*

Culto
El día que Pinochet censuró a García Márquez

El día que Pinochet censuró a García Márquez

A fines de 1986, 15 mil ejemplares de su libro La aventura de Miguel Littin clandestino en Chile fueron quemados en Valparaíso. Arturo Navarro, representante de la editorial en el país, investigó el insólito suceso y lo recuerda como si fuera la trama de un cuento pensado por el propio escritor.

La noticia llegó en un mensaje de texto de su hija Catalina. Gabriel García Márquez había muerto el 17 de abril, a los 87 años, un poco antes de lo que Arturo Navarro (63) esperaba; creía que el Nobel aguantaría hasta el 23, el Día Internacional del Libro. Luego de leer esas líneas, lo primero que se le vino a la cabeza fueron los libros. No los más importantes, como Cien años de soledad, Crónica de una muerte anunciada o El amor en los tiempos del cólera, sino que pensó en un título menor, olvidado en todo el mundo, menos aquí: La aventura de Miguel Littin clandestino en Chile.

El director del Centro Cultural Estación Mapocho tiene sentimientos encontrados. Cree que se trata de “un libro malito” dentro del catálogo del colombiano, pero también sabe que su valor radica en la pasión con que fue escrito. La historia del exiliado cineasta, infiltrado en su propio país para grabar un documental (Acta general de Chile), después de burlar todos los mecanismos de seguridad, resumía el rechazo de García Márquez por el régimen de Augusto Pinochet.

El libro tiene además un significado personal para Navarro. Su distribución en Chile le significó pasar por uno de los episodios más complejos de su vida. A su modo de ver, fue protagonista de una insólita historia que bien pudo ser creación de “Gabo”. “Voy a parecer muy autorreferente, pero siento que este es un cuento que me regaló García Márquez, una historia que no tiene otro testigo en su totalidad, sino algunos testigos parciales”, asegura.

Con todo eso en mente, se metió al computador y publicó en su cuenta de Twitter: “No es realismo mágico: en noviembre de 1986 la dictadura chilena ordenó quemar 15 mil libros de GGM, en Valparaíso”.

Su amigo Libardo Buitrago, uno de los personajes importantes, le respondió de inmediato:

“Arturo, cuenta la historia completa”.

Navarro recién había regresado a Chile luego de visitar a su esposa, la periodista Patricia Politzer, y sus cuatro hijos, que vivían en Estados Unidos. Era noviembre de 1986. Al llegar a su casa, vio una luz roja titilando en la máquina contestadora del teléfono, un artefacto que pocos tenían en esos años. Eran dos mensajes urgentes de su agente de aduanas, Iván Labrín, pidiéndole comunicarse con él lo antes posible.

La relación laboral entre ambos llevaba poco más de un año. Hasta 1985, Navarro trabajaba en Editorial Andina, como encargado de distribución de best sellers del sello independiente colombiano Oveja Negra, cofundado por el escritor Gabriel García Márquez y el empresario José Vicente Kataraín. A este último le gustaba el trabajo de Navarro y le hizo una propuesta para que fuera su representante en Chile, a tiempo completo. Tendría todo el catálogo del Nobel a su disposición. Como para su nueva labor necesitaría trasladar miles de ejemplares al puerto de Valparaíso, Navarro contactó a Labrín para que fuera su agente de aduanas. No habían tenido problemas hasta aquellos mensajes en la máquina contestadora.

-Don Arturo, la cuestión está bien complicada. Me dicen que los libros fueron quemados -le avisó Labrín cuando finalmente le devolvió el llamado. La información no le hizo ningún sentido a Navarro. La censura se había flexibilizado y el único título controvertido que venía en el cargamento, La aventura de Miguel Littin clandestino en Chile, ya había circulado varios meses antes en una edición especial de la revista Análisis. No había motivo para incautarlo.

-¿Cómo se te ocurre? Debe haber algún error. Estamos en el 86 -respondió Navarro. Entonces decidió viajar al puerto, para averiguar qué había pasado realmente.

Como no le gustaba manejar, tomó un bus hacia Valparaíso, su ciudad natal, la mañana del 19 de noviembre. Aunque la prensa local indicaba que el operativo de incautación se había debido a que los contenedores venían en mal estado, Navarro ya iba algo preocupado. El cargamento era indispensable para montar el stand de Oveja Negra en la Feria del Libro de Santiago, que comenzaba al día siguiente. Los libros habían salido de Buenaventura, Colombia, a bordo del vapor panameño Peban, que había arribado el 28 de octubre al puerto chileno. El tamaño del envío no era despreciable: 24,3 toneladas en libros y algunas revistas.

Un trolebús lo dejó en un extremo de la Plaza Sotomayor, en el edificio de la Comandancia en Jefe (ex intendencia). Le llamó la atención que la puerta principal estuviera cerrada. Después de golpear por algunos minutos, un transeúnte le aconsejó que probara por el acceso del costado, en la calle José Tomás Ramos. Al llegar a la esquina, Navarro se sorprendió al ver pilas de sacos de arena en la entrada, que formaban una trinchera. Varios guardias armados con uniforme de batalla custodiaban la entrada. Las Fuerzas Armadas llevaban ya un par de meses en alerta, después del atentado del 7 de septiembre del Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR) contra Pinochet.

Navarro planteó su situación a los marinos de la entrada. Uno de ellos se quedó con su carné de identidad y, posteriormente, otro lo llevó a la oficina de un oficial de apellido Vega. Le repitió su problema una vez más: era el representante de una editorial colombiana cuyos libros habían sido requisados y quería pedirles si podían redestinar la carga a Lima para no causar problemas. Vega levantó el teléfono, discó un anexo de tres números y comenzó a hablar. Tras unos instantes, colgó y tranquilamente le dio un consejo.

-Señor Navarro, no se preocupe. Ya los quemamos.

No se trataba de todo el cargamento, sino de las 14.846 copias del libro de García Márquez sobre Littin y 29 unidades de Proceso a la izquierda, del ex candidato presidencial venezolano Teodoro Petkoff. La pérdida ascendía a US$ 10.000. Le explicaron que intervenir la correspondencia era derecho constitucional del jefe de Zona en Estado de Emergencia, que en este caso era el vicealmirante Hernán Rivera Calderón, antiguo ministro de Salud de Pinochet.

Navarro se retiró sin palabras y tan abatido que olvidó su carné en la entrada. Caminó un par de cuadras hasta La Rotonda, el restorán de un amigo en calle Prat. Como lo vio entrar pálido, éste le preguntó qué pasaba.

-No me digas nada y dame un whisky doble -replicó Navarro.

El telegrama que Navarro envió a Bogotá para avisar lo que había pasado está fechado un par de horas después, a las 19.52 horas del 19 de noviembre: “De acuerdo facultades estado de sitio libros fueron incautados e incinerados según acaban de informarme en jefatura de zona Valparaíso (…). Resto embarque espero ingresarlo a tiempo para la feria del libro que comienza mañana tarde. Saludos”.

Kataraín no se sorprendió demasiado. En vez de molestarse, se sintió responsable por la situación a la que había expuesto a su representante chileno. Algunas semanas después, en señal de gratitud, mandó 10 mil ejemplares de una edición exclusiva de El amor en los tiempos del cólera, que todavía no estaba disponible en las librerías de Latinoamérica.

Navarro no se conformó. Estaba decidido a revelar públicamente lo que había pasado con la obra del Premio Nobel de Literatura de 1982. Como socio de la Cámara Chilena del Libro puso un reclamo formal. El encargado de contactar a las autoridades fue el periodista Héctor Velis Meza, gerente de la entidad. -Los escritores estaban en el limbo, porque no existía una oficina formal de censura y cuando preguntabas siempre te chuteaban para otro lado. Era como El Castillo, de Kafka, nadie entendía nada. Nosotros sólo buscábamos que se reconociera la censura -cuenta Velis Meza, quien envió una carta al Ministerio del Interior el 10 de diciembre.

Navarro también recurrió al Consulado de Colombia en Chile. Fue allí donde conoció a Libardo Buitrago, quien ocupaba ese cargo desde 1983, representando al gobierno de Belisario Betancur. Gracias a la gestión de Buitrago, Navarro pudo rastrear el recorrido de sus libros. Así se enteró que el cargamento todavía no había sido quemado cuando él visitó Valparaíso el 19 de noviembre, sino que estaba todavía en la bodega Simón Bolívar. La incineración real se llevó a cabo recién el 28 de noviembre. Los únicos testigos de la pira de papeles fueron un par de efectivos de Investigaciones y uno de Aduanas.

El reconocimiento de la quema de libros llegó al Consulado colombiano el 9 de enero de 1987, en forma de una carta acompañada de un timbre con la palabra “confidencial”. El remitente era el vicealmirante John Howard Balaresque, quien reemplazó a Hernán Rivera como jefe de Zona apenas unas semanas después de los hechos.

“Se impuso la medida de censura previa a la correspondencia del señor Arturo Navarro, decretándose la incautación de un cargamento de libros enviados del extranjero. Se dispuso que Investigaciones revisara el texto de tales libros, ordenando la incineración de aquellos cuyo contenido infringiera (…) la Ley de Seguridad Interior del Estado. Como consecuencia, fueron incinerados La aventura de Miguel Littin clandestino en Chile y Proceso a la izquierda por haberse constatado que su contenido transgredía disposiciones constitucionales”.

-Este reconocimiento requirió de mucho ingenio y destreza diplomática. Logramos algo casi imposible. Sirvió para que la aseguradora pudiera devolverle parte de las pérdidas a Oveja Negra -recuerda Buitrago, quien conoció a García Márquez cuando era subdirector del Servicio Postal en Colombia y se estrenó una estampilla en su honor, tras ganar el Nobel.

Todo se hizo público recién el 24 de enero de 1987, a través de la agencia AP. Los medios chilenos replicaron tímidamente la noticia, pese a la conferencia de prensa dada por la Cámara del Libro. El episodio fue olvidado rápidamente y ocupó solamente una línea en la biografía de García Márquez escrita por el inglés Gerald Martin.

El cineasta Miguel Littin le comentó a su amigo “Gabo” lo que había ocurrido con los libros en Chile pocos días después de que la información de AP se esparciera por el mundo. Según recuerda, lo comentaron sólo esa vez y su reacción fue tibia.

-“Gabo” era imperturbable. Aunque no recordaba que eso le hubiera pasado en otra parte del mundo, lo leyó como parte del contexto de lo que ocurría en Chile. Pero eso también le dio la seguridad de que lo que había hecho era importante. Muchos dirigentes políticos regresaron a Chile clandestinamente después de la publicación del libro -revela Littin, quien se pregunta por qué no han salido nuevas ediciones de la obra. De las antiguas, guarda decenas de copias en su casa.

El vicealmirante (R) Rivera Calderón, hoy de 85 años, declinó hablar con Culto, pero su hijo Hernán cree que la orden de incineración no fue idea suya, sino una instrucción de arriba.

Para Navarro, esta explicación tiene sentido, pues imagina que la verdadera batalla se daba en esferas más altas, entre el escritor y el general. Después de estos sucesos, se alejó del negocio de los libros para dedicarse a la gestión cultural, pero mantuvo una pequeña editorial independiente a la que bautizó como Humo Blanco, en homenaje a las letras quemadas hace casi 30 años, en un rincón de Valparaíso.


Sobre el autor: