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Culto
Un ciberataque “nunca antes visto” afecta a instituciones alrededor del mundo

Un ciberataque “nunca antes visto” afecta a instituciones alrededor del mundo

Ransomware, el programa malicioso que exige un pago a contrarreloj por la liberación de sitios estatales, nos recuerda las andanzas de Elliot Alderson y Fsociety, el grupo de hackers de la serie Mr. Robot.

Finalizada en septiembre de 2015, la primera temporada de Mr. Robot mostró de manera elocuente el inminente apocalipsis tecnológico.

Una revolución de cariz socialista incubada como virus dentro de la actual sociedad de consumo: gente con ropa cara corriendo de un lado a otro en las noticias, como dice un personaje.

Lo primero que nos importa de la serie es un empleado de la empresa de seguridad digital Allsafe, Elliot Alderson (Rami Malek): su rabia contenida, su mirada del mundo filtrada por la pantalla negra de una terminal de Linux.

“Lo que estoy a punto de decirte es altamente secreto: una conspiración más grande que todos nosotros”, comienza diciendo Alderson en los primeros segundos de Mr. Robot.

“Ahí afuera hay un grupo poderoso de personas que secretamente gobiernan el mundo. Hablo de tipos de los que nadie sabe nada, tipos invisibles. El top del 1% del top del 1%. Tipos que juegan a ser Dios sin permiso. Y ahora creo que me están siguiendo”, alerta desde la cinematográfica serie de USA Network.

Entonces conocemos la doble vida del protagonista. Cuando Alderson —que puede ser un guiño al protagonista de Matrix— abandona su cubículo en Allsafe, se convierte en un hacker con hambre de justicia.

“Podemos ser héroes/ apenas por un día”, cantaba, entre épico y sentimental, David Bowie. Mr. Robot parece aumentar la apuesta.

Una noche cualquiera, el cliente más grande de Allsafe, E-Corp —o Evil-Corp—, es golpeado por un ataque cibernético muy parecido al actual Ransomware, y Alderson es llamado de urgencia a investigar.

Lo que ocurre frente a nuestros ojos es, en realidad, el comienzo de otro asunto.

El incidente resulta ser una tarjeta de presentación y una invitación para que el protagonista de Mr. Robot ingrese a la Fsociety, un grupo de hackers dispuestos a iniciar “el mayor evento de redistribución de la riqueza en la historia”.

Como ocurrió con el artista chileno Papas Fritas —cuando quemó los documentos de cobro de los estudiantes morosos de la Universidad del Mar—, la Fsociety planea eliminar todos los registros de deudas de los ahogados por la cultura de los créditos de consumo.

De alguna manera, los integrantes de la Fsociety son hackers y, al mismo tiempo, activistas.

Están tan hastiados del sistema económico y político tan injusto y abusivo, que recuerdan a los creadores de The Pirate Bay: utilizan sus conocimientos tecnológicos para canalizar una mezcla de ira contra el status quo con el ego por demostrar sus capacidades técnicas y el deseo por alcanzar un cambio importante.

“¿Qué te decepciona tanto de la sociedad?”, le preguntan a Alderson en una sesión con su terapeuta.

“Quizá que colectivamente pensemos que Steve Jobs fue un gran hombre, a pesar de saber que ganó millones a costa de niños. O quizá por la sensación de que todos nuestros héroes son falsos. El mundo en sí es un gran engaño. Nos llenamos de nuestros comentarios sobre mierdas, tapando lo que está a la vista, o con nuestras redes sociales que imitan la intimidad (…) No digo nada nuevo. Todos sabemos por qué hacemos esto: no porque Los juegos del hambrenos haga felices, sino porque buscamos estar adormecidos. Porque duele no fingir, porque somos cobardes. Que la sociedad se vaya a la mierda”, piensa el protagonista de Mr. Robot.

Pero no lo dice.



Cero y uno

Alderson, el analista de ciberseguridad, toca además la cuarta pared —tan manoseada por House of Cards— bajo los efectos de algunas drogas para bajarle el volumen a la realidad de un mundo acabado, solitario y fatalista.

Porque ese es el tono que cubre al show creado por Sam Esmail: distópico, límite y putrefacto.

Otro asunto interesante es que Alderson es incapaz de conectar con las personas del mundo real, aunque, al mismo tiempo, conoce sus detalles más íntimos.

El hacker se relaciona con otras personas forzando su información confidencial en Internet: correos, chats, perfiles, webcams, etc.

Así conoce sus verdaderas intimidades y actúa con un código moral propio, como otros justicieros de la televisión —como Dexter— o la literatura —como el Josef Kavalier de Michael Chabon.

Otro punto a favor es que la serie se vuelve un manjar de referencias a la cultura hacker.

El protagonista usa Gnome y aparecen archivos .DAT y rootkits. El mejor mecanismo de seguridad del grupo es reunirse en la vida real o IRL (in real life). Son radicales para opinar sobre Steve Jobs, Facebook, Blackberry e incluso Obama.

Entonces, uno piensa en los referentes.

En por qué Mr. Robot es distinta pero sabe a algo.

Quizá en las ideas radicales de los protagonistas del documental Away from keyboard.

Quizá en la Desobediencia civil de Thoreau.

Quizá en las drogas de los personajes de Aronofsky.

Quizá en la improbable BlackHat y la miserable serie Scorpion, o incluso, en la fría Person of interest.

Hay que poner atención al personaje de Christian Slater y a la hacker que interpreta Carly Chaikin, como también a la banda sonora, que incluye canciones de Disintegration —el mejor disco de The Cure— y una versión descafeinada de “Where is my mind?” a cargo de Maxence Cyrin.

Lo último y más interesante de la serie es que desliza un mensaje importante.

Que una persona común y corriente, con la suficiente pasión —y un computador y una conexión a Internet—, puede cambiar el mundo.

Ahí Mr. Robot se vuelve importante como un comentario social y político.

Ahí entendemos, en un día como hoy, cuando una serie de ataques cibernéticos buscan bloquear el acceso a sistemas informáticos de instituciones estatales en el primer mundo, lo ocultos que parecen los motivos de quienes atentan contra el sistema.

“Este es un ataque cibernético importante, que impacta organizaciones de toda Europa a una dimensión nunca antes vista”, dijo el experto en seguridad Kevin Beaumont a BBC.

Entonces una escena del último capítulo de Mr. Robot, cuando la cámara se aleja y vemos a Times Square como un caos oscuro que no otorga calma alguna.

No hay orden.

No hay respeto por las instituciones.

De repente todo desaparece, menos la ciudad.

Lo que queda es el silencio, lo que queda es la violencia.


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