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Culto
María Moreno

María Moreno

María Moreno no es María Moreno. Es Cristina Forero. Autora del popular libro Black Out. Mujer de edad indeterminada, (nunca dice su edad) biografía “accidentada”, (eufemismo que normalmente se utiliza, mediáticamente hablando, para no explicitar, tan a menudo, que estuvo familiarizada con el gollete), y gestora del popular suplemento de mujeres, hasta ahora, más vanguardista que ha existido en el influyente y conservador diario argentino, El Tiempo.

La imagen no siempre coincide con el estereotipo, prejuicio o cuadro, que una pueda hacerse del autor. Black Out, por ejemplo, es extremo, pero María Moreno, no. O no parece, o ya lo superó, o no sé, solo sé en realidad que es difícil definir lo extremo. María Moreno toma agua en la barra de un hotel, y soy su cuarta entrevista de la mañana. Son las doce. En una hora más estará cruzando la cordillera y pensando en su próximo libro: un libro que se enfrente al actual.

—¿María es verdad que después de Black Out debes comenzar a pensar contra ti misma?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque cuando el otro comienza a leerte como un cliché, algo está mal, y debes cambiar.

—¿Acaso crees que te están leyendo como un cliché del under?

—No.

—¿Black Out está construido desde el dolor y la catarsis?

—¡No!

—¡Cómo!, ¡Me engañaste entonces! Pensé que sangrabas mientras escribías…

—Bueno se trata de engañar un poco, ¿O no? Pero la verdad es que nunca sangro. La sangre en literatura solo sirve para hacer bolsitas.

—¿Entonces qué tiene de malo que disfrutes un poco del éxito?

—¡De qué éxito me estás hablando!, ¿Qué es el éxito? Quizás un poco de reconocimiento sí, pero el éxito no existe. Si te acomodás caes en el riesgo de plagiarte, y eso no puede ser… Ahora después de Black Out, por ejemplo, tengo que cambiar; no puedo seguir más interviniendo en esa línea.

—¿Por qué?

—Porque no quiero llegar al extremo de plagiarme.

—¿Y cómo sabes cuando estás llegando a ese extremo?

—Es muy difícil, pero creo que escuchar ayuda. Debes escuchar a todos, inclusive, a los que te agravian.

—¿Aunque sean venenosos?

—Aunque sean venenosos, ya que siempre tras su veneno, existe algo de verdad. Si alguien te quiere envenenar, por ejemplo, debes transformarte un poco en la vacuna que se reactiva.

—¿Destilar el veneno entonces?

—Sí destilarlo como se destila el whisky. —Dice.

Y de inmediato vuelve a clavar sus ojos al infinito. Seguimos tomando agua, pese a que en Black Out afirma, que el agua solo sirve para la misa. Estamos en un hotel de la categoría “tipo”. Del tipo gente uniformada, lámparas de lágrimas, sillones de cuerina y música del estilo jazzístico-tranquilo que no escucharía nadie. La espalda de María se refleja ante un espejo que está tan lleno de repisas con botellas de vodka, whisky y ginebra que su imagen luce más como el cuadro de su personaje de Black Out que como ella misma. María tiembla. Está incómoda. Hay algo entre ella y el taburete donde está sentada que se interpone. El exceso de rímel y su flequillo ya crecido, no la dejan ver. Tal vez es eso, o tal vez es que ya está cansada de aclarar una y otra vez, que “ella” en Black Out no es exactamente “ella”. Y que todo, como es lo habitual en la literatura, transita por la ficción.

—María, ¿Qué hay de la frase “bebo en exceso porque bebo por la boca de mi padre”?

—Es una figura literaria, ya la escribí y ya está.

—Bueno a mí me gustó, me habría gustado escribirla.

—No sé qué decirte.

—No me digas nada…

—Mirá, uno siempre ficciona. Para escribir desde el “yo” hay que cumplir ciertas reglas… Construirse un personaje, ¿Me entendés?

—¿O sea que nada es real?

—Hay mucho de real pero no todo.

—¿María Moreno es un personaje?

—La muevo como tal… Es un seudónimo, un chiste. Me puse María Moreno en el período en que trabajaba en el diario El Tiempo para escribir sobre saberes que me eran más ajenos, (como cocina, moda, etc). Yo en ese tiempo, (en los ´80) llevaba una vida nocturna, en la que salía con gente más del ámbito de la literatura y la bohemia que de los suplementos de mujeres, y por lo tanto, me pareció más coherente escribir desde María Moreno, (que sonaba a apellido bien) que desde mi nombre. Y el chiste estaba justamente ahí, en que una mujer de apellido “bien”, tomara enfoques más bien transgresores y feministas sobre ciertos temas…

—Pero luego seguiste con el mismo seudónimo…

—Sí, seguí porque me sentí tan cubierta que terminé siendo yo misma. —Me dice, y uno no puede dejar de pensar en la fusión entre seudónimo y nombre: entre Cristina Forero y María Moreno en Black Out. La transfiguración lo traspasa todo, cada letra de su escritura. “Mi cuerpo olía mal. A trapo macerado en alcohol, a sudor seco. Quiero imaginarme que no a sexo ni a queso porque me lavaba por partes en una palangana colocada junto a la cama para eludir la distancia friolenta del cuarto de baño, ubicado del otro lado del pasillo.” Escribe, y en otra página, aclara, que como un kamikaze cualquiera, “mato todo lo que amo.”

—¿Qué piensas de las relaciones de pareja?

—Son un fracaso rotundo, el amor siempre falla y las relaciones son un permanente equivoco.

—¿Cómo?

—Que el arte de la relaciones duraderas, es el arte de la castración mutua.

—Pero hay gente que dura…

—Sí, pero, pese a eso, las relaciones, continúan siendo un equívoco. Lo que pasa es que hay gente que maneja el arte de hacer duradero el equívoco.

—Me diste miedo…

—Ya, (se ríe).

—¿Y el matrimonio entonces qué significa?

—Una castración al deseo que no se puede soportar.

—¿Qué propones?

—Relaciones múltiples.

—¿Esa es tu utopía?

—Sí, relaciones que no tengan el anclaje ni en el objeto mismo ni en la posesión. Sino en las propias personas.

—¿Qué es para ti la soledad?

—Un momento hermoso. Soy solitaria y cada vez que recuerdo mis momentos de máxima felicidad, me doy cuenta que son aquellos donde estoy sola.

—¿No relacionas la felicidad con más seres humanos?

—Sí, pero no son mis momentos de máxima felicidad.

—Nárrame un momento de máxima felicidad.

—Cuando estoy en mi cabaña del Tigris y me ligo a un placer doméstico como cocinar o tejer. Me gusta tejer en el Tigris, lo hago pésimo, pero hallo placer allí… Soy como una araña pollito que hace y deshace el mismo bolso siempre, probando puntos que no funcionan, sentada en el dek, viendo el amanecer.

—¿Y no hay nada más?

—Sí, mis gatas. Tengo tres y les hablo de todo. Disfruto de esas posturas.

—Siempre ha sido así…

—Sí, siempre, soy hija única, y me recuerdo sola. En mi cuarto planteándome la fabricación de mis propios juguetes: de unas muñecas que me salían horribles.



Lo políticamente incorrecto según Moreno

Para María Moreno lo que es “políticamente incorrecto” implica riesgo, costo, dolor. No sirve, por ejemplo, el eterno payaso político que va a la tele a fingir agravio, llevándole la contraria a todo lo que se mueva, como parte del mismo show. Como tampoco, sirve, la loca histérica, que habla y habla pero que jamás se sale del ring del status quo; del chiste fácil y de la frase “seudo transgresora” y mil veces repetida. “En un punto todos los que fueron políticamente incorrectos, terminan siendo reaccionarios. Transforman la crítica en un tic, en un mecanismo de agraviador profesional…Solo se transforman en el payaso de turno.”

—El humor político, entonces, es políticamente incorrecto.

—Depende. No todos. No me parece políticamente incorrecto, por ejemplo, el humor que desarrolló Charlie Hebdo en Francia. Creo que más allá de la tragedia, su línea era terriblemente conservadora: no hacía burlas con sofisticación retórica, sino, muy por el contrario, era fácil.

—¿Y qué es políticamente incorrecto entonces?

—El movimiento “Una menos”, allí sí encuentras incorrección, en las figuras que toman para protestar ves el riesgo.

—¿Y en una mujer sola en un bar hay incorrección?

—Creo que allí más que incorrección, existe un tabú enorme, yo en un bar, por ejemplo, siempre llamo la atención, el mozo siempre me mira y me dice: ¿otro?

—¿Es verdad que llega un punto en que el alcohol te deja?

—Sí, porque bebes y bebes y la angustia no se va… A mí, por ejemplo, él me abandonó, me dejó sola.

—¿Y te calmó en algún minuto?

—Sí, cuando me amaba, pero después ya no me quiso más.

—¿Lo abandonaste?

—Por mucho tiempo.

—¿Y has vuelto?

—Sí. Ahora, llevamos una relación normal; anoche, por ejemplo, me tomé dos whiskys y ya.

—Hablas de él como si fuera alguien…

—Una amiga me dijo lo mismo, que hablaba del alcohol como si fuese un tipo, como si estuviese permanentemente en una especie de duelo por dejarlo.



Exposición y timidez

“Soy esencialmente tímida. Los minutos sociales me cuestan tanto, que la exposición pública, se ha transformado en el tema de mi vida…Me duele, pero lo hago igual.”

—¿Lo superas?

—No, no lo supero nada, sufro de pánico escénico pero a un extremo absoluto. Y por más que sigo intentándolo no lo supero, no me acostumbro, no hay entrenamiento, no hay mejoría…Me da mucha angustia.

—¿Cómo describirías esa angustia?

—No tiene figuras, no es que tema que vaya a parecer tonta, o me vaya a trabar, es más bien, un sufrimiento físico.

—¿Y si te duele tanto por qué continuas dando entrevistas?

—Porque para mí es un desafío, y es ahí justamente donde está el sufrimiento.

—¿Y ahora estás sufriendo?

—Sí, no me gusta dar entrevistas.

—Pero esto ha sido más una conversación que una entrevista…

—No, ha sido una entrevista, y parece que he confesado mucho, inclusive más de lo que hubiese querido, inclusive más que en Black Out.


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