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Culto
Los Imperdonables, el último western

Los Imperdonables, el último western

Antes de ganar el Oscar a Mejor Película por su filme de 1992, Clint Eastwood llevaba años participando en el Festival de Cannes, donde siempre lo respetaron más que en California. A 25 años del estreno, el realizador estuvo en Cannes y habló de la película que lo consagró.

Clint Eastwood, nacido en San Francisco hace 86 años durante plena Depresión económica, nunca pudo sacudirse de encima ciertas características de ascetismo dignas de monje trapense. O, dependiendo del cristal con que se mire, propias de un empedernido tacaño. Hijo de un errante dueño de gasolinera, Eastwood cree que la pobre economía familiar de su niñez le hizo apreciar el real valor de un puñado de dólares en la casa. “Todos creen que la recesión económica que les toca vivir es la peor, pero no saben cómo fue la Depresión. Yo pasé por eso y sé cómo medirme en los gastos, sé cuándo no gastar más en la tarjeta de crédito o en cualquier cosa”, contaba en la masterclass que ofreció hace una semana en el Festival de Cannes con motivo de los 25 años de su película Los imperdonables.

Para Eastwood, aquella misma disciplina es su mejor arma en Hollywood: rueda rápido, no gasta mucho en publicidad, hace pocas tomas y, casi siempre, la película final es de buena hacia arriba. “Creo en la espontaneidad de la primera toma, de la primera vez que filmas algo, en la maravilla de los primeros gestos del rostro iluminados por la cámara. Luego todo se hace más rutinario. Por eso no me gustan los ensayos y las repeticiones”, explicó en una abarrotada sesión en la Sala Buñuel del Palais des Festivals.

Esa rigurosidad le sirvió para echar a andar y conducir el rodaje de Los imperdonables, su película más emblemática y su último western. La rodó en 1992 en 39 días, cuatro menos del plan original. Sólo seis meses después, Los imperdonables se transformó en la gran ganadora de los premios Oscar, quedándose con las categorías de Mejor película, director, actor secundario (Gene Hackman) y montaje. Fue la consagración de Eastwood en Hollywood y al mismo tiempo la película que lo puso en el mapa de un circuito que siempre lo miró bajo el hombro. Fue también el último western en llevarse el premio de la Academia.

Pero, ¿cómo llegó el actor de Harry, el sucio a este proyecto? “Buscaba hacer un western con un protagonista que no fuera el salvaje jinete del Viejo Oeste. Por lo demás, creo que esos tiempos ya se fueron, aquellos pistoleros ya no existen. Leía esta historia de David Webb Peoples (guionista de Blade Runner) por primera vez en 1980 y lo bueno era ese tono de ‘última película del oeste’. Era la característica que más me gustaba, su tono crepuscular. Compramos el guión junto a Warner Brothers, pero pasaron 10 años y olvidé que lo tenía. Una de las razones fue porque uno de los lectores de guiones de la productora odiaba Los imperdonables. Incluso llegó a dejar una crítica suya en el escritorio de mi oficina para recordarme que Los imperdonables era muy mala”, comentaba Eastwood en medio de las risas de la audiencia.


Cabalgando juntos

Un día antes de la masterclass en Cannes, el director había asistido a la exhibición de la copia restaurada de Los imperdonables en la Sala Debussy. Llegó formal, de traje gris y corbata rojo oscuro. Fue como el reencuentro perfecto con un festival donde siempre lo valoraron: ahí compitió con películas como Bird (1988), Cazador blanco, corazón negro (1990) y El jinete pálido (1985). También en Cannes fue presidente del jurado en la edición de 1994, un año después de ganar el Oscar por Los imperdonables.

“Cuando llegó el momento de buscar los actores, al primero que contacté fue a Gene Hackman, que en ese momento no quería hacer películas violentas”, contó Eastwood. “Le dije que de alguna manera Los imperdonables era el antídoto perfecto contra las cintas violentas, pues hablaba del tipo de malos sentimientos que emergen de un entorno cruel. Con Morgan Freeman todo fue más simple. Me había dicho que era un gran fan de El fugitivo Josey Wales (1976) y que si algún día necesitaba ‘cabalgar con alguien más’ en el cine, sólo tenía que llamarlo. Así es que le pregunté si deseaba ‘irse de paseo a caballo’ en una película. A Richard Harris, que interpreta a un personaje llamado English Bob, lo contacté también por teléfono, llamándolo a las Bahamas o a algún lugar parecido. Cuando escuchó mi voz, pensó que era una broma: me dijo que estaba en el sótano de su casa viendo La venganza del muerto (western que Eastwood dirigió y protagonizó en 1973)”, agregó sobre la cinta, que acaba de editarse en todo el mundo en Blu-ray en una copia restaurada en 4K, el formato de mayor resolución del momento.

La historia de Los imperdonables no es un cuento de valientes ni de héroes inmaculados. Por el contrario, el protagonista es William Munny, alguna vez el bandido más temido del Oeste y actualmente un esforzado hombre de trabajo, viudo y padre de dos hijos. Las necesidades económicas y cierta cualidad heroica oculta le hacen volver al gatillo: ofrecen una recompensa por liquidar a los cowboys que desfiguraron la cara de una prostituta.

Hacia el final de la cinta, en los créditos, se lee la dedicatoria a Sergio Leone y Don Siegel, los realizadores que esculpieron respectivamente su figura mítica y rural y su perfil justiciero y urbano en Por un puñado de dólares (1964) y Harry, el sucio (1971): “A Sergio le encantaba experimentar con el encuadre de cada toma. Tenía mucha fantasía, era casi operático en su forma de dirigir.

Y Don, bueno, era extremadamente eficiente, el director más rápido que he conocido. Pensaba con más agilidad que todos y no se quedaba entrampado. Siempre decía que ‘el análisis conduce a la parálisis’. Para mí, esa es una máxima”.

Aunque en su momento Eastwood dijo que Los imperdonables sería su último western, en la función del sábado pasado esbozó mediante escuetas palabras que quizás vuelva: “Los westerns siempre se resisten a desaparecer porque son escapismo puro. Escapismo en el buen sentido de la palabra. Nos llevan a otra época, casi fantástica. Es un período en que la ley y el orden se construían a partir de cada uno como individuo. Todo descansaba en lo bien que podías defenderte de los demás y cuidar de ti mismo”.


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