*

Culto
Noguera y Sieveking de cara al tercer acto

Noguera y Sieveking de cara al tercer acto

Se conocen desde hace más de medio siglo, y próximos a cumplir 80 y 83 años, respectivamente, ambos vuelven a los escenarios por separado, aunque ante el mismo desafío: en las obras El padre y El locutorio encarnan a dos hombres que pierden la memoria. De la vejez, de la muerte y el oficio, estos amigos y colegas se sinceran el uno frente al otro.

No, no hay caso. Ni uno de los dos recuerda con exactitud cuándo fue la última vez en que se vieron. Tampoco de lo que conversaron ni dónde se reunieron ni con quién. Pero da igual, dirán después, lo que importa siempre y ante cualquier otra cosa es reencontrarse. Y podrían pasar semanas, meses y, por qué no, años incluso sin juntarse, pero lo que une a Héctor Noguera (1937) y Alejandro Sieveking (1934) difícilmente podría tumbarlo la distancia. O el silencio. O ambas cosas a la vez.

Más adelante, en esta misma conversación, asomará un recuerdo nada azaroso: una fría tarde de 1982, Sieveking volvía a aterrizar por primera vez en Chile luego de partir en abril de 1974 a Costa Rica junto a su esposa, la actriz Bélgica Castro. La situación política del país -y, puntualmente, el asesinato de su amigo, el músico y director teatral Víctor Jara- había avivado el miedo en ambos. “Vine solo esa vez, pues sabía que iba a ser una visita más que fugaz”, cuenta. “Yo tenía un supuesto coqueteo con Televisión Nacional y con el Teatro Municipal para hacer algunas cosas, pero ni una prosperó, así que decidí visitar a algunos amigos. Cuando me puse a contactarlos no tuve ni que pensar en llamar a Tito (Noguera) y ese mismo día nos juntamos a almorzar en el centro, ¿te acuerdas?”, le pregunta a su amigo y colega, sentado a menos de un metro suyo.

“Lo recuerdo. Lo recuerdo perfectamente. Cómo no, si te extrañábamos tanto aquí”, responde Noguera. “Hemos sido un poco así siempre. Podemos dejar de hablarnos por mucho tiempo y no ponernos de acuerdo en cuándo fue la última vez que nos vimos, pero al final eso da igual. Lo importante es querer volver ver al otro, saber cómo está, qué ha sido de su vida, de los suyos. Eso nos hace amigos aún”, añade. Esto último, por cierto, además de un ineludible cruce en sus más recientes trabajos, precipitaron este improvisado encuentro entre dos viejos amigos y en un lugar conocido por ambos hace más de medio siglo.


Diálogos sobre la vejez

Algunos minutos antes, ese mismo miércoles por la tarde, el actor, director y Premio Nacional 2015, quien el próximo 8 de julio cumplirá 80 años, repasaba sus líneas en silencio, sentado en el foyer del Teatro UC. Anoche, Noguera estrenó allí El padre, la obra del dramaturgo francés Florian Zeller que, bajo la dirección de su yerno, el también actor Marcelo Alonso, volverá a reunirlo con su hija Amparo sobre un mismo escenario tras 12 años. Estos últimos meses intentando meterse en la piel de Andrés, un patriarca que ha comenzado a vacilar en sus pasos y recuerdos producto del Alzheimer, ha vuelto a ponerlo inseguro y nervioso, reconoce, al punto de querer estrenar pronto y sacárselo todo de adentro.

Pasaban de las seis cuando su amigo, el también actor, dramaturgo y autor de La remolienda, de 82 años, cruzó la entrada del edificio ubicado en Plaza Ñuñoa. “Vengo un poco atrasado. Tuve un largo ensayo en la mañana y me quedé haciendo algunas cosas”, le dijo antes de abrazarlo. Desde mediados de marzo, Sieveking se alista también para volver a los escenarios el próximo 13 de mayo con El locutorio, la breve obra de Jorge Díaz escrita en 1976, y que a diez años de la muerte de su autor tendrá una nueva versión dirigida por Cristián Plana y coprotagonizada por Millaray Lobos en el GAM.

Coincidentemente, aquella historia retrata el confuso reencuentro de una pareja mayor al interior de un locutorio. “No se sabe quién está visitando a quién, o si es que alguno de los dos ha perdido toda capacidad de recordar quién es o fue el otro. Están como flotando, intentando recordar”, dice Sieveking. “La sorpresa me la llevé con el director (Plana), con quien nunca había trabajado y quien desde el primer día me dijo que tratara de hacer mi personaje como si fuese aún más viejo de lo que me sale. Le dije: ¡Pero si yo soy viejo de verdad, no es que lo esté actuando! Y así es como vivo la edad que tengo”, alega.

En 2001, Noguera y Sieveking ya se habían sumado junto a Bélgica Castro y Delfina Guzmán al elenco de Home, del británico David Storey, y que exponía la convivencia al interior de un asilo. “Hoy siento que esa obra me pena un poco”, dice el dramaturgo. “Estábamos jugando a interpretar a personas mayores sin serlo tanto, y desde entonces han pasado más de 15 años y pienso que las cosas han cambiado, aun cuando insisto en que lo de ‘la vejez’ sigue siendo relativo. Cuando tenía 16 tomaba clases de ski con un instructor que tenía 28 y no podía imaginar cómo podía ser vivir tanto. Ahora sé que depende de si las fuerzas están de tu lado y de que no tengas enfermedades que te invaliden. Mucho tiene que ver también la psiquis, y en ese sentido los actores somos como un animal extraño en toda esta fauna, pues veo a otros que no tienen ni 70 y se ven más viejos que uno. Debe ser que nos gusta mucho hacer lo que hacemos”, opina.

Noguera parece de acuerdo: “Decir que estamos camino a la vejez sería ridículo, pues más bien estamos a mitad de la ruta a estas alturas. Si fuésemos corredores de 100 metros planos seríamos viejos desde los 30 años, pero no es nuestro caso. Somos viejos etáreamente, sí, pero nuestra energía y ganas de hacer podrían hacernos creer a ratos que somos bastante más jóvenes de lo que verdaderamente somos”, dice. Andrés, su personaje -continúa-, “tiene dos relojes, uno en la muñeca y otro en la cabeza. El problema para él es que esos dos relojes no coinciden, y ese es su drama y dicotomía. Por otro lado, tiene dos hijas, una que lo cuida y acompaña, y otra que nunca aparece, pues nadie sabe dónde está. Se supone que tuvo un accidente y que murió, pero él la tiene imaginada. En realidad, él ama a la hija que no existe, y odia a la que sí. Su vida es un tanto patética, y eso puede ser tierno y cómico para el público, pero la vejez puede no ser tan cruda”.

La muerte ronda también a ambos personajes, mas no a ellos, confiesan. “Evidentemente uno piensa mucho más en la muerte que hace 20 años, pero no puede ni debe ser el motor de tu vida”, dice Noguera. Sieveking lo observa desde su silla, con una leve e irónica sonrisa en su rostro: “Yo tengo cáncer de piel hace ya 32 años y he burlado la muerte sin ni un pudor. Siempre creí que iba a morir joven, y ya de viejo me doy cuenta de que en realidad la muerte solo te afecta cuando piensas que va a poner su mano sobre los tuyos. Pienso en varios amigos nuestros que ya no están, en mis padres, en la Bélgica, y me da pavor. Pena. Rabia incluso. Quizá por eso quise creer que yo moriría antes que cualquiera de ellos”.


Amigos tardíos

Cuando no tenían ni 30 años, Noguera y Sieveking ya se ubicaban de vista y nombre, mucho antes de conocerse formalmente. A mediados de los 50, el primero estudiaba en la Escuela de Teatro de la Universidad Católica, y el segundo en la de la Universidad de Chile. “Eramos de dos bandos distintos, como si usáramos camisetas de equipos de fútbol rivales”, bromea Sieveking. “De todo ese lote, Tito ya destacaba por sobre el resto y hacía protagónicos en tiempos en que nosotros recibíamos nada más que papeles chicos y en comparsas. Creo que solo el Lucho Barahona compitió contigo -le dice-, cuando Agustín Siré dirigió una versión de El diario de Ana Frank en el Varas, y que fue el gran estreno del Teatro Experimental ese año”, recuerda.

Quien al fin los presentó, años después, fue La Desideria, Ana González, cuando en 1971 fundó junto el Teatro El Angel. “La Ana quería armar un grupo con los mejores, y ese año empezamos a ensayar una obra de Alejandro, Bella cosa mortal, y que finalmente no estrenamos, pero fue ahí cuando empezamos a ser amigos, creo”, cuenta Noguera. Tres años después, Sieveking partió al exilio, y Noguera se quedó en Chile para formar parte de la refundación del grupo, ahora convertido en Los Comediantes. “En 1981, y con Alejandro lejos, fue la primera vez que dirigí un texto suyo”, cuenta. Ese mismo año, en el desaparecido teatro en calle Huérfanos, se estrenó una recordada versión de La remolienda que, desde luego, Sieveking nunca vio.

“Por dispersión natural nuestros caminos se separaron, pero cuando Tito fundó el Teatro Camino, en el año 2000, la Bélgica y yo empezamos a hacer clases allí y fue una etapa fantástica. Montamos La silla de Ionesco ese mismo año, luego Home y en 2007 nos dirigió en El encuentro”, recuerda Sieveking, basada en la novela del escritor húngaro Sándor Márai. Desde entonces no han vuelto a trabajar juntos, pero durante este reencuentro, una que otra idea quedó dando vueltas en el aire. “Los amigos en el teatro no solo se conservan por afinidad personal, sino además por una artística, y creo que Tito y yo nos llevamos bastante bien trabajando juntos”, dice Sieveking. Pero de planes a futuro mejor ni hablar, por ahora.

Tras más de medio siglo de amistad, en 2015 ambos estuvieron a la cabeza de los candidatos al Premio Nacional Artes de la Representación, que finalmente recayó en Noguera. “La gente se complicó y pensó que íbamos a tener problemas por competir entre nosotros. Es una tontera, pues si decides postularte o aceptar que otros lo hagan, sabes que tienes posibilidades de ganar o perder, pero a nosotros nos dio igual”, opina. Sieveking, quien cumplirá 83 años el 5 de septiembre y volverá a presentarse al galardón que se entregará a fin de año, felicita al fin a Noguera por su premio. “¿Ves? Ni siquiera lo llamé para saludarlo el día en que se lo ganó -cuenta-, pero nosotros somos así, impredecibles a veces. Sería bueno que a estas alturas se vayan acostumbrando”.

Sobre el autor: