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Culto
Stones en Cuba, un año después: ¿quién ganó con el histórico concierto?

Stones en Cuba, un año después: ¿quién ganó con el histórico concierto?

Aunque el debut del grupo en La Habana se celebró como un hito en el país, finalmente los que más rentabilizaron el logro fueron los propios ingleses, en un recital saturado de turistas e instantáneas para la historia, en otra huella más del apetito que ha guiado su carrera.

El viernes 25 de marzo de 2016, cerca de las 13.30 horas, cuando faltan 30 minutos para que las rejas de la Ciudad Deportiva de La Habana se habiliten para el show gratuito de The Rolling Stones, dos chicos mexicanos se preguntan si el concierto será igual al que ofrecieron en el DF cuatro días antes. Ojalá que no, para volver a casa contando algo distinto.

Un argentino montado sobre uno de los accesos habla de Boca Junios y cuenta que llegó en la madrugada, en pleno amanecer.

Un italiano fuma habano y elogia la polera de un chileno donde aparecen los Stones uniformados de traje y corbata en 1962, a las puertas de la fama, mientras un hondureño le pregunta dónde se reunirán a la salida para retornar a sus alojamientos, para luego tomarse fotos con unos colombianos, saludar a unos nicaragüenses y mirar con asombro una bandera estadounidense con la lengua del conjunto, igual que alemanes, británicos y uruguayos que completan el cuadro, todos nerviosos a medida que el reloj marcha hacia la hora definitiva.

¿Y dónde demonios están los cubanos, los agasajados con esta fiesta, los protagonistas del hito, los miles de ciudadanos que jamás se han estremecido con un megaevento rockero, a diferencia de mexicanos, argentinos, italianos o chilenos, habituados desde hace décadas a estos festines?



Rollinga vs. reggaetón

Algunos, claro, están en el Malecón, como cada día de sus existencias, destapando botellas de ron, dialogando con turistas con poleras del “Che” inflamadas de revolución y sincerando las cosas, porque lo que ellos escuchan es reggaetón, salsa, algún ritmo bailable nacido en las Antillas e incluso fabricado a 370 kilómetros de allí, mucho más al norte, en Miami, donde han triunfado paisanos como Gente de Zona o Descemer Bueno. Por supuesto que han oído del espectáculo de los ingleses, pero no los conocen mayormente o vieron por primera vez sus imágenes -esas que el resto del planeta conoce hace cerca de 55 años– hace sólo un par de días.

Otros cubanos están en las destartaladas canchas de tierra que se reparten por la ciudad, jugando fútbol y calzando las camisetas del Barcelona y el Real Madrid, por lejos los equipos más populares de la isla gracias a un sistema de piratería que en cualquier otro rincón de Occidente semejaría la postal de otra era. Cada jueves, y a cambio de un puñado de pesos locales, los habaneros van a un lugar específico de sus respectivos barrios para que un particular les cargue una memoria USB con partidos de la liga española, telenovelas, videoclips, películas hollywoodenses y hasta programas de TV de países como Chile.

De hecho, no es raro toparse con, por ejemplo, garzonas que preguntan por Oriana Marzoli o Camila Recabarren, las participantes del reality ¿Volverías con tu ex? que emitía Mega a principios del año pasado. Está claro que todos esos son sus referentes: Messi o Cristiano Ronaldo, pero nunca Jagger y Richards.

Hay otros que también han aprovechado la contingencia para salir con sus almendrones, esos autos congelados en la mitad del siglo XX, a acarrear turistas a la Ciudad Deportiva, informándoles a cada uno de ellos que, obvio, les hubiera encantado estar cantando a todo pulmón en el recital, pero que finalmente no tienen tiempo o justo un compromiso les estropeó los planes.

Pero hay otro grupo importante de cubanos que sí decidió llegar hasta el sitio, aunque con más retraso, tomándose el día con calma, porque les interesa mucho más disfrutar de la libertad que significa la experiencia de un show multitudinario, la posibilidad casi inédita de conversar con quienes deseen y gritar lo que se les antoje, antes que mirar de cerca a Keith Richards o esperar si el grupo decidió partir con “Jumpin’ jack flash” o “Start me up”.
Hay una genuina alegría y emoción en todos ellos, sobre todo en los más viejos, los que superan ya los 50 años, y que por décadas se camuflaron en la clandestinidad para escuchar a los Stones, porque acercarse a su música, replicar sus fachas y conocer sus hábitos era finalmente declarar simpatía por el demonio.



Satisfechos

Pero de seguro hay muchísima más emoción y alegría en camarines, en los rostros y las expectativas que durante meses acumularon Mick Jagger, Keith Richards, Ron Wood y Charlie Watts: son finalmente los mayores triunfadores de esta sacudida histórica.

Un año después, más que un hito para el pueblo cubano, el concierto adquirió una dimensión mucho más gigantesca y definitiva en la carrera del conjunto. Un auténtico banquete de millonarios. Un viaje a la tierra prohibida que convirtieron en otro capítulo más de su discografía, en otro flash estelar de una carrera que por estos años empieza a avanzar hacia el retiro.

Son ellos los que en toda esta última temporada han rentabilizado esta historia en poleras, pósters, un disco comercializado en todos los formatos posibles (CD, vinilo, Blu–ray, DVD, con libro, sin libro) y en un documental estrenado en cines donde hay una omisión imperdonable, pero muy ilustrativa: en el registro, no aparece ni un solo cubano hablando, ya que las cámaras y los relatos sólo les pertenecen a los cuatro músicos.

Un proyecto que también puso patas arriba a la tradición. Si en el pasado figuras extranjeras como Sartre, García Márquez o incluso Paul McCartney llegaron hasta la isla fascinados por su cultura, su historia y sus habitantes, esta vez el flechazo se invierte y los Rolling Stones llegaron para ver cómo los cubanos se fascinaban con ellos.

Las plazas, las calles estrechas, los paladares y las residencias de La Habana Vieja o Centro Habana dejan la sensación que un regalo real para sus ciudadanos habría sido un espectáculo gratuito de Wisin & Yandel, Daddy Yankee, Don Omar, J Balvin o algún astro de la música tropical. Ahí de seguro habrían existido filas de fanáticos locales pernoctando durante días a la espera del gran momento, entre carpas, sacos de dormir, botellas de ron y equipos de radio disparando el reggaetón de turno.

Una escena que esta vez casi no existió, ya que casi ningún cubano llegó con demasiada antelación al evento, lo que resulta impensado en cualquier otro punto del planeta: si los Stones ofrecieran una presentación gratuita en un parque o un estadio, de seguro las aglomeraciones habrían comenzado ansiosas semanas antes del pitazo inicial, casi sin alternativa alguna de ganar una buena ubicación llegando el mismo día del espectáculo (como sí sucedió en La Habana).

Después de todo, puede que finalmente esto sea un ajuste de cuentas con la historia, con las décadas en que el rock era considerado pecado y semilla de maldad en la isla, persiguiendo y castigando a sus difusores, tal como lo subrayó la prensa internacional toda esa semana. Y tal como lo deben haber entendido el gobierno castrista y los propios Stones, dispuestos a legitimarse mutuamente tras una vida completa de antagonismo.

Y es justo en ese punto donde se cruzan las historias de Cuba y de los autores de “Angie”.



Dos hombres, una batalla

Si la isla giró durante 57 años en torno a un solo hombre, Fidel, la agrupación británica cuenta casi la misma cantidad de tiempo subordinada a las determinaciones de un solo caudillo, Mick Jagger. Es su faro, su cerebro y su estratega, el cantante que, micrófono y calculadora en mano, adquirió estatura de empresario ávido de hitos, remezones publicitarios y golpes a la cátedra que convirtieran a su conjunto en héroes únicos de la cultura popular. Está de más aclarar que lo ha conseguido.

De hecho, puede que el propósito de aterrizar en ese trozo del Caribe con el primer gran concierto de una banda rockera –porque antes pasaron otros de menor envergadura, como Manic Street Preachers, Billy Joel, Audioslave, Sepultura y Rick Wakeman- se haya incubado muchísimo antes, en los albores de la banda.

Ya en 1967 –cuando el pop inglés rebalsaba LSD, túnicas multicolores y guitarristas narcotizados- intentaron conquistar Europa del Este, otro campo minado para el rock imperialista. Con ese plan, dieron dos recitales históricos en Varsovia, Polonia, cuyas entradas se repartieron arbitrariamente entre autoridades de gobierno y líderes sindicales, marginando a los seguidores. Los mismos que se apiñaron contra el Palacio de la Cultura y se enfrentaron con la policía para reclamar por la injusticia. En paralelo, los ingleses dieron una presentación saturada de baches técnicos y con modestos equipos facilitados por bandas polacas.

Años después, cuando querían replicar el mismo ejercicio en la URSS, las autoridades optaron por cerrarles las puertas y evitar el caos.

Qué importa. Jagger ya había intentado torcer una y otra vez el curso de los tiempos a su favor. Cuando en agosto de 1969 Nueva York organizó Woodstock, él viajó hasta California para a fines de ese mismo año hacer algo aún más colosal, Altamont, el festival que terminó en un fiasco y con un fanático negro asesinado. Antes, en julio de esa temporada, montó en el Hyde Park londinense el show al aire libre más multitudinario hasta esa fecha.

Pero con tanto descontrol, su radar giró con obsesión hacia la otra tierra prometida para los artistas occidentales: China. En 1979, tres años después de la muerte de Mao Tse-tung, el vocalista quería perpetuar a su banda como los primeros músicos populares en decir presente en Pekín. Su staff le envió a los líderes comunistas suavizados perfiles del conjunto y puso acento en que también habían escrito composiciones inspiradas en la clase obrera, como “Salt of the earth” o “Street fighting man”. Además, estaban a contrarreloj y en plena carrera por adueñarse del hito antes que Queen, los otros artistas que también querían clavar por primera vez la bandera anglo en Oriente.

Finalmente, una serie de desavenencias entre Jagger y los representantes chinos en Washington sepultaron la iniciativa. Curioso, por lo demás, que el grupo que luego triunfó en esa batalla fuera Wham!, el dúo encabezado por George Michael que cantó en la nación asiática en 1985. Frívolos, fiesteros, sexuales, ambiguos y de envoltorio pop: eran el pack perfecto para demostrar que China realmente estaba cambiando.

Pero a los Stones aún les quedaba mucho camino por delante. Querían tener el escenario más grande de todos los tiempos y lo consiguieron con el tour Voodoo Lounge de mediados de los 90. Querían hacer cinco estadios de River en Buenos Aires y ya está, prueba superada. Querían finalmente doblegar a las únicas dos fuerzas de los años 60 que nadie pareció haber superado nunca: la Revolución Cubana y The Beatles.

En los estertores de la primera, llegaron hasta sus propias narices a cantar ese cancionero antes maldito. Con los segundos, lograron cantar en La Habana, ciudad rendida como pocas al influjo Beatle, con bares que tributan su herencia, una legendaria estatua dedicada a John Lennon y una legión de cantautores –Silvio Rodríguez, Pablo Milanés- que sitúa a los Fab Four como la primera de sus referencias.

Pero, aunque sea décadas más tarde, los Stones llegaron primero y se quedaron con el botín y con la historia. Satisfechos, como siempre han ambicionado.

Sobre el autor:

Claudio Vergara |
Subeditor de Espectáculos de La Tercera y periodista especializado en música popular.