*

Culto
Medio siglo de la odisea espacial de Stanley Kubrick

Medio siglo de la odisea espacial de Stanley Kubrick

El 9 de mayo se reestrenó en Chile 2001: Una odisea espacial, la película que llevó la ciencia ficción fílmica a otra dimensión. El filme se basó en un relato de Arthur C. Clarke, escritor del que este año se cumple su centenario, y ha influido a todos, desde Steven Spielberg y George Lucas hasta Ridley Scott.

Primero fue el título. Nada de “hombres verdes de la Luna”, ni “amenazantes criaturas del espacio interestelar”. Nada que remitiera al cine B, donde la ciencia ficción había nacido, florecido y atraído público eminentemente juvenil. Para Stanley Kubrick (1928-1999), megalómano sin par en la historia del cine, todo se reducía a darle densidad y categoría a un género vilipendiado y relegado a los directores de segunda categoría y a los presupuestos derivados de los saldos. Se trataba de darle altura y ambición a su propia y, por lo demás, única incursión en la ciencia ficción durante su vida. Por esa razón, su nueva película tras Doctor Insólito (1964) tomó la palabra “odisea”: la expresión tenía un origen aristocrático y literario y remitía a nada menos que a Ulises y a La odisea de Homero.

Tras descartar los títulos de Viaje más allá de las estrellas, Universo o Túnel interestelar, Kubrick comenzó a elaborar el esqueleto de 2001: Una odisea espacial bajo los conceptos del misterio, el enigma y lo desconocido. El mismo realizador lo explicaría años después en estos términos: “Se nos ocurrió que para los antiguos griegos, las vastas extensiones del mar debían representar el mismo tipo de lejanía y misterio que el espacio para nosotros”. Así, bajo el manto de una eterna pregunta, es que la película empieza y termina, primero con los homínidos de hace cuatro millones de años enfrentados a un monolito oscuro en medio del desierto africano. Luego, con el anciano doctor Bowman agonizando en su cama del futuro, mirando el mismo largo y rectangular bloque grisáceo en medio de su refinada habitación del futuro.

Estrenada el 2 de abril de 1968 en el Uptown Theater de Washington D.C. y exhibida ese mismo año en Chile, 2001: Una odisea espacial cumplirá medio siglo en el 2018, pero dentro de dos semanas habrá un primer apronte en las salas locales para volver a apreciarla en toda su justa dimensión de la pantalla ancha. El filme se reestrenará el 9 de mayo dentro del ciclo Clásicos de todos los tiempos en las salas Cinemark y permanecerá durante todo el mes en salas. Este año además, concretamente el 17 de diciembre, se cumple un siglo del nacimiento del escritor de ciencia ficción Arthur C. Clarke (1917-2008), autor de El centinela, el relato que sirvió de inspiración para la película. El inglés Clarke, que además de narrador fue difusor científico, futurólogo, explorador submarino y frecuente invitado televisivo, es de cierta manera uno de los autores paralelos de la película: aunque el filme de Kubrick se basó parcialmente en su cuento, Clarke co-escribió el guión y al mismo tiempo que se estrenaba el largometraje publicó una novela con el mismo título. Desde un principio quedó claro que buena parte de lo que Kubrick no explicó en la película, si lo resolvió Clarke en su libro de 240 páginas.

Kubrick, el fotógrafo

Ubicada repetidamente en las listas de las mejores películas de la historia (la consulta de la revista Sight & Sound la ubicó entre las 10 primeras en el 2002 y 2012), 2001: una odisea espacial es antes que nada una experiencia visual. Kubrick, que de humildad tenía poco, se comparó a Leonardo Da Vinci cuando le preguntaron por el significado de un filme que descolocó a varios por tener 44 minutos sin diálogos entre el inicio y el desenlace. “Cómo apreciaríamos hoy la Mona Lisa si Leonardo hubiera puesto bajo el retrato ‘Esta mujer sonríe a medias porque tiene un diente roto’ o ‘porque esconde el secreto de un amante’. Eso destruiría el punto de vista del espectador y lo ataría a una realidad diferente. Eso es justamente lo que no quiero que le pase a 2001”, afirmó en 1968 a la revista Playboy.

Se sabe que el director de La naranja mecánica (1971) era un hombre de imágenes y de preguntas antes que de palabras y certezas, de razonamientos en vez de esoterismo. Empezó como talentoso fotógrafo a fines de los 40 en la revista Look y en cada una de sus películas la puesta en escena fue primordial. Algunos lo criticaron por su preciosismo visual y por la frialdad con que trataba a sus personajes. Sin embargo, a medio siglo de 2001 es difícil caer en esto y la película sigue respirando, viva, influyente, insuperable. Si es que los astronautas Floyd, Bowman y Poole lucen impasibles como la muerte fue tal vez para lograr la jugada maestra: el personaje de Hal 9000, el computador de la nave Discovery, parece tener más sentimientos que todos en la historia, con colapso emocional incluido.

La fascinación del realizador por la inteligencia artificial se expresa en la caracterización de Hal, aquel cerebro cibernético que sospecha que las cosas no andan bien en el viaje de Bowman y Poole hacia Júpiter. Pero antes de este trayecto, la cinta establece un largo prólogo donde un grupo de simios homínidos descubren el poder de una prehistórica tecnología (los huesos usados como armas), pero también el miedo ante lo desconocido. Millones de años después, los científicos utilizan la tecnología representada por su nave y su computador, pero el temor sigue ahí, inviolable: hay una extraña epidemia en una base lunar, hay un monolito en Júpiter, hay algo que siguen sin entender.

Con un costo que se excedió en cuatro millones de dólares y un plan de rodaje que se sobrepasó en un año y medio, 2001: Una odisea espacial le tomó finalmente cuatro años de trabajo a Kubrick, que fue en esta ocasión apoyado por Metro-Goldwyn-Mayer. En rodajes anteriores ya había exhibido su proverbial perfeccionismo, pero aquí estableció los estándares por los que se haría conocido. Decidió filmar todos los interiores en Gran Bretaña porque no encontró ningún estudio de sonido adecuado en Estados Unidos, descartó a cualquier estrella de Hollywood, mandó a buscar a Arthur C. Clarke a Ceylán para reelaborar el cuento El centinela y escribir juntos el guión, se hizo asesorar por científicos de la NASA, dispuso utensilios y muebles de grandes nombres de la arquitectura como Eero Saarinen en las escenas del futuro y, sobre todo, evitó lucir falso: antes de 2001 los astronautas caminaban por las naves como si fueran a la oficina, después de 2001 apareció la gravedad cero y comenzaron a flotar.

La película fue un gran éxito comercial a pesar de que un buen grupo de críticos no la trató bien (la reputada Pauline Kael la definió como “monumentalmente poco imaginativa”) y en su avant premiere, 240 personas se salieron de la sala, incluyendo al actor Rock Hudson, quien dijo: “Quiere alguien decirme de que diablos se trata todo eso”.

Una década más tarde de sus declaraciones, muchos ya habían sido noqueados por el poder sugestivo de la película. No necesitaba ser entendida en términos convencionales y quienes primero captaron el mensaje fueron George Lucas y Steven Spielberg: Lucas incorporó la economía de diálogos y la fuerza visual de 2001 en su filme debut, TXH 1138 (1971), mientras que Spielberg reclutó a su especialista en efectos especiales Douglas Trumbull para Encuentros cercanos del tercer tipo (1977). Luego vendrían James Cameron (Terminator) y Ridley Scott, que aún tras haber dirigido Alien y Blade Runner cree que “2001 es lo mejor de lo mejor, en cierta manera la película irremontable”. Por esa razón es sintomático que la producción de Kubrick haya sido la última obra de ciencia ficción estrenada en cines antes de la llegada del hombre a la Luna, tal vez la única experiencia visual capaz de superarla.


Sobre el autor: