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Culto
Paterson: el regreso de Jim Jarmusch a la pantalla grande local

Paterson: el regreso de Jim Jarmusch a la pantalla grande local

Tras una década de ausencia, el gran cineasta independiente vuelve a los cines chilenos. Después de seguir la ruta de un asesino zen en El camino del samurái e internarse en la vida de un Don Juan en Flores rotas, ahora realiza un homenaje a la poesía cotidiana en Paterson.

El realizador francés Jean-Luc Godard acostumbraba a decir que todo lo que se necesitaba para hacer una película era una chica y una pistola. Medio siglo después de las gráficas frases del radical cineasta de la Nueva Ola francesa, el estadounidense Jim Jarmusch (1953) bien puede afirmar que para Paterson le bastaron un bus, una libreta de notas y un perro.

La vida de su protagonista, un metódico e introvertido chofer de la ciudad de Paterson, transcurre entre los actos cotidianos de manejar el transporte público, escribir poesía en los ratos libres y pasear su bulldog por la noche. La vida, por supuesto, no sería tan rutinaria si en casa no estuviera su esposa Laura, una mujer empeñada en cocinar diferentes recetas de bizcochos, en diseñar sus vestidos o en aprender a tocar la guitarra. Eso es todo, pero al mismo tiempo es lo único necesario en la película. Es lo que le basta a Jarmusch para echar a andar su último filme, estrenado en el Festival de Cannes de 2016.

La película se exhibirá en Chile desde el próximo jueves 22 de junio en el complejo Cinemark y en el Cine Arte Alameda, transformándose así en el primer estreno en salas de Jarmusch desde Flores rotas (2005), que se dio en 2007, hace una década. Aquel trabajo ganador del Gran Premio del Jurado en Cannes contaba los esfuerzos de un solitario millonario y jubilado mujeriego (Bill Murray) por encontrar a un hijo que nunca conoció. Antes, en El camino del samurái (1999), Jarmusch rastreaba la ruta de un asesino a sueldo (Forest Whitaker) que vivía de acuerdo el código vital de los guerreros japoneses.

Entre Flores rotas y Paterson, Jarmusch realizó dos largometrajes que sólo se vieron en pantalla chica: la críptica Los límites del control (2009), acerca de un asesino a sueldo que ejecuta sus “trabajos” en España, y la más clásica Sólo los amantes sobreviven (2013), sobre un músico que al mismo tiempo es un vampiro. El año pasado, además, Jarmusch estrenó en Cannes su celebrado documental Gimme shelter (2016), sobre la influyente banda The Stooges, el grupo de Iggy Pop que participó en la prehistoria del punk a fines de los años 60. La exhibición de ambas cintas en el festival fue coherente al menos desde el momento en que predican y practican un retorno a los orígenes: Paterson es antes que nada un tributo a la vida simple y Gimmer shelter es un homenaje a un grupo de naturaleza honesta, con raíces en el rockn’ roll clásico.

Aunque no ganó premios en Cannes, Paterson estuvo junto a Toni Erdmann, Elle y Aquarius entre las películas más celebradas por la crítica en el encuentro galo. Era la única que faltaba por estrenarse en Chile entre las que lograron mejor rating de la prensa especializada y además fue ubicada entre las más notables de 2016 por la revista Rolling Stone, el diario británico The Telegraph y el portal Indiewire, entre otros medios.

Su nueva cinta de ficción es una pequeña cápsula de tiempo en la vida de Paterson (Adam Driver), chofer de un bus público que vive en la ciudad que lleva su mismo nombre. La experiencia se divide en siete capítulos que son los días de la semana y todo empieza siempre igual: Paterson se despierta antes que su esposa (Golshifteh Farahani), coge su reloj de correa metálica, desayuna cereales con yoghurt, acaricia a su perro Marvin, sale a la calle, revisa el buzón, entra, besa a su esposa Laura, se va al trabajo con la lonchera y el almuerzo que ella le ha preparado.

Se trata de un mundo idealizado, una especie de perspectiva platónica de la vida de provincia. El personaje principal ni siquiera usa celular, no hay computadores en casa, sólo hay fósforos de una marca específica y el bus de la línea 23 de Paterson siempre luce limpio como un auto nuevo.

¿Cuál es el punto de quiebre de Paterson, entonces? ¿Cómo Jarmusch escapa al tedio al contar la vida mínima de un personaje que se llama igual que su pueblo? Básicamente, a través de un homenaje a la poesía y a la tensión entre ser un don nadie o darse a conocer: sucede que Paterson escribe como un condenado, todos los días, entre descanso y descanso de sus viajes en bus, en el bar donde toma la cerveza de la noche, mientras mira a su bulldog. Su vida se agita cada vez que toma la libreta y deja que la tinta llene el papel con aforismos poéticos. Pero se agita más si su esposa, más optimista que él, le repite que no deje esa poesía en el velador y que mejor la transforme en un libro.

El trasfondo literario de Paterson no es gratis ni es un capricho. Por el contrario, la pequeña ciudad de Nueva Jersey que da nombre a esta cinta y a su protagonista fue la habitual morada de William Carlos Williams (1883-1963), escritor estadounidense citado directamente en la película y cuyo libro fundamental se llama Paterson. Contemporáneo y amigo de Ezra Pound e Hilda Loolittle, Williams cultivó una poesía con oído cotidiano y predilección por las voces de la calle. Era médico pediatra y, como lo hace el chofer de Jarmusch, escribía en los ratos libres de su profesión.

Jarmusch, cineasta de profesión, también es un poeta de ratos libres y, en ese sentido, esta película no pudo ser más personal. Hace unos meses contaba a en una larga entrevista a la revista Film Comment que mientras estudiaba literatura en la Universidad de Columbia tuvo contacto con la llamada Escuela Literaria de Nueva York y que, entre otros, ahí conoció al escritor Ron Padgett. De él son las poesías que el protagonista lee en la película como si fueran suyas.

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