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Culto
Jorge Rojas Flores, historiador: “Hace falta reenfocar la relación del Estado con los niños”

Jorge Rojas Flores, historiador: “Hace falta reenfocar la relación del Estado con los niños”

A seis años de su primera edición regresa Historia de la infancia en el Chile republicano (1810-2010), del historiador Jorge Rojas Flores. “Existe la conciencia de que muchas veces hay historias sobre los niños y no historias de los niños”, dice el docente de la Universidad Católica.

Jorge Rojas Flores, docente del Instituto de Historia de la UC y autor de Historia de la infancia en el Chile republicano (1810-2010), cuenta que no asistió al lanzamiento de la primera edición de este libro de largo aliento y propósitos bicentenarios. Corría marzo de 2010, el Gobierno de Sebastián Piñera recién se instalaba y dentro de la Junta Nacional de Jardines Infantiles (Junji, los autores de este “encargo”) no estaban quienes se lo habían comisionado.

Todo estuvo por entonces “desordenado”, señala el también autor de Las historietas en Chile, 1962-1982 (2016), quien vería cómo a partir de entonces su obra de 830 páginas, disponible en la web, comenzaba a socializarse entre pediatras, parvularias, trabajadores sociales y otros profesionales que orbitan en torno a la infancia. Eso sí, físicamente los ejemplares se acabaron y la joven editorial de la Junji decidió reeditar la obra, cuenta Rojas Flores, “con algunos cambios en su contenido que permitieran incluir parte de la bibliografía especializada que había salido después de 2010”. Y ahora sí hubo un lanzamiento “en forma”, acompañando una caja en cuyo interior hay ahora dos volúmenes.

El ámbito historiográfico que aborda la obra es joven y tiene abierto más de un flanco. El propio autor conocía estas dificultades y algo de pionero ha tenido: en 1996 publicó Los niños cristaleros, que indagaba en el trabajo infantil entre 1880 y 1950. Y así fue como en 2008 le propusieron hacer “una historia de los parvularios de niños menores de 6 años y las formas de crianza en la historia de la educación parvularia. Algo bien específico. Yo lo pensé y dije ‘no me da. No tengo mucho sobre esos temas. Pero tengo todo esto otro’: aunque me faltaba cubrir algunas épocas, veía más viable hacer una historia más global, que no cubriera sólo esas dimensiones, sino que todas las que yo había logrado investigar”.


¿Cómo se enfrenta la paradoja de que los niños sean objeto de estudio pero no puedan ser sujeto?

—Ése es un problema que ha arrastrado la historiografía de la infancia. Existe conciencia de que muchas veces hay historias sobre los niños y no historias de los niños.


Pero aun con desbalances, hay huellas infantiles, más allá de su representatividad. Las hay en revistas infantiles, pero también en fuentes no convencionales y no publicadas, como diarios de vida que logré rescatar para esta segunda edición. Para la primera, de hecho, detecté uno e intenté incorporarlo ahora: el de Isidora Aguirre, aunque al final no funcionó. Pero en el camino logré revisar un diario que se había regalado al Museo de la Memoria: seis cuadernos de una niña de los años ’60. Entonces, en la nueva edición fue posible incorporar algo más de la voz de los niños, pero siempre uno encuentra que está en deuda. Ahora, una forma de suplir las deficiencias es otorgarle más valor del que usualmente se les da a los recuerdos de adultos, que es una forma de compensar un poco. Ahí hay un juego, una tensión entre la infancia que fue y la de ahora. Pero siempre hay que tener en cuenta que hay que filtrar, porque se da una tendencia general a la idealización.


Lo que no pasa sólo respecto de la infancia…

—En ese sentido, siempre hay que actuar por contraste, tener muestras más numerosas y empezar a ver distintos matices. Por ejemplo, niños que han trabajado o personas de origen campesino que puedan hablar de su infancia. Lo otro es, en forma indirecta, apreciar la experiencia de los niños a través de objetos. De análisis de los espacios físicos que rodean las piezas para niños. O sea, no ver todo desde una voz que interpreta, sino también desde circunstancias, situaciones u objetos que acompañan la infancia. Ahora, de que el cuadro está desequilibrado, lo está.

El suyo fue en 2010 un libro “bicentenario”, con todo lo que eso tenga de celebratorio y republicano. La nueva edición llega, por el contrario, en el contexto de las revelaciones del Sename, de casos como el de Lissette Villa. ¿Cómo afecta el presente la percepción del pasado?

—Tengo la impresión de que hay procesos que quizás están demasiado “calientes”. Hay un escenario poco reposado, que invita menos a la reflexión y más a reproducir lugares comunes respecto de muchas temáticas que están en primera plana, como la violencia en las instituciones del Estado. Hace falta reenfocar lo que ha ocurrido en las relaciones del Estado con los niños. Lo que llaman el cambio de paradigma no es tan nítido y no marca un escenario de progreso, en parte porque el balance del antiguo paradigma, el del modelo protector, no creo que esté hecho en profundidad.

¿Falta entender esta transición?

—En el modelo antiguo se supone que había una estructura rígida que imponía la voluntad del Estado sobre la de los niños, muchas veces vulnerando derechos. Pero la verdad es que dejaba espacios amplios para que el juez de menores actuara muchas veces en favor del niño, intentando intervenir sobre su entorno, evitando una judicialización y sacándolo un poco de la justicia penal. Pareciera, por otro lado, que lo que uno lee en la legislación no se condice necesariamente con la práctica. Y lo que hace falta es un análisis de la práctica institucional, más que de los principios ideológicos. Pensemos en la Ciudad del Niño. Hay un balance muy crítico de este internado donde el niño quedaba anónimo en este modelo, separado de la familia. Pero lo que uno encuentra, por ejemplo, hablando con gente que estuvo ahí, es una visión sospechosamente positiva: nada de lo que uno escucha de los ex internos de los centros del Sename.

¿Qué complejidad o riqueza de la infancia cree que pudo descubrir?

—Me aparto un poco de la historiografía más tradicional, que supone que la infancia es una construcción tardía: que antes que no existían niños, por así decirlo, que los niños se vestían incluso como adultos. Al menos tengo indicios de que la situación es más compleja y que hay ciertos mitos por desmantelar. Un ejemplo que doy en el libro es el de Sub terra, que ha sido generalmente descrito como evidencia de un relato realista y neutro de una persona que está observando y que registra el drama de los niños que trabajan en actividades tan duras como la del carbón. E indagando en la vida del personaje y otros testimonios que no coinciden con los de Baldomero Lillo, uno termina cuestionando el carácter de esa fuente, que parece estar más destinada a provocar un clima de denuncia que a describir de forma precisa lo que pasaba con los niños del carbón.

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