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Culto
Relato de un secuestro: diez meses en las manos de Al Qaeda

Relato de un secuestro: diez meses en las manos de Al Qaeda

El periodista español Antonio Pampliega cuenta en las páginas de En la oscuridad su cautiverio en Siria durante 2015 y 2016. En entrevista con Culto aborda la responsabilidad de los medios en esta guerra que aún no acaba.

“Llevo casi tres años recorriendo las zonas más peligrosas del planeta. He invertido todos mis ahorros, he pedido un crédito… ¿Qué más tengo que hacer para poder trabajar?”, se preguntaba en 2010 el periodista español Antonio Pampliega en Pagar por ir a la guerra, una columna publicada en el El País donde reclamaba las precarias condiciones laborales que deben enfrentar los reporteros freelance.

En esa carta expresó su frustración profesional acumulada desde 2008, cuando con apenas 25 años, y desoyendo los consejos de sus padres y cercanos, tomó un avión rumbo a Bagdad persiguiendo el sueño de convertirse en un corresponsal de guerra.

Hasta allí viajó con la ilusión de contar historias que otros no contaban, de dar voz a los civiles que quedan atrapados entre los frentes, de especializarse y de crecer profesionalmente.

Pero no. La anhelada estabilidad laboral no llegó. Muchos medios le ofrecieron apenas 50 euros por sus artículos, o incluso, en varias oportunidades, y pese a su experiencia y a que ha ganado varios premios, le propusieron publicar sus reportajes gratis para ayudarlo en su “promoción profesional”. A lo que Antonio se negó tajantemente.



Por años se tuvo que conformar con las felicitaciones, las palmaditas en la espalda o con hacerse un nombre entre los corresponsales de guerra.

“Sigo siendo freelance porque nadie me ha ofrecido algo estable (…) No busco que me contrate un gran medio de comunicación, sino reivindico a que nos paguen con dignidad, lo que realmente cuesta nuestro trabajo”, dice Pampliega a Culto, desde Madrid, donde se encuentra promocionando su último libro En la oscuridad (Península), en el que relata su secuestro de diez meses en manos de Al Qaeda, en Siria, y que tras nueve días a la venta ya va en su tercera edición.

Y agrega: “Hoy esa carta (‘Pagar por ir a la guerra’) y el documental (que fue emitido en 2015) cobran mucho más sentido. Y nos tendrían que hacer reflexionar a todos. Si a mí me secuestraron, era porque nosotros no podíamos pagar una escolta armada porque los medios pagan 50 euros por una crónica y 35 euros por una foto. La escolta en Alepo costaba 600 dólares al día, ¿cómo la íbamos a pagar con eso?”, reflexiona.

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“Tres periodistas españoles —Antonio Pampliega, José Manuel López, y Ángel Sastre— están desaparecidos en Siria (…) La última vez que se tuvo contacto con ellos fue el 12 de julio. Se encontraban en la ciudad de Alepo, al norte del país, bajo control del Frente Al Nusra, la filial siria de Al Qaeda”, decía el comunicado que se publicó en varios medios para anunciar la noticia que alertaba de un posible secuestro.

El texto estaba acompañado de una foto de los tres profesionales sentados en la parte trasera de una camioneta en la que recorrían las peligrosas carreteras sirias. Aparecen sonrientes. Esta era el último registro de que seguían con vida.

Los medios tomaron la imagen del Facebook de Usama Ajjan, un traductor sirio que Antonio contactó por la red social y que lo acompañaría durante su estadía en la ciudad donde pretendía terminar su documental de los Cascos Blancos.

Esa tarde de julio de 2015 era la duodécima vez que el periodista cruzaba la frontera de Turquía en dirección a Siria. Pero, desde el principio, sintió que las cosas no iban bien. Un mal presentimiento lo acompañó desde el aeropuerto.

Su madre, como tantas veces anteriores, llegó a despedirlo. Pero esta vez no pudo contener el llanto. “Quizá intuyó que iba a recibir esa llamada, que aunque sabes que puede llegar, nunca esperas”, dice el periodista.

Los presagios continuaron mientras los reporteros esperaban en Turquía cruzar a Siria. Antonio se dio cuenta que las manecillas del reloj que siempre usa se detuvieron inexplicablemente. No supo si interpretarlo como una señal y prefirió olvidarse del asunto.

Su incomodidad aumentó cuando escondido en la frontera, hasta donde había sido guiado por unos niños, Usama no llegó a buscarlos. Y en su reemplazo envió a un amigo.

Mientras eran trasladados a Alepo, sus contactos sirios le pidieron que se sacara las pulseras que religiosamente usa en una de sus muñecas, las que fueron tejidas a mano por su madre, y que Antonio nunca se quita. El traductor le explicó que así no le reconocerían los grupos armados que controlan las carreteras (como Al –Nusra), ante la posibilidad de que fueran detenidos en el camino. El periodista aceptó. La explicación le pareció razonable. Pero la sensación de inseguridad no desapareció.

En la furgoneta, Usama les preguntó a los periodistas si podía tomarles una fotografía. Los tres hombres aceptaron, siempre y cuando no la subiera a Facebook ante el riesgo de que grupos armados quisieran secuestrarlos. Un negocio cada vez más popular en el país.

Usama no cumplió. De todas maneras colgó la imagen en la red social. “Le gusta presumir de acompañar a tres periodistas extranjeros”, pensó Antonio en ese momento, y trató de no prestarle importancia, luego de que el traductor le prometiera, ante su insistencia, de que había borrado la foto.

Al día siguiente fueron secuestrados. Una suerte de la que Antonio se había zafado once veces antes. Mientras recorrían el barrio histórico de Alepo, el conductor del vehículo tomó un camino inesperado. Sacó la cabeza por la ventana y de repente otro auto les cortó el camino. Ni Usama ni el resto de los sirios que los acompañan trataron de resistirse. A los segundos estaban rodeados por hombres armados.

Antonio pensó en la foto de Facebook. “Lo que hizo fue ponernos un cartel en la frente que decía se vende”, dice ahora sobre la traición de su contacto.

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Han sido semanas intensas para Antonio. Junto al éxito de su libro, que fue lanzado el pasado 23 de mayo, vinieron las entrevistas donde el periodista ha tenido que revivir una y otra vez los detalles de su cautiverio de diez meses, de los que pasó siete solo, alejado de sus compañeros, y sometido a las torturas y humillaciones de los militares de Al -Qaeda.

Su único escape fue escribir cartas que dieron vida a En la oscuridad.

“Quería cerrar una etapa. Yo siempre voy a ser el periodista español que estuvo en manos de Al Qaeda, eso no me lo va a quitar nadie. Lo que quería era que la gente dejara de preguntarme qué había ocurrido, cómo fueron esos 299 días. Quería seguir con mi vida y plasmarlo todo aquí. Y también era una forma para que mis padres, y mi hermana pequeña Alejandra, supieran cómo habían sido estos 299 días”, relata Antonio a Culto.

Por más de un año Antonio casi no habló de lo sucedido. Tras su liberación estuvo enfocado en su recuperación física y psicológica, y de a poco fue comunicándose con los miles de curiosos que esperaban conocer su testimonio.

Un tiempo después retomó las redes sociales y en su primera publicación en Twitter fue enfático en pedir “que se hable de Siria y del sufrimiento de los sirios. Ellos son importantes, nosotros no”.

También se creó una cuenta de Instagram y a través de las fotos que subió sorprendió a varios cuando viajó nuevamente a zonas de conflicto a trabajar.

Durante ese tiempo cumplió algunas promesas que se había hecho a sí mismo, como recorrer el camino de Santiago de Compostela si salía con vida de su secuestro.

“Era como una prueba, como un viaje catártico, es muy duro. Caminas mucho, por mucho tiempo, es mucho sufrimiento y tienes que jugar con eso. Como yo lo había pasado tan mal, tenía que probarme que estoy más duro de lo que yo pensaba”, explica.

Antonio dedicó el libro a su colega y amigo James Foley, periodista norteamericano que fue decapitado por el Estado Islámico. Mientras estuvo secuestrado pensó en él y trató de ser fuerte para honrar su memoria. Pero ahora su mentalidad cambió. Tiene claro que ningún reportaje vale su vida.

“Antes, cuando llegaba a una zona de guerra, al primer sitio que iba era a la primera línea de combate. Pero ahora estuve en Irak en 2016 y no me dejaron ir a Mosul. No pasa nada. Ya no me obsesiono por ir al frente de combate. Mi prioridad es contar historias”, dice el periodista.

Los fantasmas de su secuestro lo siguen persiguiendo. Hace unas semanas Usama, el contacto que lo traicionó, trató de comunicarse con él por Facebook y le dijo que tenía otras historias que le podrían interesar. Antonio ni siquiera fue capaz de contestarle. En este tiempo también decidió que no volvería a Siria.

“No le respondí yo, le respondió Sara, mi mujer. Ella le transmitió mi mensaje de que yo no hablaría con él. Él insiste en que era una víctima, que él no había hecho nada malo y que también estuvo secuestrado. No quiero tener ningún tipo de trato con él, responde enfático el periodista y agrega que no lo odia ni a él ni a sus otros captores, pero no les perdona el sufrimiento al que sometieron a su familia.

Antonio cree que los civiles sirios ya no prestan atención al trabajo de los periodistas. En sus primeras coberturas en el país, en 2011, cuenta que un día vio tantos muertos que dejó de lado la cámara y se puso a ayudar a los heridos. En ese entonces recuerda que los médicos le dijeron: “Vosotros periodistas no estaís aquí para ayudarnos, estaís aquí para contar lo que pasa” .

Pero ahora que la guerra no ha acabado, ellos ven que su trabajo no ha servido para nada. “Les hemos decepcionado, también le ha decepcionado la comunidad internacional”, dice a Culto.

Y agrega: “Es gente que lo ha perdido todo, incluso la esperanza. Cuando una persona está desesperada, cuando una persona tiene tanto odio lo único que le queda es la venganza. Y ¿cómo se venga? cogiendo un rifle o secuestrando periodistas para sacar algún tipo de beneficios”, reflexiona.


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