un duelo después de una pelea de gallos.

Publicada en Buenos Aires el 5 de junio de 1967, Cien años de soledad cumple medio siglo. Con más de 50 millones de copias vendidas en el mundo, es la novela más popular de América Latina y le dio el impulso definitivo al Boom latinoamericano. Fue también la novela que transformó la vida de García Márquez para siempre.

El escritor colombiano era autor de tres libros hasta esa fecha. Había logrado buenas críticas, pero escasas ventas. Sobrevivía escribiendo guiones para cine en México, preocupado sobre todo de la economía familiar. Angustiado por un bloqueo creativo que no superaba, veía cómo aparecían los libros de Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa y Julio Cortázar, los primeros del Boom, sin saber que él estaba destinado a producir la novela estrella del movimiento.

Cien años de soledad fue recibida como la obra de un mago: un alquimista creador de una “hechicería irresistible”, según Vargas Llosa. Pero más que magia lo que García Márquez puso en el libro fue su vida: las historias y personajes que vio y escuchó durante sus primeros 10 años en casa de sus abuelos.

Muertos reales

El primero de los 11 hijos de Gabriel Eligio García y Luisa Santiaga Márquez nació en casa de sus abuelos en Aracataca, el 6 de marzo de 1927. Cuando sus padres se trasladaron a Barranquilla, el niño quedó al cuidado del coronel y su esposa, Tranquilina Iguarán. “Más que una casa, era un pueblo”, diría el nieto. Por ella pasaban veteranos amigos del coronel, hijos naturales, vecinas de la abuela, tíos y tías que llegaban con un equipaje de noticias y leyendas de este mundo y del otro.

“Creo que la esencia de mi modo de ser y de pensar se la debo en realidad a las mujeres de la familia y a las muchas de la servidumbre que pastorearon mi infancia”, cuenta García Márquez en sus memorias. Sobre todas ellas estaba Francisca Simodosea, la tía Mama, quien lo crió y “murió virgen a los setenta y nueve años”. Y Mina, la abuela, que vivía en un mundo de espíritus y supersticiones: según ella, había que acostar a los niños antes de que salieran las ánimas, y si pasaba un entierro y ellos estaban dormidos, había que despertarlos para que no se los llevara el muerto.

“En medio de aquella tropa de mujeres evangélicas, el abuelo era para mí la seguridad completa”, anotó el escritor. Veterano de la guerra de los Mil Días, que enfrentó a liberales y conservadores, Nicolás Márquez fue la personalidad más importante en su niñez. Si la abuela le hablaba de muertos que buscaban a los vivos porque se sentían solos, el abuelo le contaba historias de muertos reales, de guerras y batallas. Solían pasear de la mano por el pueblo. Iban a la estación de trenes y al correo a preguntar por una pensión que nunca llegó, como ocurre en El coronel no tiene quien le escriba.

El abuelo era su conexión con el mundo: con él conoció el circo, el cine y las plantaciones bananeras. También con él fue a conocer el hielo.

Todas esas historias, las heroicas y las sobrenaturales, le darían forma a sus ficciones. “Una de las grandes fantasías de aquellos años la viví un día en que llegó a la casa un grupo de hombres iguales con ropas, polainas y espuelas de jinete, y todos con una cruz de ceniza pintada en la frente”, recordó. Eran los hijos naturales del coronel, que fueron a saludarlo después de oír la misa del Miércoles de Ceniza, con la cruz aún dibujada. En Cien años de soledad, los 16 hijos de Aureliano Buendía llevan la misma marca, como una maldición.

“No puedo imaginarme un medio familiar más propicio para mi vocación que aquella casa lunática, en especial por el carácter de las numerosas mujeres que me criaron”, escribió.

El gran proyecto

García Márquez dejó la casa de los abuelos con casi 10 años. Meses después murió el coronel. Con él, diría, desapareció una parte de sí mismo. “Pero también creo, sin duda alguna, que en ese momento era ya un escritor de escuela primaria al que sólo le faltaba aprender a escribir”.

Sus grandes esfuerzos literarios serían precisamente para volver a esa casa. “La escritura de Cien años de soledad empezó hacia finales de la década del 40, cuando el escritor regresó al Caribe y en Cartagena se vinculó a El Universal, donde se inició como periodista y escritor simultáneamente. Entonces se titulaba La casa, pues él pretendía ya, con 21 años, contar las mismas cosas que contaría después en la versión final de México”, dice Dasso Saldívar, autor de El viaje a la semilla.

En 1950 regresó a Aracataca con su madre para vender la casa de los abuelos. El viaje sería decisivo: lo enfrentó al pasado y le dio la convicción de que tenía que escribir la novela de su niñez. Pero aún tardaría 15 años en encontrar el tono narrativo. Fue durante un viaje a Acapulco en 1965 con su familia cuando, según él, tuvo la iluminación: debía narrar la novela con la misma “cara de palo” que su abuela y sus tías contabas sus historias. “Y por encima de todo, emocionalmente, en lugar de intentar invocar el espectro de Nicolás Márquez, él mismo debía convertirse, de algún modo, en Nicolás Márquez”, dice Gerald Martin, su biógrafo británico.

Entonces García Márquez se sintió libre del bloqueo y la frustración, y armado de sus lecturas -Faulkner, Rulfo- le dio forma a la novela de su vida. “Estoy loco de felicidad. Después de cinco años de esterilidad absoluta, este libro está saliendo como un chorro”, escribió al periodista Luis Harss, quien lo había entrevistado para el libro Los nuestros.

Aracataca se transformó en Macondo. Sus abuelos se transfiguraron en José Arcadio y Ursula Iguarán. El coronel también sería modelo para Aureliano Buendía, así como el general liberal Rafael Uribe. Su hermana Margot, que comía tierra a escondidas, se convirtió en Rebeca Buendía. Su padre farmacéutico y él mismo se fundirían en Melquíades, y la historia de su familia y Aracataca se confundiría con la de América Latina.

El libro fue recibido como un acontecimiento. Carlos Fuentes, Vargas Llosa, Julio Cortázar, los autores de moda, cayeron hipnotizados por Cien años de soledad. Había nacido “El Quijote de nuestro tiempo”, como lo llamó Neruda.

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