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Culto
César Morales y la reivindicación de los hombres en el ballet

César Morales y la reivindicación de los hombres en el ballet

La figura del Royal Ballet de Birminghan vuelve al Municipal el 29 de mayo. Protagoniza El lago de los cisnes, con coreografía de Marcia Haydée.

“La imagen que la gente tiene del ballet aún es la del tutú rosado”, dice el bailarín César Morales (Rancagua, 1978). Primera figura del Ballet Real de Birminghan en Inglaterra, el artista está de paso por Chile para participar como bailarín invitado del próximo montaje del Ballet de Santiago, El lago de los cisnes.

“Hoy, en los ballets que se están montando en el mundo, el hombre hace mucho más que sostener a la chica”, dice Morales. A siete años de su visita anterior, el artista cuenta que la coreografía de Marcia Haydée para el clásico de Tchaikovsky va a tono con la tendencia mundial, en que los roles masculinos toman importancia protagónica sobre el escenario.

“En la versión clásica, la bailarina es el centro. En esta versión, el príncipe Sigfrido y el brujo Rothbart tienen más que decir y se incorpora una pelea entre ambos. Los tres personajes son igual de importantes”, dice Morales, quien tendrá que ponerse en la piel del príncipe Sigfrido, tal como lo ha hecho junto a su compañía estable en Birminghan, que integra desde 2008; como invitado de la Opera de Viena (2006); junto al Ballet Nacional Inglés (2004) y también junto al Ballet de Santiago hace casi 20 años, dirigido por Iván Nagui.

Estrenado en 1877 por el Teatro Bolshoi, El lago de los cisnes es el ballet más interpretado en el mundo y retrata la historia de amor entre el príncipe Sigfrido y Odette, a quien el hechicero Rothbart ha condenado a ser cisne durante el día, y bella princesa en la noche.

Para la versión que estrena el 29 de mayo en el Municipal, Morales volverá a bailar con el Ballet de Santiago, la compañía a la que ingresó a los 16 años y de la que se convirtió en bailarín principal. Dice que esta presentación tiene para él un sentido especial: “La primera vez que bailé El lago de los cisnes lo hice junto a Natalia Berríos. Luego de la presentación, ambos fuimos promovidos por Nagui a bailarines principales. De eso ya son 20 años y ahora volveremos a compartir escenario”.

Un solo para bailarín

Morales dio su primer paso en el mundo de la danza a los 11 años, cuando a escondidas de sus padres se presentó a una audición para ingresar a la escuela del Municipal de Santiago, en la que fue aceptado. A 14 años viajó becado a Houston para perfeccionarse.

¿Tuvo dificultades para dedicarse al ballet?
En un principio mi familia no quería, no tanto por el “que dirán”, sino por miedo a cómo iba a vivir de la danza. Les costó creer que es una disciplina profesional, que uno firma contratos y tiene trabajos estables. En el colegio (Lo Franco, Quinta Normal) me hicieron algunas bromas crueles, pero seguí adelante. De que es difícil, lo es, y espero que eso cambie, que los niños no tengan miedo de hacerlo y de mostrarse cómo son.

¿Cómo influyó en su vida haber comenzado joven?
La carrera ha sido muy solitaria, sobre todo porque fui bailarín principal desde joven. Eso te separa del resto, viajas mucho y a pesar de que conoces gente, no da el tiempo para establecer relaciones fuertes. Si yo hago una función importante en Europa, termino emocionado, llego a mi casa y estoy solo. No está mi familia para compartir eso. Me pierdo los cumpleaños y mis sobrinos me ven como el tío extraño, el que no viene nunca. Pero es una cosa por otra, en mi carrera he sido feliz.

¿Qué diferencia a Chile de Europa en cuanto al ballet?
Ocurre que en Latinoamérica, creo que por algo que se lleva en la sangre, los bailarines se dejan llevar por sus emociones sobre el escenario, es más apasionado que en Europa. Por otro lado, en Europa se le da mucha más importancia al ballet, por temas de dinero y también de valoración del arte; allí hay grandes escuelas donde tienes de todo: entrenadores, sicólogos e incluso clases de canto.

Numerosos premios ha acumulado Morales en su trayectoria: en Chile, dos premios Altazor (en 2002, por Sueño de una noche de verano, y en 2003, por Romeo y Julieta); a nivel mundial, dos medallas de oro, como ganador de la Competencia Internacional de Ballet en Praga, en 2002, y en la de Nueva York al año siguiente. “Son bonitos, porque premian el esfuerzo. Pero no me siento cómodo en los concursos, porque no creo que el arte sea una competencia”, dice el bailarín, quien prefiere destacar presentaciones en las que sintió especial conexión con el público: “Como cuando bailé en la Opera de Viena, allí la gente ama tanto el ballet que esperan durante horas afuera del teatro para saludarte y regalarte flores”, recuerda.

Entre sus referentes menciona a la francesa Sylvie Guillem, “por combinar increíblemente la capacidad técnica y el carisma”. La bailarina se retiró recientemente de los escenarios, tras cumplir 50 años. Con 39, Morales sabe que aquel momento está cada vez más cerca: “Sé que no se puede bailar para siempre, depende del estado físico y de si lo sigues disfrutando, porque quieras o no, las cosas se van a repetir, vas a tener que hacer el mismo ballet una y otra vez, y yo creo que llega un momento en que uno dice ‘ya hice demasiado’ y decides tener otra vida”.

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