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Culto
Microfísica del poder

Microfísica del poder

Ayer empezó la quinta temporada de House of Cards, con un episodio frenético y ansioso de poder, y uno se pregunta: ¿cómo terminará todo si ya el final de la temporada anterior, publicado en marzo del año pasado, parecía el final, y no solo de la temporada, sino de la mismísima serie?

Sé, de House of Cards, lo que todos sabemos: que muestra el ascenso despiadado y maquiavélico de Frank y Claire Underwood hacia las primeras cotas del poder, que comenzó vendiéndose como la primera producción original de Netflix, pero que terminó agarrando espesor y un número importante de seguidores gracias al guión tan atractivo, donde en una primera capa condenamos las acciones de un político, hasta estrellarnos con el hecho de que consigue cosas, de que hace cosas.



En un ensayo sobre House of Cards, Beau Willimon, su creador, explica que la serie se pregunta, a través de su protagonista, si los fines justifican los medios.

Ese es el punto central de House of Cards: el poder. Y no, como algunos suponen, la política.

De eso, entonces, vengo a hablar: del poder que experimentamos cada día, en miles de formas distintas, en nuestras propias vidas.

Desde que nos levantamos que estamos ejerciendo el poder o alguien ejerce el poder sobre nosotros mismos.

El poder, lo exploramos, lo vivimos, no solo en la política. En las relaciones, mientras tenemos sexo, en el lugar de trabajo, en los medios, lo vemos y lo vivimos desde lo más cotidiano hasta lo más brutal.

Ahora, cuando los Underwood se precipitan sobre una decisión, generalmente con violencia, no es más que una mirada optimista del poder: simplemente no permiten que nadie más dirija el camino de sus vidas.

No podemos engañar a la muerte, parecen decirnos, pero podemos controlar nuestras vidas.

Sé, para nadie es novedad, que los políticos son mentirosos, en el sentido de que lo que hacen en privado y en público se contradice con frecuencia. La serie, entonces, opera desde ese peldaño. House of Cards brilla en la medida en que dramatiza y dota de razones y argumentos a la ética de ese comportamiento, a esa complejidad.



Sabemos, por ejemplo, que cuando los Underwood hablan de servir, es una total y completa mentira. Pero es en esa retórica de la noción del servicio público donde descansa el centro líquido de House of Cards: cuando el ego y el deseo de poder se enfrentan al anhelo de servir. Le pasa a los Underwood, pero también a los Conway. Le pasa a Doug y a LeAnn. Ocurre con la prensa, con la maquinaria de campaña, con el miedo al terrorismo.

“Hay una sola regla”, decía Underwood en febrero de 2014, cuando se estrenó la segunda tanda de episodios de la serie: “cazar o ser cazado”. Y por lo visto en los primeros capítulos de la quinta temporada —la primera sin Willimon en los créditos—, la regla permanece inamovible como brújula del matrimonio más carnicero que haya ambicionado la Casa Blanca.



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