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Culto
Chuck Palahniuk abre las puertas del club

Chuck Palahniuk abre las puertas del club

Poco más de veinte años después de la primera publicación de El club de la pelea, filmada en 1999 por David Fincher, llega una secuela convertida en novela gráfica. Su autor elaboró un guion a la altura de su notable historia, y Cameron Stewart la ilustró como si fuese propia.

FUERON las pastillas. No fueron los hombres de gris. El día de su noveno aniversario de matrimonio, Marla Singer ha decidido cambiar los medicamentos que consume su marido para controlar sus brotes sicóticos, pues éstos lo han convertido en un tipo gris, manso, entregado. La irresistible Marla, “el rostro que provocó mil viajes a urgencias”, ahora tiene 35 años y aún es guapa, pero por dentro cree tener más de 50, se siente abatida y por eso quiere recuperar el vigor del hombre que, como cuenta, mientras ella se moría de una sobredosis, “le devolvió la vida a polvos”. La jugada funciona: logra traer de vuelta a su esposo, aunque aquello tiene consecuencias: junto con él, también ha regresado Tyler Durden, su amigo imaginario, el mismo que hace diez años lo envolvió en ese feroz despliegue de violencia y nihilismo que dio origen a la historia detrás de El club de la pelea.

La novela de Chuck Palahniuk se publicó en 1996, pero obtuvo notoriedad mundial gracias a su versión cinematográfica dirigida por David Fincher y protagonizada por Edward Norton, Brad Pitt y Helena Bonham Carter. Ahora el relato llega a librerías con una segunda parte en formato de novela gráfica. Son 278 páginas que tanto como continuar con las andanzas de la pandilla de saboteadores, profundiza en algunas líneas clave de la historia original y ofrece nuevas aristas sin perder un ápice de la intensidad, pues el propio novelista ha desarrollado la trama en complemento con el ilustrador Cameron Stewart (Assassin’s Creed).

“Mi teoría favorita sobre el éxito de El club de la pelea es que la historia presentaba una estructura para que la gente se reuniera”, escribió Palahniuk en uno de los ensayos del compilado Error humano y luego da cuenta de las muchas veces que debió tratar de convencer sin éxito a sus lectores de que tal club no existía, “que no hay ninguna sociedad secreta de clubes donde los tipos se dan de puñetazos y se quejan de sus vidas vacías, sus carreras insignificantes y sus padres ausentes; que los clubes de la pelea son una fantasía”.

Pero no le creyeron.

Y muchos siguen sin creerle.

Además de un trabajo gráfico impecable, El club de la pelea 2 trae bastantes condimentos al núcleo de la historia. El protagonista, que antes era un narrador anónimo, ahora tiene nombre. Y hay personajes que llevan la trama a direcciones insospechadas, como el hijo de éste con Marla. Es un chico retraído que en los ratos libres se entretiene fabricando explosivos caseros con ingredientes que encuentra en el patio o la cocina. Mientras, los noticiarios de TV informan de un grupo de hombres vestido de negro que entra a galerías y museos para manchar con sangre prestigiosas obras de arte. Toman anticoagulantes, instalan un dispositivo en las venas de sus brazos, apuntan y disparan.

Tal como en la primera entrega, el lector vuelve a zambullirse en los grupos de apoyo a pacientes con enfermedades terminales que funcionan como espejo de los saboteadores. Esta vez se trata de uno que reúne a niños afectados con el síndrome de Hutchinson-Gilford (o Progeria) el cual causa una aceleración del proceso de envejecimiento. Pero lejos de ahondar en el drama, los chicos, muchos de ellos expertos en piratería informática, se confabulan con otros similares en distintas partes del mundo y desatan el caos cuando son contactados por una asociación de beneficencia empeñada en cumplir sus últimos deseos a cualquier costo (un guiño evidente a los estrafalarios acontecimientos que mueven su novela Pigmeo).

El libro incluye un prólogo de Gerald Howard, el editor que leyó El club de la pelea cuando era apenas un relato breve y le aconsejó trabajarlo como novela. Cuando estuvo lista, Howard convenció a su comité de que lo autorizara a ofrecerle 6.000 dólares como anticipo. “Me tragué la tesis del libro, me la tragué sin dudarlo: sostenía que el hombre contemporáneo padecía la ausencia de modelos masculinos fuertes y el desasosiego provocado por el trabajo inútil y el consumo”, anota. “Sin embargo, mi respuesta sincera a la pregunta que debe hacerse todo editor, ‘¿Quién va a comprar esto?’, no podía ser más que una: ‘No tengo ni puta idea’. Hacían falta un sentido del humor algo retorcido y un estómago de aguante considerable para ir adonde te llevaba Chuck. Desde luego, no tenía nada que ver con lo que se publicaba a mediados de los noventa. Y eso era lo que me gustaba”.

Levantarse o morir. La premisa sigue intacta tal como las inquebrantables reglas del club. Y desde esa premisa y esas reglas comienzan a configurarse las muchas lecturas de esta novela. Decir que la obra de Palahniuk es violenta y grotesca a secas es quedarse en el primero de muchos escalones que hay hacia abajo. Es un autor exigente que pone al lector frente al mundo, y con ello pone a prueba los márgenes de lo tolerable de la vida diaria y de la impavidez de nuestras reacciones.

“Los hombres son depredadores en ciernes. Abandonan la enseñanza en hordas”, dice uno de los integrantes del club. “Tras veinte años de estudios, no tienen profesores que contentar ni dónde estar. Entonces vas y te compras un sofá o armas una secta”. El tiempo que alguien demora en aceptar la segunda opción es lo que termina autorizando su entrada al club.

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