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Culto
Dear White People y Huye: te ríes porque es verdad

Dear White People y Huye: te ríes porque es verdad

Tanto la nueva serie de Netflix como la película de terror recién estrenada en Chile dejan en claro que la discriminación no es monopolio de los conservadores.

*Spoilers MUY leves a continuación.

En el último tercio del –extraordinario- quinto capítulo de Dear White People (Netflix), hay un momento que resume el punto de toda la serie: Reggie (Marque Richardson) un joven afroamericano, se encuentra pasándolo bien en una fiesta universitaria en la casa de su amigo Addison, que, dato importante, no podría ser más blanco. Comienza a sonar “Trap Niggas” del rapero Future, y Addison comienza feliz a recitar las letras, incluyendo la palabra con “N”, que en el coro es repetida ocho veces. “No digas eso”, dice Reggie calmado, más incómodo que molesto. Addison, por su lado, comienza a reaccionar cada vez con mayor hostilidad: “¿Por qué?”, “pero está en el título de la canción”, “me molesta que me estés diciendo racista”. Tanto Reggie como otros de sus amigos afroamericanos intentan decirle que nadie le está diciendo racista, sino que, por favor, no que no diga una palabra que, en su boca, es un insulto grave. Por supuesto, el joven blanco no entiende, y la situación comienza a escalar hasta un terrible clímax.

La serie, estrenada la semana pasada, sigue a un grupo de jóvenes como Reggie que deben sobrevivir ese tipo de situaciones día a día en una universidad mayoritariamente blanca.



En Huye (Get Out), estrenada este jueves en cines nacionales, una de las mejores escenas de la película de terror ejemplifica una idea similar: Chris (Daniel Kaluuya), un joven afroamericano que se encuentra visitando a los padres (blancos) de su novia (Allison Williams) por el fin de semana, tiene una serie de encuentros incómodos en una gran reunión social con amigos de la familia. Los invitados, todos adultos mayores y blancos como la leche incurren en una serie de microagresiones racistas, pero sin mala intención: le hablan de Tiger Woods, le preguntan si el mito sobre el tamaño de su órgano reproductor es real y se mandan una frase para enmarcar; “la piel blanca estuvo de moda como 200 años. Pero las cosas han cambiado. El ser negro es la moda ahora”.

Los cerebros detrás de ambas escenas; Justin Simien en el caso de la serie y Jordan Peele en la película, apuntan a que el racismo no viene siempre vestido de trajes del Ku Klux Klan. Muchas veces aparece desde las buenas intenciones, desde los que lucen orgullosos chapas de liberales o progresistas, pero son incapaces de asumir que pueden ser más parte del problema que de la solución, y se niegan a cambiar cualquier detalle de su comportamiento. “No hay liberal más peligroso que el que lo quiere demostrar con cada palabra y acción”, escribió el crítico de Culto René Martín en su reseña de Huye.

Lo brillante de las sátiras que presentan tanto Dear White People como Huye para graficar el racismo en Estados Unidos es que no abusan de la exageración para probar su punto: lo que uno ve son situaciones cotidianas, que resultan ridículas por lo familiares que son. Un discurso que más de una vez uno ha escuchado para intentar esconder no sólo racismo, sino cualquier tipo de discriminación: “Pero si yo soy abierto de mente”, “tengo un amigo gay”, “yo apoyo a las mujeres, pero como que ya no se les puede decir nada”.

Ni la extrema trama de Huye (efectivamente el grupo de blancos tiene intenciones muy oscuras con el joven negro) ni el ridículo al que llegan las situaciones mostradas Dear White People (el nivel de ignorancia de la mayoría de los personajes blancos es increíble) desvían del hecho que ambas tienen razones de sobra para disparar sus dardos. Su capacidad para exponer la tragicómica realidad es lo que las hace graciosas, terribles y, sobre todo, entretenidas. Los grandes villanos de estas historias son quienes disfrazan su racismo (y se aplica a la homofobia o el sexismo) con condescendencia y superioridad moral. Y puede ser uno. De poco sirve el mensaje si es que, como los antagonistas de ambas tramas, no nos detenemos a preguntarnos si somos parte del problema.


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