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Culto
Valeria Luiselli: “¿A quién no le obsesiona la muerte?”

Valeria Luiselli: “¿A quién no le obsesiona la muerte?”

El Estados Unidos de Donald Trump es solo la punta del iceberg. Niños cruzando fronteras de manera ilegal, dando explicaciones en las cortes migratorias gringas y la necesidad de historias trágicas –reales- para poder regularizar su situación, son las mezquindades cotidianas que observó por meses la escritora y columnista de El País, Valeria Luiselli (33), y que expone en Los niños perdidos, su cuarto libro que salió en dos idiomas y que este martes será lanzado en EE.UU.

“A menudo, mi hija se refiere a los niños indocumentados como “los niños perdidos”. Se le olvidan, tal vez, las palabras más difíciles “indocumentado” o “migrante” o “refugiado”.

Al final de la conversación, ella muere. Ella: Valeria Luiselli, escritora mexicana autora de Papeles falsos (2010), Los ingrávidos (2011), La historia de mis dientes (2013) y Los niños perdidos (2016). En sus últimas palabras, dichas a través de un celular, advierte el ingreso a un túnel camino a Manhattan, Estados Unidos, que la hará desaparecer por siempre de la conversación; que ésta es una posibilidad única; que cuando no se escuche nada más a al otro lado del teléfono, hay que asumir su partida sin intentos de que aparezca nuevamente.

Se puede estar muerto en vida y a Luiselli, ese tema en particular, le obsesiona. Sus personajes se enredan a menudo en la apatía y la desaparición de la propia existencia aunque ocupen un espacio físico que podría hacerles sentir que tienen un lugar seguro que habitar. A esa sensación de vacío, en Los ingrávidos, el personaje principal le llama “afantasmarse”.

En Los niños perdidos, el último ensayo de la mexicana -que ha publicado en múltiples revistas latinoamericanas, The New York Tomes, Dazed y Confused y que hoy se dedica a describir los horrores migratorios en El País de España-, se describe otro tipo de muerte: la de la niñez. Es la realidad cruda y sórdida de los pequeños migrantes en Estados Unidos que dejaron sus países para arrancar de la violencia, precariedad y abusos, pero se sumergen en un recorrido donde vivir les sale por el instinto de llegar a un lugar seguro; un lugar que en la era de Donald Trump -ni antes- existe.

Los relatos se desarrollan como respuesta a 40 preguntas que Luiselli, en un trabajo que tomó de traductora en la Corte Federal de Inmigración de Nueva York -mientras resolvía su propia situación migratoria en Estados Unidos- , realizaba y traducía a niños migrantes que esperan saber si es que serían deportados o no. Durante el proceso, Maia, su pequeña hija, iba aportando su visión y dudas sobre algo que terminó por sucumbir en forma de letras a Luiselli.

Antes de trabajar como traductora de niños migrantes de la Corte de Nueva York, ¿te cuestionaste el tema con tanta intensidad como ahora?

Antes de venirme a vivir a Estados Unidos, cuando estaba haciendo mi carrera de filosofía política en México, me gradué con una tesis que era una crítica a la teoría de la justicia de John Rawls, un filósofo gringo, desde el punto de vista de la migración ilegal. En esa tesis –que hice a los 23 años-, argumentaba que la tarea de Rawls no entendía la justicia como un problema global, sino que solo como una complicación local, lo que lo llevaba a excluir a migrantes indocumentados de su visión del contrato social. Al parecer, desde entonces tenía yo esa obsesión con el tema. Hoy, doy clases sobre eso y escribo sobre eso. No es mi único tema, pero es una de las cosas que más me ocupan.

¿Qué fue antes: las columnas sobre inmigración en El País o la idea de escribir un libro anticipando partes por el periódico español?

No es tan claro. Tomé notas a mano y en la computadora, y en ese proceso algunas de ésas se volvieron columnas para El País. Algunas otras de esas columnas son posteriores al libro, porque el libro original es en inglés. Los niños perdidos es un ensayo que escribí primero en inglés, en una revista llamada Freeman’s, que dirige John Freeman, editor de la revista de magazine, Granta. Ahí fue mi editor, por eso lo conocí. Él me estuvo insistiendo tiempo que escribiera sobre el tema de las cortes de Estados Unidos y sobre la situación de los niños, porque llevaba como un año trabajando allí.

¿Por qué John Freeman te tuvo que insistir y no fue un “sí” inmediato?

Le dije muchas veces que no podía escribir sobre eso todavía porque era un tema muy profundo y complejo. Pero pasó que durante ese tiempo me quedé en el limbo sin poder trabajar por mi status migratorio. Ese periodo, finalmente, lo aproveché para escribir la primera versión de este libro que terminé publicando de manera intermitente en forma de columna en El País. Luego, reescribí ese ensayo que era de unas 50 páginas y en español. Cuando eso pasó, se duplicó la longitud porque empecé a tener que lidiar con los monstruos al otro lado de la frontera.

¿Qué monstruos?

La migra mexicana. Tuve que dedicarle espacio en el libro a lo que pasa en México cuando lo traduje al español. Eso, a la vez, me llevó a desarrollar poco a poco una visión más integral sobre el problema hemisférico: el problema de los niños no como un problema aislado o aislable. Son muchas las cosas que quizá me acercan a las circunstancias del libro. Por un lado, el hecho de ser mexicana frente a estos niños centroamericanos me avergüenza muchísimo, porque en México ellos son tratados como infrahumanos. En mi país mueren muchos niños que antes son maltratados y abusados. También violan a muchas niñas. Con esa sensación horrible de mucha vergüenza es que los enfrento en la corte.

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—¿Y cómo termina la historia de esos niños perdidos?
—Todavía no termina.

Maia, la pequeña hija de Valeria Luiselli y el escritor –también mexicano- Alvaro Enrigue, ha crecido sumergida en el mundo académico de sus padres. También en mapas, historias de migración y viajes que realizan en familia abriendo ruta hacia las zonas fronterizas de Estados Unidos con México. Se acercan a la realidad, que en el fondo, viven cotidianamente: la de un migrante.

¿Dudaste en algún momento contarle a tu hija cuál era la realidad de otros niños en Estados Unidos?

No y es porque este tema me toca fibras profundas. Ella, entre todo lo que cuento, cursa sus primeros años de escuela que es una del barrio. Acá hizo el prekinder, kinder y el primero de primaria, y la gran mayoría de sus compañeros eran niños mexicanos y centroamericanos, muchos de ellos ya nacidos aquí, pero con padres indocumentados. Entonces, digamos que para mí también a través del contacto con mi comunidad, mi barrio y mi gente se volvió una realidad muy cotidiana. No solo después en la corte, sino que también en mi vida diaria. Eso no podía ocultarlo.

¿Qué sensación te transmite ella sobre lo que le cuentas?

Me pregunta todo el tiempo. Hay unas escenas que cuento en el libro sobre las dos niñas chiquitas guatemaltecas.

-¿Por qué viniste a Estados Unidos?
-Eso no sé.
-¿Cómo viniste hasta aquí?
-Nos trajo un señor.

La historia que Luiselli contó a su hija fue la de dos niñas de cinco y siete años que entrevistó en la corte de migración mientras su madre miraba a un costado la situación. Las tres provenían de una aldea de Guatemala. La madre, años antes de que se enfrentara a la corte, cruzó la frontera mexicana y estadounidense indocumentada para radicarse en Long Island –un terreno sombrío al costado de Nueva York- donde tenía una prima. Entonces, se asentó, se casó de nuevo, tuvo un hijo, juntó plata y, luego, llamó a su madre para decirle que ya era hora de que sus hijas cruzaran la frontera de manera ilegal. Le dio las instrucciones que incluía entregar a las niñas a un desconocido y bordarles el número de teléfono en un vestido que no se podrían sacar ni para bañarse hasta llegar a Estados Unidos. Y lo lograron.

—¿Y ya? — pregunta mi hija
—Y ya—le digo.
—¿Así termina?
—Sí, así termina.

Aunque no, no termina así. Las niñas contaron poco de cómo llegaron a cruzar dos fronteras junto a un desconocido. Incluso, aseguraron recordar poco de cómo era su vida en Guatemala. En esos casos, explica Luiselli, si las respuestas de los niños no son suficientes para tener derecho a ser protegidos, la deportación es el final más posible.

¿Qué le contestas a tu hija cuando todavía te pregunta por ellas?

Que no sé. Ella insiste, pero le digo la verdad: no supe más. Es difícil, pero para esto hay que tener estómago y hay que saber que en realidad las emociones negativas que uno puede llegar a tener con respecto a todo esto, no son útiles para nadie. Hay que aguantar varas, cerrar los ojos y seguir ayudando a los que puedas ayudar, y ya.

Los niños se expresan, muchas veces, en un lenguaje literal y de orden complejo. ¿Hasta qué punto puedes intervenir esas respuestas en las traducciones?

Hay muchos niveles en la labor de hacer este tipo de traducción e interpretación en la corte. No solo estás traduciendo de un idioma a otro, sino también cambias del lenguaje adulto al lenguaje infantil. Eso pasa de varias maneras, porque les tengo que traducir a los niños las preguntas que están formuladas como para un adulto y luego, de algún modo, tengo que reformular algunas de las cosas que dicen sin cambiar ni modificar su significado para que luego sea comprensible en un reporte, testimonio, etcétera.

—¿Cómo viajaste hasta aquí?
—Nos trajo un señor.
—¿Un coyote?
—No, un señor.
—Okey. ¿Y el señor se portó bien con ustedes?
—Sí, se portaba bien, yo creo.
—¿Y por dónde cruzaban la frontera?
—Eso no sé.
—¿Texas? ¿Arizona?
—Sí, Texas Arizona.

¿Valeria, qué te pasa cuando vas escuchando el relato y te das cuenta que el testimonio es suficiente como para que el menor sea expulsado de Estados Unidos?

Es la peor sensación que existe. Es difícil. Puede suceder que un niño tenga una orden de deportación y que no necesariamente lo deporten, pero tienen que vivir con esa sombra el resto de sus vidas. Tampoco esa es una situación que alguien quiera, porque aún si se quedan aquí saben que están marcados, como las reses. Es una cosa muy inhumana y horrorosa.

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—¿Por qué viniste a Estados Unidos?
Se me queda viendo y responde:
—¿Tú por qué viniste?

El que devuelve la pregunta es Manu Nanco (16) –nombre de fantasía que puso Luiselli al adolescente para poder contar la historia-. Es hondureño. Es custodiado por su tía en Estados Unidos. En su tierra natal, una pandilla mató a su mejor amigo frente a él. Manu no fue al funeral. Luego, llamó a su tía que vivía en Nueva York. Le pidió irse a vivir Estados Unidos. La tía aceptó. Luego, un coyote – como le llaman en México a quienes pasan migrantes por la frontera entre México y Estados Unidos- fue a buscarlo para concretar el traslado. La de Manu es la historia con el final menos incierto.

¿Has vuelto a saber de él?

¡Claro! Él sabe que aparece en el libro. A él lo veo casi todas las semanas. Si bien está acá, también hay que tener en cuenta que la situación acá está cambiando por día y no sabemos, nadie aquí, si va a haber reformas migratorias que se les puedan dar asilo o algún tipo de alivio inmigratorio a estos niños. Por lo mismo, agregué ocho post datas en el libro en inglés, sobre la situación post Donald Trump.

¿Hay alguna certidumbre sobre las reformas migratorias?

Tenemos claro que la situación está cambiando por día, pero no sabemos, nadie aquí, si va a haber reformas migratorias que impidan que se les pueda dar asilo o algún tipo de alivio inmigratorio a estos niños. Porque así como Trump hizo el llamado “muslim ban”, excluyendo a ciertos países de mayoría musulmana, podría perfectamente excluir a centro y Latinoamérica o simplemente al triángulo del norte que es Guatemala, Honduras y El Salvador, de poder beneficiarse de leyes de migración como las que ahorita beneficia a los niños. Muchos abogados de migración creen que eso va a pasar muy pronto. De hecho, la situación en las cortes es un poco como de redoblada emergencia. Están tratando de procesar más casos más rápido para que se puedan procesar lo más pronto posible.

¿Cómo intervienes el tema migratorio ahora?

Mi participación ahorita es mucho más a través de Teenage Immigrant Integration Association (TIIA) que fundé con mis alumnos de Hofstra University donde trabajamos con estos mismos chicos que viven en North Island. Juntos, ofrecemos en la misma universidad clases de inglés, organizamos partidos de fútbol y hacemos sesiones de debate sobre derechos y responsabilidades civiles. Todo con miras a facilitar lo más posible el proceso de integración de estos chicos migrantes, algunos de los cuales están esperando aún la resolución de sus casos y otros de los cuales ya tienen parte del caso resuelto. También le doy seguimiento a casos que tuve en la corte y que ahora siguen avanzando, pero ahí mi traducción es entre abogados y niños, no en la corte sino en los despachos de los abogados que están preparando sus solicitudes.

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“Dejar una vida. Dinamitar todo. No, no todo: dinamitar el metro cuadrado que uno ocupaba entre la gente. Más bien: dejar sillas vacías en las mesas que se compartían con las amistades, no a modo de metáfora, sino en verdad, dejar una silla y volverse un hueco para los amigos, permitir que el círculo del silencio en torno a uno se ensanche y se llene de especulaciones. Lo que pocos entienden, es que uno deja una vida para empezar otra”.

El párrafo, que es de Los Ingrávidos (2011), tiene elementos exactos que sostienen las vértebras de los relatos de Los niños perdidos. Las mismas que han parado las dos novelas de Luiselli. Allí, la soledad, la ausencia y la muerte son un tópico del que es difícil de salvarse. En sus textos los personajes transitan, sin estar sometidos a grandes tragedias –a excepción de su último ensayo-, por la apatía que les genera el secreto de un pasado sufrido y por la sensación de un estado de perpetua invisibilidad. Para ellos: la muerte en vida.

¿Qué trasfondo hay detrás de esas temáticas?

Necesidad y voluntad. Es una mezcla. La escritura nace de una interjección entre esas dos cosas. A veces hay corrientes muy profundas en el alma, miedos, inseguridades, pero también pasiones e intereses que quizá funcionan como primer impulso de la escritura.

Es una pulsión que te funciona bien.

Es que creo que la muerte, definitivamente, es un tema. ¿A quién no nos importa? ¿A quién no le obsesiona la muerte? Cuando escribí Los Ingrávidos era una obsesión muy física. Me acuerdo que constantemente tenía la sensación de que me iba a morir muy pronto.

¿Qué te hacía creer eso?

No sé, quizá es una cosa muy de juventud o más de paranoia, pero en esa época era algo a lo que le dedicaba mucho tiempo. Ahora son otras cosas en las que pienso.

¿Hay un cierre de ciclo con Los niños perdidos contando historias que podían ser, por su crudeza, perfectamente parte de alguna de tus novelas?

Sí, hay algo así. Creo que acá hay una melancolía profunda y también momentos en que trato de capturar que son ellos, los niños, redentores de esa soledad y de cierta melancolía profunda. Ha sido bueno explorar esos rincones que, finalmente, no siempre son tan luminosos.

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