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Culto
La colombiana: la geografía de la comedia

La colombiana: la geografía de la comedia

Tenía sentido. La premisa, que descansaba en el modo en que una muchacha migrante cambiaba los prejuicios de un chileno xenofóbo, era perfecta y poseía todo para convertirse en un hito. Pero algo pasó: la teleserie se quedó a medio camino, atrapada entre las buenas intenciones y ciertos problemas de ejecución.

El camionero supuso el regreso del melodrama duro al horario vespertino. Eso quedó claro en la vuelta final de la trama, cuando cualquier triángulo amoroso fue descartado en aras del suspenso que podía provocar la muerte de la heroína romántica. Aquello fue masoquista pero funcionó. La teleserie adquirió un espesor insospechado aunque la trama se licuase lentamente en pos de lo lacrimógeno. La colombiana, que tomó el relevo en TVN, parecía que iba jugar la misma carta, pero, por el contrario, optó por la comedia en una narración delimitada por ciertas exigencias editoriales del canal público: usar el culebrón para tratar el tema de la inmigración y el racismo local, abordar los modos de la inclusión y pensar qué clase de ficción puede construir un canal público.

Tenía sentido. La premisa, que descansaba en el modo en que una muchacha migrante cambiaba los prejuicios de un chileno xenofóbo, era perfecta y poseía todo para convertirse en un hito.

Pero algo pasó: la teleserie se quedó a medio camino, atrapada entre las buenas intenciones y ciertos problemas de ejecución. Porque La colombiana no es mal culebrón, sobre todo en su trama central: Elizabeth Minotta interpreta a la protagonista con inteligencia, humor y dignidad, la chica extranjera perdida en un país y un barrio hostil; y Felipe Braun es capaz de captar las clausuras de su personaje con cierta dignidad sorda.

Pero más allá de ellos, todo resulta un poco borroso y predecible; el humor se lo devora casi todo y por lo mismo, es incapaz de sacarle partido a los temas que quiere abordar. Eso es lo que no permite que las historias laterales (la de la mujer enamorada de un hombre menor, las que corresponden al funcionamiento del hospital y al movimiento diario del barrio Yungay) despeguen porque aparecen desconectadas del relato central por más que todas tengan a la peluquería de Oscar Hernández como centro.

Eso permite que todo vaya rápido pero que, justamente, el tono inclusivo de la telenovela se desvanezca porque lo que vemos no tiene espesor, luce como una caricatura. La falta de calle se nota. La calle trae vida y drama, evita los clichés y convierte un argumento obvio en algo lleno de matices, evitando la gentrificación de las ideas y los argumentos (lo “colombiano” es siempre utilizado como un adjetivo negativo que sirve para cualquier cosa) para hacer de la televisión un espacio que habitar. El efecto es extraño porque es imposible no ver ahí algunas de las coordenadas de los los culebrones familiares de Mega aplicadas como una receta todoterreno que se diluye en una mezcla repetida pero reconocible.

Es una fórmula eficaz pero tensiona las mismas aspiraciones de la teleserie. Lo que queda en el aire es el límite y la necesidad de la comedia como consigna; y el modo en que el melodrama se diluye en una sucesión de sketchs divertidos pero olvidables. Si esta fuese una teleserie más de Mega no habría problema pero se trata de un show emitido por el canal público, que lo exhibe en el momento exacto en el que Chile está discutiendo cómo se configura como una comunidad heterogénea y, con eso, aprende a romper sus decimonónicas fantasías de blancura racial, algo que este tipo de comedia no permite desarrollar.

Por lo mismo, gracias a lo anterior es imposible no pensar en el mapa de las ciudades, barrios y calles que aparecen en nuestra ficción televisiva y qué significan, qué peso afectivo tienen para el espectador. Ese territorio falso es quizás un sueño alucinado de la geografía real, una proyección de sus aspiraciones y pesadillas como si la casa de la familia Herrera en Los 80 o la interminable lista de locaciones que usó Vicente Sabatini en TVN no fueran solo eso, meros escenarios o decorados, sino un apunte de cómo la televisión construye por medio de la geografía los contornos de un país anhelado, apenas entrevisto por medio del destello de las luces de la pantalla. Ahí, habría que preguntarse qué lugar podría ocupar La colombiana.

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