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Culto
Rafael Gumucio: “Hoy todos los problemas políticos son sexuales: la homosexualidad, la bisexualidad, hasta el aborto”

Rafael Gumucio: “Hoy todos los problemas políticos son sexuales: la homosexualidad, la bisexualidad, hasta el aborto”

El escritor publica El galán imperfecto, una comedia delirante sobre el sexo, la familia y las relaciones de pareja. Gumucio narra una historia de contornos autobiográficos sobre un cuarentón tímido y “mamón” que se somete a una circuncisión.

Nunca había pasado por un quirófano. Ni siquiera por apendicitis. Y cuando le correspondió, fue con una de las operaciones más antiguas y también más temidas por los hombres. Hace 10 años Rafael Gumucio (1970) se circuncidó. “Estaba aterrado, casi me morí”, recuerda. El episodio lo recogió su amigo Patricio Fernández en la novela Los nenes, y ahora es el punto de arranque de su nuevo libro, El galán imperfecto, una comedia sobre sexo, la familia y las relaciones que sale a la venta este fin de semana.

Dos años después de Milagro en Haití, Gumucio retoma la ficción, con contornos claramente autobiográficos. Si aquella era narrada y protagonizada por una mujer mayor de clase alta, que se recupera de una cirugía estética en Puerto Príncipe, acá el protagonista es un cuarentón que se opera en una clínica de Santiago.

“Tu cuerpo rechaza tu pene, compadre”, le dice el doctor Wagner a Antonio, el protagonista, quien sufre de una afección poco común. El médico le aconseja circuncidarse y Antonio, un tipo tímido, católico, con escasa experiencia sexual y torpe en sus relaciones con las mujeres, decide hacerlo a espaldas de su novia, que está de viaje por el sudeste asiático con amigas, y de su dominante madre.

En el sueño de la anestesia, Antonio recuerda episodios de infancia que lo marcaron en su relación con el sexo opuesto: sin padre presente, creció entre las faldas de su mamá y sus hermanas; su patio de juegos fue la biblioteca familiar, y era el objeto de burla y humillación de los machitos del colegio.

Los recuerdos de Antonio se alternan con arrebatos líricos y descripciones impúdicas, grotescas e hilarantes en torno al sexo.


Es su novela más atrevida: el pene está al centro de la historia….

—Sí, es atrevida. Tuve muchos reparos en hacerlo porque podía parecerse mucho a Portnoy’s complaint (El lamento de Portnoy, de Philip Roth). El talante del personaje y su forma de escribir no se parece en nada, pero los temas sí. Yo siempre he sido postulante a judío y esta novela tiene mucho de Saul Bellow, Roth, Woody Allen. Ese era mi único escrúpulo. Hay cierta semejanza, pero esta novela es muy poco misógina. Es un hombre, es un pene, pero supongo que mis amigas del feminismo de la tercera ola van a quedar muy decepcionadas, porque esta novela demuestra que el falocentrismo es bien triste: el pene no es ese órgano de poder y de mando que a todos nos gustaría imaginar, sino más bien es un factor de impotencia, un lastre.

El protagonista vive el sexo como un problema…

—El sexo es el mayor problema que hay. En ese sentido yo creo que el judaísmo es muy sabio, pero cruel, al decir que tu pene no es tuyo. El pene es el reproductor de la especie. Si yo tengo ocho hijos o dejo de tener hijos es un problema social. Entonces es un órgano político, y lo que hace la circuncisión de alguna forma es decir eso: tu cuerpo es tuyo, pero tu pene no. Los cristianos no tenemos esa experiencia. Entonces el catolicismo se mete en el divorcio y en el aborto y la gente dice por qué se mete si es mi cuerpo. Lo que pasa es que los judíos se meten antes. El sexo puede ser muy placentero, pero es un problema social. Y hoy todos los problemas políticos son sexuales: la homosexualidad, la bisexualidad, hasta el aborto. Es una ingenuidad pensar que el problema sexual es personal o de pareja.

De todos modos, el personaje no disfruta, sufre con el sexo…

—Son ideas. Pocas gente las comparte, no es que yo las comparta, mi educación sexual fue a golpes, y reflejo eso. Igual el sexo es gozoso, porque si no, no lo haría nadie. Pero si no hubiera orgasmo, y uno supiera que puede tener hijos y lo que cuestan, no lo haría nadie… Hay gente en el primer mundo que ha decidido no tener sexo: les da lata, se aburren.

Una figura muy fuerte es la madre dominante….

—Mi novela transcurre en Chile. Los chilenos somos mamones, todos los católicos lo son. Y en el caso de mi personaje, lo torturé lo más posible. Esta es una novela cómica; en Chile hay pocas novelas así. Hay escritores para cagarse de la risa, pero no lo saben, jaja.

¿Hay muchos elementos autobiográficos en la novela? Ud. también se circuncidó…

—Pasé casi lo mismo. Yo estaba casado ya, no tuve el problema sentimental de él, pero fue parecido. Fue muy doloroso, anduve con túnica mucho tiempo, después con los calzoncillos al revés por las costuras… Yo no soy un escritor con mucha imaginación, casi todo lo que escribo es real.

¿Los episodios de bullying también? ¿O cuando Antonio elige aeróbica en lugar de vóleibol?

—Sí, la aeróbica… Junté episodios distintos de mi vida. Me pegaron muchas veces. Era un poco provocativo, me gustaba provocar también. Ahora me resulta ridículo todo el llanto en torno al bullying.

¿Por qué?

—Porque lo sufrí y no es tan terrible. Yo creo que los niños están en condiciones para sufrir bullying. Un colegio sin bullying es un fracaso escolar. O sea, hay que sobrevivir, y si no sobreviviste ¡no sobreviviste! ¡Qué tanta huevá!, te fue mal nomás. Para eso es el colegio. Yo le digo siempre a mis hijas: todo lo que le enseñan en el colegio lo podrían aprender ellas solas, todo, menos el bullying. Yo no hablo del bullying físico, pero del mental, sí. Lo lamento mucho pero si un apoderado me dice “pucha, es que mi hijo no sobrevivió al bullying”, bueno, tu hijo no está hecho para la sociedad; perdió nomás.

¿El mundo es cruel?

—Yo lo sufrí, y no puedo negar que duele. Pero uno puede elegir si ser víctima o dejar de serlo. Muchas veces en estas polémicas públicas en que yo me meto me dicen “tú, representante de los privilegiados, heteronormativo, cuico, intelectual, viajado”, lo que es medianamente verdad, pero yo también podría decir exiliado, chico, tartamudo, con problemas dentales. Podría estar llorando hasta el día del juicio final, y me parece una estupidez. Para eso escribo. Y me dan mucha risa los escritores jóvenes: lloran en las entrevistas y escriben libros para alabarse y para alabar su clase social, “yo sufrí pero igual conseguí todo”. Se tienen un amor a sí mismos casi infinito. O sea, si un tipo de clase alta hiciera un libro como hace la clase media ahora, “me encanta mi colegio y mis compañeros y lo pasamos increíble”, lo matan. Pero si viviste en Cerrillos podís contar “el Lucho y el no sé qué”, y es la raja. Me molesta esa autoindulgencia. Y lo mismo pasa con el bullying: hay una escritora que dice que todos los días la tratan de violar y tocar. Bueno, yo la conozco y no es pa’ tanto. Lo que quiero decir es que yo podría haber salido a la vida pública como una víctima absoluta, pero decidí afirmarme.

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