*

Culto
Los sacerdotes de la coherencia

Los sacerdotes de la coherencia

A los adversarios se les exige rectitud en sus decisiones; en caso contrario, se le fustiga por débiles y traidores. ¿Hacemos lo mismo con aquellos que apreciamos? Es evidente que a nuestros cercanos les permitimos variar sus percepciones, atenuar sus principios. De lo que se desprende que la coherencia es un castigo solapado que aplicamos según nos convenga.

Qué extrañas me resultan las personas que ven en las contradicciones un mal, un defecto. Quizá se debe a que he acostumbré a las discrepancias. Mis padres me enseñaron que pensar de una forma y luego cambiar de opinión era una posibilidad habitual. Comprender y conocer al otro implica modificar lo que creíamos inmutable. La cara, los gestos, el tono de la voz, es decir, el cuerpo tiene argumentos que influyen demasiado. Cuando vemos con atención a los demás somos capaces de alterar lo que creíamos.

He observado que es muy propio de las mentes criadas en el dolor y en el resentimiento pedirles a los demás que se atengan a la coherencia. Es una forma de oprimir por medio de las palabras. Entre lo que hacemos, decimos y deseamos hay abismos emocionales que nos impiden tener una sola manera de comportarnos. El animal destinado a morir que somos suele desplazar los preceptos a segundo plano cuando se trata de calificar a lo que vemos y anhelamos, salvo que la represión nos haya mutilado.

Los poetas ven en la contradicción de los términos una posibilidad, una figura estética que denominan oxímoron. Quevedo escribe de “la fría llama que nos consume” para obtener una imagen que fusiona los opuestos, que los potencia. Shakespeare creó a Hamlet para desgranar las urgentes cavilaciones acerca del ser y sus ambigüedades. Nuestras vidas están llenas de situaciones que encierran imposibilidades, desacuerdos, contrariedades, inconvenientes de lo que se desprenden que la contradicción es el roce de la vida con las ideas. De esa fricción provienen las trizaduras y dobleces que le dan espesor a la existencia y densidad sentimental a la vida. Vivir en esa tensión es lo que nos corresponde si tenemos en el horizonte el desenlace implacable que a todos nos espera. La muerte entonces nos obliga a aceptar la contradicción. La coherencia soslaya la vejez y las mutaciones afectivas que trae la experiencia.

A los adversarios se les exige rectitud en sus decisiones; en caso contrario, se le fustiga por débiles y traidores. ¿Hacemos lo mismo con aquellos que apreciamos? Es evidente que a nuestros cercanos les permitimos variar sus percepciones, atenuar sus principios. De lo que se desprende que la coherencia es un castigo solapado que aplicamos según nos convenga.

Chesterton en sus relatos policiales se fija en las contradicciones. Ve en ellas pistas que le permiten llegar la paradoja central, al nudo del problema, cuya interpretación logra descifrar el crimen. Entonces atendemos a que interpretar no es un ejercicio racional, ni lógico. Es el ingenio, con su carga de intuición, lo que ayuda a Chesterton a comprender el misterio. Por siglos fue el ingenio la correcta y superior forma de hilar las ideas con las percepciones. Pero como no todos gozan del ingenio, se luchó contra él hasta extinguirlo. Solo se acepta en el plano del humor. El sentido común y lo razonable han reemplazado esa virtud con deliberado rencor, en nombre de la igualdad. De ahí el dicho: ley pareja no es dura, que siempre lo dicen sujetos parapetados tras malos argumentos y nula compasión.

Tengo la impresión de que los sacerdotes de la coherencia vuelven a escena con la premura de estos tiempos extraños. Leo y escucho opiniones políticas donde se vuelven a utilizar el arsenal retórico asociado a la moral de los que proclaman tener “una sola línea”. Escucho en reuniones y en almuerzos a personas en la misma tesitura, exigiendo al resto que no difiera de sus antiguas opiniones. Hay en ellos una vanidad enorme. Aspiran al control de lo que piensan y sienten quienes los rodean. Tienen miedo a la libertad individual de equivocarse y desear. Les irritan los que expresan sus pulsiones, puesto que son impredecibles. No se dan cuenta que han convertido sus neurosis en un método de argumentar que solo ellos creen infalible.

Sobre el autor:

Matías Rivas |
Director de Publicaciones de la Universidad Diego Portales. Autor de los libros Tragedias oportunas e Interrupciones.