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Culto
Tyson recuerda

Tyson recuerda

Se acaba de publicar Toda la verdad, las memorias del ex campeón de los pesos completos. Quinientas diez páginas en las que el boxeador entrega una mirada descarnada a su propia leyenda.

Lo primero que hay que tener claro es que en este tipo de libros -las memorias de celebridades -un lector no debería buscar el refinamiento de una pluma literaria ni el preciosismo en el ejercicio de la lengua. A lo que aspiran memorias como la de Mike Tyson es a que el recuento escrito de esa vida esté más o menos a la altura de la gloria alcanzada en una cancha de fútbol o en un ring de boxeo, según sea el caso.

Esto no porque quien escribe las memorias carezca de las competencias para escribir un texto que tenga vuelo literario -sin ir más lejos, Open, las memorias de André Agassi, fueron escritas por J. R. Moehringer, quien ganó el premio Pulitzer además de otros reconocimientos literarios-, sino porque sencillamente el interés del “memorioso” y de la misma editorial no pasa necesariamente por ahí. Lo que buscan las memorias de este tipo es ofrecer la mirada del otro lado, la del protagonista, a la que rara vez accedemos, o porque los guardaespaldas nos cierran el paso o sencillamente porque siempre lo hemos visto a través de la televisión.

Toda la verdad, las memorias de Myke Tyson, ofrece precisamente esto. La historia del propio ex campeón de peso completo contada desde ese otro lado, sin reservas ni pudores. Desde la cruda infancia en Brownsville (Brooklyn) hasta los entretelones del juicio por violación que debió afrontar, pasando por los días en que estuvo en el Indiana Youth Center: fue condenado a diez años, pero terminó libre al cabo de tres, por buena conducta.

Los amantes del boxeo se deleitarán con el detalle de cada una de las peleas que Tyson revive, incluso con los entretelones de su derrota más famosa: el día en que le arrancó parte de la oreja a Evander Holyfield.

Con todo, lo más revelador es el recuerdo que Tyson hace de su infancia, sus días como pandillero en Brownsville, los abusos a los que se vio expuesto por ser un chico débil, su amor por las palomas. Y cómo el boxeo lo libró de terminar asesinado en alguna calle del barrio, como ocurrió con muchos de sus amigos. A la luz de estas memorias, Tyson es un resiliente, aunque eso no significa necesariamente que su vida se haya convertido en un modelo de virtud.

En una de sus 519 páginas, Tyson, ya convertido en un personaje célebre, cuenta: “Los coños (váginas) eran como una droga para mí. Cuando iba detrás de ellos, no había un hombre más desesperado sobre la faz de la Tierra. Los únicos que podían superarme eran los pedófilos y los pansexuales”. La contracara de estos pasajes son los recuerdos de la relación que forjó con Cus D‘Amato, su mentor y el hombre que vio en él, cuando aún no llegaba a los catorce años, aquello en que se habría de convertir.

Tyson había descubierto el boxeo pocos meses antes de conocerlo. Había tomado clases con un ex boxeador amateur, Bobby Stewart, estando recluido en el centro penitenciario de Elmwood.

Fue él quien lo lleva un día al gimnasio de D‘Amato. Al viejo, que había entrenado a Floyd Patterson -campeón de los pesos completos en los cincuenta y parte de los sesenta-, le bastó verlo unos minutos haciendo guantes para decirle: “Si me haces caso puedo convertirte en el campeón de los pesos pesados más joven de la historia”.

D‘Amato le hablaba de sentimientos, de emociones y de la sicología del boxeo. Le decía cosas como que “el miedo es el principal obstáculo del aprendizaje”. O bien: “Si no llevas dentro a un guerrero espiritual nunca será un luchador”. Cuando no, le hablaba de su relación con el dinero: “El dinero es algo para arrojar desde los trenes. El dinero significa seguridad y, para mí, la seguridad significa la muerte”.

Sobre las últimas páginas tanto Tyson como el escritor Larry Sloman dan las gracias. “Como ya sabe todo el mundo, (Tyson) es una persona dolorosamente honesta e increíblemente sensible. Cuando surgían determinados temas durante nuestras charlas, Mike se derrumbaba y, a veces, sollozaba de forma incontrolable”.

Toda la verdad revela la mirada de Tyson sobre su intensa y, por momentos, dramática vida. Sloman no es Gay Talese ni Truman Capote, pero la historia se deja leer. Con todo, para los amantes del boxeo, y sobre todo para los admiradores de Tyson, las memorias del chico malo del ring los harán gozar tanto como un nocáut de Iron Man.


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