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Culto
La noche que el Sargento Pimienta unió a Pink Floyd y The Beatles

La noche que el Sargento Pimienta unió a Pink Floyd y The Beatles

En 1967, ambos conjuntos coincidieron en los estudios Abbey Road de Londres grabando los respectivos discos con los que sacudirían la escena musical de los 60. El encuentro fue frío, pero dejó entrever la admiración mutua de dos de las mayores instituciones del pop británico.

Una recepción, con su escritorio y un encargado de recibir llamadas y estar atento al citófono. Eso era lo que a principios de 1967 separaba el trabajo de The Beatles y Pink Floyd. Algo tan inadvertido como el puesto de un conserje era el pequeño espacio de Abbey Road que distanciaba a dos bandas fraguando sus obras maestras de la década dorada: mientras los Fab Four ocupaban el estudio 2 para dar forma a Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, sus compatriotas estaban en el estudio 3 armando lo que sería su debut, The Piper at the Gates of Dawn.

La noche del 21 de marzo de ese año, los Floyd, encabezados por el cantante Syd Barrett, le solicitaron a su productor, Norman Smith, arreglar un encuentro con los chicos de más al lado, bajo el propósito de compartir opiniones y, por sobre todo, ver en qué consistía el verdadero laboratorio de experimentación en que el cuarteto había convertido su trabajo en estudio.

Contaban con un punto a su favor: Smith era un antiguo ingeniero de sonido del sello EMI y había trabajado con los propios Beatles hasta Rubber Soul (1965).

Pese a ello, los trámites previos no fueron simples. Smith se acercó al productor de los Fab Four, George Martin, para solicitarle que la reunión sucediera esa misma noche. Pero el llamado “quinto Beatle” lo escuchó con cierta indiferencia y le dijo que primero debía conversarlo, ya que no quería interrumpir a sus dirigidos, encerrados desde hace semanas en una espiral creativo que no dejaba espacio a los recreos, los tiempos muertos o las miradas ajenas.

Era la fama que se habían ganado hasta ese punto de su trayectoria: les incomodaba la presencia de extraños en sus grabaciones, siempre pensadas como un cuartel hermético e inexpugnable. Por lo demás, ese día de marzo, estaban dando los toques finales a “Getting better” y “Lovely Rita”, dos composiciones ricas en detalles y trucos técnicos.

Pese a todo el panorama adverso, Martin le dijo a su colega: “Vuelve en un rato más, veré qué hago”. Y lo hizo. Cerca de las 11 de la noche del 21 de marzo, llegó hasta el estudio 2 junto a los cuatro miembros de Pink Floyd, quienes saludaron de modo amable y protocolar a sus pares, apenas intercambiando un par de palabras sin demasiada sustancia.

El más amable de todos fue Paul McCartney. Pero no sólo por un asunto de relaciones públicas, la especialidad de la casa: Macca había conocido a los hombres de Barrett en la temporada anterior, en octubre de 1966, cuando los vio en el club UFO de Londres y se declaró impactado con su performance.

Tras ello, el 21 de febrero del 67, justo un mes antes que ambas agrupaciones estrecharan sus manos, el bajista fue a darles una suerte de bienvenida a los Floyd como nuevos inquilinos de Abbey Road, ya que justo en esa jornada comenzaron a grabar The Piper at the Gates of Dawn.

Según agrega el libro Vida y milagro de Sgt. Pepper’s, de Clinton Heylin, Paul también habría conversado por iniciativa propia con los ejecutivos de EMI para que contrataran a Pink Floyd, ya que durante un tiempo se mostraron poco confiados de que una propuesta anclada en la experimentación y en la psicodelia más extrema pudiera tener algún rédito comercial.



En viaje cósmico

Por su parte, John Lennon fue el más ausente en esa reunión de 1967. Sólo horas antes se había tomado una tableta de ácido, por lo que estaba en pleno trance, prácticamente inhabilitado para poder mantener una conversación normal. Cosas del destino y de la música: esa noche, Syd Barrett, el hombre que frió su cerebro en LSD hasta la locura y que se perpetuó como sinónimo del artista derrotado por las drogas, ese día cumplió el rol del tipo sobrio y compuesto, mientras que John encarnó al genio en pleno viaje alucinógeno.

De alguna manera, Barrett era coherente con sus opiniones, ya que meses antes había declarado en una entrevista que “amaba a los Beatles”. Además, quería conocer la manera que tenían de operar en estudio, ya que él se consideraba un neófito absoluto en el tema.

En su posterior autobiografía, Nick Manson, baterista de los hombres de “Interestellar overdrive”, comentó: “Nos beneficiamos enormemente de The Beatles. Habíamos hecho algunas grabaciones antes de ir a EMI y sabíamos el abecé de trabajar en multipistas y, como digo, probablemente gracias a The Beatles se nos ofreció algo más que una oportunidad para aprender”.

Con el tiempo, Pepper no se alcanzó a topar con Piper. Mientras el primer álbum se lanzó el 1 de junio, el otro hizo lo propio el 5 de agosto. Una distancia mínima que simboliza el significado de ambas obras para la música británica del siglo XX: dos piezas que retratan al máximo la escalada creativa de sus protagonistas y un momento único e irrepetible en la cultura del siglo XX.

Sobre el autor:

Claudio Vergara |
Subeditor de Espectáculos de La Tercera y periodista especializado en música popular.