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Culto
Felipe Restrepo: “Quería hacer una novela que tuviera ritmo de thriller, que se leyera de forma vertiginosa”

Felipe Restrepo: “Quería hacer una novela que tuviera ritmo de thriller, que se leyera de forma vertiginosa”

El periodista colombiano y director editorial de la revista Gatopardo debutó en la ficción con su novela Formas de evasión, que acaba de llegar a Chile. Un estreno exitoso que lo llevó a ser incluido recientemente en una lista de los 39 mejores escritores sub 40 de América Latina.

“Me pasa muy a menudo que me aburro de mí mismo”, reconoce Felipe Restrepo Pombo mientras conversa, sentado en la parte posterior de la misma sala del Espacio Diana en Santiago donde al día siguiente presentará junto a Alberto Fuguet y Óscar Contardo su primera novela Formas de evasión (Editorial Planeta), que acaba de llegar a Chile. “Todos tenemos ese impulso de querer cambiar, empezar de cero”, agrega. Y fue ese agotamiento de ser siempre la misma persona uno de los puntos de partida de la inspiración que lo llevó a escribir un libro donde el protagonista, Víctor Umaña, es justamente un personaje al que le gusta evadirse, desaparecer.

La novela recibió muy buena crítica desde su publicación e instaló a este periodista colombiano, actual director de la prestigiosa revista Gatopardo –referente del periodismo narrativo en América Latina- entre los 39 mejores escritores de menos de 40 años de América Latina elegidos por el Hay Festival del Colombia. Un honor que comparte junto al chileno Diego Zúñiga, la mexicana Valeria Luiselli y el argentino Diego Erlan, entre otros, y que, reconoce, le pone presión a su trabajo. “Ahora tengo que mostrar que soy alguien inteligente”, comenta entre risas.

Formas de evasión, combina el thriller con el reportaje periodístico y absorbe al lector en una búsqueda, la de Umaña, a lo largo de sus poco más de 200 páginas. Sin diálogos y recurriendo a las técnicas del periodismo, que Restrepo conoce bien, el narrador va recreando la historia del protagonista con la violenta historia reciente de Colombia como telón de fondo. Pero más que ello, el eje del libro, como reconoce su autor, es la duda, la sospecha sobre lo que te cuentan, sobre lo que parece real, pero tal vez no lo es. Un libro ad-hoc para la época de la post verdad.



—¿Cuándo y cómo surgió esta historia?

—Viene desde hace muchísimo. Fue un proceso bien largo hacer este libro. Me gusta mucho el cine, soy muy visual, pienso mucho en imágenes, pienso mucho en escenas y empezó de esa forma, con escenas, con personajes reales que yo junté dentro de una estructura narrativa. Y fue mutando, fue cambiando. Empezó como una idea, pero la fui modificando, la fui dejando, porque considero que una primera novela te cuesta mucho, dejas mucho de ti en ella, te demanda mucho. En los últimos años lo hice con una estructura mucho más precisa y una idea mucho más clara.

—¿De cuántos años estamos hablando?

—Calculo unos cinco o más, no ininterrumpidos, con baches, pero en todo ese tiempo fui madurando la historia, pensando en los personajes, pensando qué ponía y qué sacaba. Y en todo ese tiempo, cosas que me ocurrían a mí o personajes que conocía iban entrando a la historia y otros iban saliendo. Cuando pasas tanto tiempo con una obra es como que empieza a tener vida propia, es como un compañero.

—¿El personaje central del libro, está inspirado en alguien real?

—Creo que de manera general casi todos los personajes de casi todas las novelas se inspiran en personajes reales. Para mí como escritor me parece un reto demasiado grande meterse a algo de la nada. Victor Umaña, que es el protagonista de esta novela, tiene muchos elementos de personas que he conocido, momentos muy particulares de su existencia se basan en personajes que yo entrevisté. Tiene inspiración de hombres con los que yo he hablado y he conocido y así mismo los personajes secundarios. Todos tienen algo de otras personas y me imagino que de mí mismo.

—¿Por qué decidió abordar este tema, este personaje evasivo?

—Me pasa muy seguido que me aburro de mí mismo y de mi vida, de tener que interpretar siempre al mismo personaje. Todos tenemos ese impulso de querer cambiar, empezar de cero. Ese fue uno de los puntos de partida. Es un personaje que tiene la pulsión de desaparecer, que no le basta con vivir una vida y quiere ser muchos. Fue así como se fue construyendo. Es algo que me pasa, pero nunca lo he hecho, nunca he cambiado de identidad y he dejado todo para ser otro. De pronto, algún día, se haga realidad.

—¿Hay influencia de otros escritores en esta idea, en este personaje?

—Hay miles de escritores que influyen en ti desde que empiezas a leer. Cuando escribes una historia están ahí muy presentes. Un ejemplo claro en este caso es Paul Auster, que está ahí en mi novela. Truman Capote, también. Pero mientras hacía la investigación para la novela encontré muchos autores que yo no había leído, muchos cineastas, que habían explorado esta idea, que habían imaginado esta misma pulsión de evadirse. Pensé mucho en un autor al que yo leí en la universidad y que lo hizo en su vida, no sólo en su obra sino en su vida, que es el poeta francés Arthur Rimbaud, que empezó a escribir a los 19 años y a los veintitantos decidió dejarlo todo e irse a Africa a ser traficante de esclavos. Pensé en este cuento muy famoso que se llama Wakefield, sobre un hombre que deja su familia, deja a su esposa y se va a vivir a la casa de al lado y los observa todos los días desde una pequeña ventana. Pensé en una película de Antonioni que toca el mismo tema. En fin, muchos autores que lo han tratado de otra manera. Agatha Christie para tocar otro muy famoso.

—La referencia a Agatha Christie es interesante, porque la novela tiene mucho de thriller, de novela policial.

—Sí, definitivamente. Ahora lo de Agatha Christie es también porque ella desapareció una semana y se registró en un hotel bajo otro nombre y durante una semana fue otra persona. Pero es verdad, yo quería hacer una novela que tuviera un ritmo de thriller. Trabajé muchísimo en ello. Quería que el ritmo con que se leyera fuera muy vertiginoso. Me encantaría que los lectores la tomaran y no la pudieran dejar de leer, pero al mismo tiempo, me gustaría que esa rapidez de la lectura, que ese ritmo trepidante, llevara a uno a terminar la historia y a quedarse pesando si lo que se leyó tan rápidamente era realidad o te querían engañar. No engañar en realidad, sino hacer dudar de todo lo que acabas de leer. Me gustaba la idea de que en las últimas páginas toda la experiencia de lectura que acababas de tener fuera de cierta forma cuestionada y dijeras ‘esto que pasó, quien me lo contó, porqué me lo contó’ y en qué trampas o no caí. Y esto viene también de mi idea de ser periodista, que te ensaña mucho del ritmo de escribir, de trabajar. Pero el periodismo tiene solo un grado de lectura: esto es lo real, esto es lo que pasó y te estamos contando la realidad. Yo quería jugar con eso. Decir bueno, ¿por qué le crees a alguien que te está contando una historia?, ¿sólo porque está escrita, porque está impresa? Hay posibilidades de que este narrador no te esté diciendo lo que es. Hay una técnica narrativa que es la del narrador no confiable, que te está contando una historia y al que tú le crees y que puede que finalmente su versión sea completamente falsa.

—Una historia muy ad hoc para la época de la post verdad y las noticias falsas…

—Sí, claro, de hecho el periodismo se ha llenado de narradores no confiables, al parecer.

—Recientemente fue incluido en una lista de los 39 mejores escritores latinoamericanos sub 40. ¿Cómo ve la literatura latinoamericana hoy? ¿Qué están mirando, qué les interesa a estos nuevos escritores?

—Es un honor enorme estar en esa lista y compartir con escritores que admiro, que conozco y que creo que son fantásticos profesionales. Desde luego una lista no pretende definir un canon y cada vez que me lo han preguntado he sido muy claro en eso. No creo que esa lista sea de los mejores ni nada, es simplemente una muestra, una selección de gente que tiene una propuesta interesante. Así se debe entender y así se debe leer esa lista. Dicho eso, creo que hay una generación muy interesante de narradores y de narradoras, una generación liderada por mujeres, con voces muy fuertes, como Valeria Luiselli, Samanta Schweblin, Paulina Flores, que no está en la lista pero que claramente destaca, y de hombres también fantásticos como Diego Zúñiga, como Emiliano Monge de México, como Juan Cárdenas de Colombia. Es muy difícil establecer cuáles son las características de esta generación. Creo que es una generación que se fija mucho en las historias íntimas, que cuenta historias muy locales, pero que están reflejando todo un telón de Latinoamérica que muchas veces es muy violento, muchas veces es muy intenso. A mí me preguntan si esta novela es una novela sobre la violencia en Colombia, y sí, está ahí, está presente, no puedo ignorarlo y quería enmarcarla en eso. Pero no es sobre eso, sino en cómo esa situación, esa violencia pública, como ese telón de fondo, invade la historia de un personaje. Creo que eso se está haciendo mucho. En el caso de Valeria Luiselli ella hace historias de su día a día, de lo que ve y a través de ellas nos está explicando el mundo. Creo que es una generación que en oposición al boom o a los del post boom, que se querían preocupar de los grandes temas, de la política, de la historia, somos mucho más urbanos, mucho más conectados con el mundo, estamos muy influenciados por el cine, por las series, por la música, por la tecnología. Estamos en redes sociales, entonces nos nutrimos también de la manera que se escribe en redes sociales y yo pensaría que esas son las características más formales.

—Hoy existe también un mayor cruce entre no ficción y ficción. Ambos géneros parece que se están realimentando. Formas de evasión también tiene algo de eso.

—Siempre recuerdo una feria en que llegó una persona que estaba encargada de la organización y dijo, bueno, en ese cuarto están los escritores y en ese los periodistas. Me pareció muy llamativo como la gente percibe eso, que los periodistas no escriben sino que como que van toman algo y lo vuelven a poner en otro lado. Los periodistas que hacemos medios impresos y que hacemos radio y televisión estamos narrando historias y estamos tomando un punto de vista para contarlo. Si bien son dos oficios con normas claras, yo no lo veo como algo paralelo, sino algo perpendicular que se cruza constantemente y me gustan esos cruces. Desde luego en mi oficio de periodista, y lo que hago como editor en Gatopardo, no veo tan diferentes esos dos lenguajes. Por supuesto cuando haces un reportaje no estás ficcionalizando, pero la técnica para mi es muy similar.

—Y ¿cuáles son los beneficios que aporta el periodismo en la escritura de una obra de ficción?

—Haciendo esta novela me pasó que trabajaba con la técnica del reportaje, entrevistaba, iba a los lugares, tomaba notas. Todo está sustentado en una investigación. Por ejemplo, cuando hablo de los medicamentos siquiátricos no me lo inventé sino que fui con médicos y les pregunté y tomé notas e investigué. Para mí son dos aguas en las que me muevo constantemente. El periodismo tiene los beneficios que entrega el rigor, que entrega el ritmo, la construcción por escenas. Por eso, la novela puede parecer un thriller, pero también puede parecer un reportaje.


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