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Culto
La vuelta de Stefan Zweig: un humanista fuera de lugar

La vuelta de Stefan Zweig: un humanista fuera de lugar

Se acaba de estrenar la película Stefan Zweig: Adiós a Europa, que recorre los últimos años del escritor austríaco, quien se suicidó hace 75 años en Brasil, angustiado por el fascismo imperante en Occidente.

Una tormenta de nieve cubre las calles de Nueva York. Es el inicio de 1941 y Stefan Zweig llega al departamento de su primera esposa para solicitarle ayuda. Ya no están juntos. Él lleva varios años lejos de un hogar estable, desde que el fascismo se propagara por Europa. “¿Y en qué te puedo ayuda?”, le dice Friderike. “Una mesa bastaría para poder escribir”, contesta el escritor austríaco más popular de las primeras décadas del siglo XX. Por entonces, entre sus papeles apuntaba los capítulos de El mundo de ayer, sus memorias, donde con angustia y lucidez recorre su vida en retirada y a la vez registra una crónica sobre la cultura de Occidente.

La escena es reconstruida en la pantalla grande en Stefan Zweig: Adiós a Europa, de Maria Schrader, película recién estrenada en España y que muestra los últimos años de vida del autor, quien se suicidó junto a su última compañera, Charlotte, el 22 de febrero de 1942, en Petrópolis, Brasil.

El narrador tenía 60 años y había visto en Latinoamérica una promesa de futuro, opuesta al miedo y la guerra que dividía al viejo continente. Depresivo y ya lejos del mundo que lo formó, también se concentró en dejar su última novela, La partida de ajedrez, donde narra la historia de un campeón del juego que viaja en barco de Nueva York a Buenos Aires.

“En un esfuerzo desesperado por vivir, viajó a Brasil donde, en visitas anteriores, la población del país le había tratado como una estrella, y la visible mezcla de razas había golpeado a Zweig como el único camino a seguir para la humanidad”, señala George Prochnik, autor de la más completa biografía del narrador, El exilio imposible (Ariel).

“He sido honrado y proscrito, libre y cautivo, rico y pobre”, escribe Zweig al inicio de sus memorias, donde se define como “austríaco, judío, escritor, humanista y pacifista”. Allí recuerda haberse criado en un territorio (Imperio austrohúngaro) que ya no existía en el mapa. “He visto nacer y expandirse ante mis propios ojos, las grandes ideologías: el fascismo en Italia, el nacionalsocialismo en Alemania, el bolchevismo en Rusia y, sobre todo, la peor de todas las pestes: el nacionalismo, que envenena la flor de nuestra cultura europea”, anota Stefan Zweig, cuya figura y obra se han revalorizado en estos últimos meses de cambios políticos, por ejemplo, con el nacionalismo en aumento como lo demuestra el partido de Marine Le Pen, en Francia.

Su obra también ha sido puesta en vitrina con nuevas ediciones. La editorial española Acantilado ha reeditado más de 30 títulos y acaba de distribuir en librerías la novela Clarissa, una historia de amor entre la hija de un militar austríaco y un joven socialista francés, antes del estallido de la Gran Guerra. Además, el sello mantiene cuidadas ediciones de Momentos estelares de la humanidad, Carta a una desconocida, los ensayos reunidos en El legado de Europa; El mundo de ayer, y sus retratos biográficos de María Antonieta, Montaigne, Tres maestros (Balzac, Dickens, Dostoievski) y su correspondencia con Hermann Hesse y Joseph Roth.

Una carta que se encuentra en la casa dedicada al escritor en Brasil, es de Gabriela Mistral, quien la redactó tras la muerte de Zweig. La poeta chilena y el autor se conocieron en Petrópolis, siendo ella cónsul. “Cuando hablábamos de la guerra, yo seguía en su cara, su corazón en carne viva e iba midiendo lo que yo podía decir, lo cual no me ha ocurrido con ningún hombre de letras. Y no era que perdiese en momento alguno su control riguroso; era que los hechos brutales, no parecían ser oídos, sino tocados por él en el mismo instante en que los escuchaba, y le caía al rostro una tristeza sin límites que lo envejecía de golpe”, anota la Premio Nobel.


El arte de huir

Nacido en 1881, en Viena, Stefan Zweig era de una familia acomodada. El arte y el viaje fueron siempre su elección, recorriendo desde la India a la Unión Soviética. Igualmente era un ferviente bibliófilo y coleccionista de partituras. Antes, eso sí, hizo cursos de historia y literatura y obtuvo un doctorado en Filosofía en su ciudad natal. Por esos años, y con más edad, Hermann Hesse, quien trabajaba en una librería en Basilea, Suiza, le enviaba sus poemas para su comentario. Una amistad epistolar que duró por tres décadas.
Su círculo de amistades lo conformaba Sigmund Freud, Arthur Schnitzler, Albert Einstein, Auguste Rodin y Joseph Roth. “Quien se convierte en biógrafo se ve obligado a las mentiras, la ocultación, la hipocresía, al embellecimiento e incluso a disimular una comprensión deficiente”, le apuntó en una carta Freud a Zweig, quien hizo retratos desde Erasmo de Rotterdam a Tolstoi.

“Mi obra literaria fue convertida en un montón de cenizas en el mismo país donde había conquistado millones de lectores”, apunta Zweig en El mundo de ayer recordando cuando sus títulos eran bestseller en Alemania y el resto de Europa.

Incluso llegó a colaborar con Richard Strauss haciendo el libreto para la ópera La mujer silenciosa. Era 1933 y Adolf Hitler asciende al poder, cambiando la historia y la de Zweig. Sus libros fueron prohibidos en Alemania y el escritor decidió instalarse en Londres, Inglaterra. Después lo hará en la ciudad inglesa de Bath. Sin embargo, arreglará de nuevo las maletas para casarse en París con Charlotte, con quien tomará años después barbitúricos y morirán abrazados, en Brasil. También intenta instalarse en Estados Unidos, donde nunca se pudo acostumbrar. En sus últimos años dio conferencias en Paraguay y en Argentina, donde efectuó un congreso en apoyo a los escritores afectados por el fascismo en Europa. “He sido contemporáneo de las dos guerras más grandes de la humanidad, y asistí a ellas en frentes opuestos; a una, en el lado alemán, a la otra, en el lado antialemán”, escribe Zweig en sus memorias al borde de la muerte.

“Prefiero, pues, poner fin a mi vida en el momento apropiado, erguido, como un hombre cuyo trabajo cultural siempre ha sido su felicidad más pura y su libertad personal. Su más preciada posesión en esta tierra”, apuntó en su “Declaraçao” (declaración) dejada a un costado de su cama.

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