*

Culto
El hombre aparte del grunge

El hombre aparte del grunge

El afán por la exploración y por los giros fuera de todo cálculo -como su propio fallecimiento- fueron las marcas que definieron su trayectoria. Fue el hombre aparte del grunge, el músico menos preocupado por las militancias dogmáticas y por subordinarse a las normas del género.

Hay detalles triviales que con el paso del tiempo se vuelven reveladores y crecen hasta explicar sucesos impensados. Por ejemplo, la última canción que Chris Cornell (52) interpretó sobre un escenario -la noche del miércoles en el teatro Fox de Detroit y sólo horas antes de tomar la decisión de acabar con su existencia- fue Slaves and bulldozer, de Soundgarden, su banda de toda la vida con la que se presentaba en esa misma jornada y cuya letra habla de la resignación cuando llega el minuto del adiós: “Cada palabra que dije es lo que quiero decir”, “todo lo que he dado es lo que necesito”.

A ello agregó los coros de “In my time of dying”, según la versión de Led Zeppelin, donde también late la serenidad de quien parece haber decidido dar un paso al costado: “Cuando yo me muera/ no quiero que nadie esté triste/Todo lo que quiero que hagas/ es llevar mi cuerpo a casa”.

Pero también hay detalles casi inadvertidos que explican una vida completa. El tema pertenece al álbum Badmotorfinger (1991), el despegue de la era dorada del grupo, y que en cada show representaba uno de los momentos más vibrantes, con Cornell cortando el aire a través de su caudal interpretativo, así como el saludo a Zeppelin retrataba el amor por sus ídolos de juventud, escogiendo esta vez una composición compleja, llena de quiebres y con versos que semejan un epitafio.

De alguna manera, ese afán por la exploración y por los giros fuera de todo cálculo -como su propio fallecimiento- fueron las marcas que definieron su trayectoria. Fue el hombre aparte del grunge, el músico menos preocupado por las militancias dogmáticas y por subordinarse a las normas del género. Con la voz cansina y la mirada ensimismada que exhibía en las entrevistas, tan en las antípodas de esos conciertos que golpeaban como huracán, siempre subrayaba que el movimiento de Seattle fue apenas un destello, un instante generacional del que decidió sacudirse para escapar en direcciones múltiples.

“Hubo esa portada con Nirvana en Rolling Stone donde llevaban una camiseta que decía ‘las revistas comerciales son una mierda’. Pero al mismo tiempo habían acordado presentarse en una sesión de fotos. Eso no tiene sentido”, decía a mediados de los 90.

Nacido el 20 de julio de 1964, e hijo de un farmacéutico y una contadora, su primer golpe lo vivió a los 14 años, con el divorcio de sus padres. Dos años después, maravillado con la impronta melódica de The Beatles, decidió aprender a tocar batería. Pero su ingreso a las grandes ligas está fechado en 1984, cuando comienza Soundgarden: de hecho, de toda esa pandilla subterránea, con un circuito remitido a bares y sótanos, eran los más llamativos, los primeros en las carpetas de ejecutivos discográficos a la caza de nuevos talentos.

Como tal, en 1989 se transforman en el primer conjunto de esa generación en dejarse arrastrar por el demonio mayor, el más perverso de los pecados: firmar con una multinacional, cuando precisamente el resto propagaba un credo anticorporativo. Lo hicieron con el sello A&M, donde editaron el disco Louder than love. “Fuimos los primeros, después aparecieron Pearl Jam o Nirvana. Luego empezamos a vender y todo se hizo comercial”, recordaba años más tarde, en un veredicto acertado. Con Soundgarden, la gran industria advirtió que podía convertir en minas de oro a esos jóvenes comunes que parecían atados a sus tormentos.

Aunque siempre declararon cierta incomodidad, parecía que no era un punto que los desvelara. En 1992, ya con Badmotorfinger en la calle, respaldados por MTV y por el naciente Lollapalooza, no tuvieron conflictos en salir de gira con Skid Row, agrupación más vinculada a ese hard rock ochentero que el grunge tanto decía depreciar, que a los faros del estilo, como REM, Pixies o Black Flag. Quizás esa suerte de indefinición los llevó a vender muchos menos que Pearl Jam o Nirvana.

Pero después, cuando el grunge se diluía, Cornell pareció el más libre de todos. En 1999 -Soundgarden se había separado dos años antes- fue nuevamente pionero, al ser el primero de la camada que se atrevió en solitario: editó Euphoria morning, uno de los más bellos discos de los 90, un manifiesto de fragilidad que lo emancipó de la furia de sus orígenes. Se dedicó a componer para películas y en 2001 se unió a los músicos de Rage Against the Machine para formar Audioslave, donde practicó el hip hop y la retórica política.

Pero quizás la máxima encarnación de ese perfil que desafiaba los prejuicios vino con Scream (2009). Aunque con el tiempo se hizo habitual escuchar sus versiones de Michael Jackson o Whitney Houston, esa producción lo sumergía en el pop sintético, lo unía a un rey Midas del sonido comercial (Timbaland) y lo mostraba en videos bailando en un club, como si ahora el paradigma fuera Justin Timberlake en vez de Robert Plant.

Daba igual. Volvió a reunir a Soundgarden y a Temple of the dog, ya sin importarle que lo encasillaran como un nostálgico de una era consumida por el tiempo. Cornell ya se había convertido en adulto, en un clásico: la estatura que su inesperada partida amplificará para siempre.

Sobre el autor:

Claudio Vergara |
Subeditor de Espectáculos de La Tercera y periodista especializado en música popular.