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Culto
La noche en que The Rolling Stones abrieron una nueva etapa en Cuba

La noche en que The Rolling Stones abrieron una nueva etapa en Cuba

El multitudinario show gratuito en La Habana coronó una semana sin precedentes en la isla, que hace un año también recibió a Barack Obama. El concierto de Mick Jagger y compañía se transformó en una catarsis colectiva, en un punto de encuentro entre los propios cubanos y miles de extranjeros. Hasta hoy el número de asistentes es un misterio.

Una vez, en el año 2000, le preguntaron a Fidel Castro si había escuchado a bandas como The Beatles o The Rolling Stones. “Sólo escuché hablar de su fama, pero no los escuché en esos días porque realmente no tuve mucho tiempo”, respondió el entonces líder de la Revolución Cubana. Una vez a Mick Jagger, durante un viaje a Perú en 1968, le preguntaron por el Comandante cubano. “Estamos a favor de Fidel Castro, pero aún tenemos que ir a ver Cuba para ponernos de su lado completamente”, contestó.


Jonathan tiene 12 años, vive en el barrio habanero de La Víbora y dice que le pidió permiso a su mamá para ir al concierto que The Rolling Stones dio en La Habana. “Vine para ver al cantante”, cuenta, sin ocultar su sonrisa. Jonathan está en primera fila y su cabeza apenas se asoma por la valla de seguridad. Como muchos otros cubanos no se sabe ninguna canción de los Stones, pero está fascinado y su rostro moreno conmueve a un miembro del staff de la banda británica, que le regala una uñeta de Keith Richards. Jonathan la recibe, pero no tiene la menor idea para qué sirve. Entonces un fan costarricense le explica que la uñeta se usa para tocar guitarra. Jonathan vuelve a sonreír.

En la misma primera fila, donde miles de personas se apiñan para ver de cerca al grupo liderado por Mick Jagger –en un Viernes Santo- corre un vaso de ron, compartido por una pareja de entusiastas cubanos que llegaron de Centro Habana y que pasa de boca en boca por estadounidenses, brasileños, mexicanos, argentinos y otras personas de las más diversas latitudes, especialmente de Centroamérica. Porque el recital gratuito de los Stones en Cuba se vendió como un evento catártico.



El show, de hecho, se transformó en un punto de encuentro, en una suerte de comunión entre los propios cubanos y miles de extranjeros que llegaron aquella tarde de viernes 25 de marzo hasta una enorme explanada ubicada al interior de la Ciudad Deportiva de La Habana. Si el concierto ya tenía características de histórico antes de que comenzara, su carácter único se lo había dado también el momento en que tuvo lugar: la misma semana en que Barack Obama visitó Cuba, en la primera visita de un Presidente de EE.UU. a la isla desde 1928. El propio mandatario bromeó con la presentación de la banda de Jagger durante la conferencia de prensa que ofreció junto a Raúl Castro en el Palacio de la Revolución.

Por eso, aunque se divisaron varias banderas británicas, uno de los momentos que más emocionó y entusiasmó a los asistentes fue cuando un ciudadano estadounidense oriundo de Los Ángeles levantó una pancarta que tenía las banderas de Estados Unidos y Cuba unidas por la lengua Stone. “Nunca pensé que vería a los Rolling Stones 50 años después”, dice Ángel, un cubano que sobrepasa los 65 años y que sí conoce la discografía del conjunto, que consiguió de manera clandestina en los años en que el rock fue prohibido por el gobierno comunista en medio de la “lucha ideológica”.



Punks cubanos

Durante la semana previa al show de los Stones, Regino Rodríguez, un cubano al borde de los 70 años, dio vueltas por la Ciudad Deportiva como una peregrinación religiosa. “Vine aquí todos los días, para ver cómo armaban el escenario, simplemente para sentirme parte de esto, acere”, cuenta, conmovido. Regino no quiso acampar, como sí lo hicieron una decena de sus compatriotas. No vio la necesidad, con tanto espacio. Entusiasmado, tararea “Brown Sugar”.

Pero este fan cubano es una excepción: la mayoría de los cubanos nunca escuchó a los Stones y con suerte, con mucha suerte, alguna vez habían oído “(I Can’t Get No) Satisfaction”. Miles de cubanos simplemente querían estar ahí, ser parte de algo único, asistir a un megavento y ver de cerca a un grupo tan famoso como los Rolling Stones.



Hubo quienes construyeron de manera artesanal cintillos blancos con restos de camisas y con la palabra “Rolling Stones” escrita con un plumón, mientras que unos cuantos se paseaban con una polera roja con la imagen de Jagger transformado en el Che Guevara, que “una gente repartió en la madrugada”, mientras un grupo de cubanos hacía la vigilia.

“Yo llegué en una guagua a las tres de la madrugada. Soy de Pinar del Río”, dice Yasmín, una joven con pinta punky. “Yo viajé de Santa Clara”, acota otro adolescente, que le gustaban los Stones porque alguna vez fueron símbolo de rebeldía y libertad.

Yasmín llegó temprano hasta la Ciudad Deportiva y esperó pacientemente, paraguas en mano, a que abrieran las rejas a las 14.00. Cuando los pocos guardias de verde olivo que había en las entradas levantaron las barreras, miles corrieron hacia la reja que separa el escenario del público, para quedar lo más adelante posible. Varios cayeron en el camino y no hubo ningún tipo de revisión de seguridad. Botellas de ron iban y venían.



“¿Los Rolling qué?”

Pero para llegar a este estallido alguien tuvo que negociar el arribo Stone a Cuba. Esa persona fue el magnate y abogado de Curazao, Gregory Elias, que contó a El Nuevo Herald que un día se puso en contacto con el staff de la banda para presentarles su loca idea de llevar al grupo a La Habana. “Nunca imaginé que me llamarían de vuelta”, contó. Esta “idea” le habría costado nada menos que siete millones de dólares.

También confesó que las negociaciones con el gobierno cubano no fueron fáciles: “Recuerdo a un señor de edad, no voy a mencionar su nombre, que cuando empezaron las conversaciones a nivel gubernamental dijo: ‘¿Los Rolling qué?’”.

Pero otras versiones apuntan a que el propio Jagger negoció el concierto durante un viaje a Cuba, después de que Darryl Jones, el bajista Stone, se presentara junto a su banda, The Dead Daises, en La Habana, en febrero de 2015. El frontman Stone quería que lo de La Habana fuera grandioso, un cierre espectacular de la gira Latinoamericana Olé, aún más masivo que el concierto en Río de Janeiro de 2006 que congregó a más de un millón de personas. En todo caso, nunca quedó claro cuánta gente reunieron los Stones en Cuba, si 200 mil, 500 mil o más de un millón.



“Acá estamos”

El concierto en Cuba contó con siete pantallas gigantes y ocho torres repetidoras de sonido. No hubo “merchandising capitalista” como se quejaba en broma uno de los cientos de argentinos que viajó especialmente para el show. “¡Los Stones, los Stones, aguante los Stones!”, gritaban, eufóricos, los transandinos.

La “inventiva” del cubano también se patentó cuando el staff de la banda repartió poleras alusivas al show de La Habana, que luego revendieron en hasta 50 Pesos Convertible Cubano (CUC), equivalentes a US$ 50. También los extranjeros andaban desesperados en busca de poleras. Algunos encontraron unos pocos stickers artesanales y chapitas en la Plaza de Armas de La Habana Vieja el día anterior, pero no se vendió más.

Y en eso se apagaron las luces. Un video con imágenes de la historia de la banda, mezcladas con iconografía cubana, provocaron el primer delirio. La segunda explosión ocurrió cuando Richards dio cuatro pasos en el enorme escenario con el riff inconfundible de “Jumpin’ Jack Flash”. Sonó como una ametralladora. Luego, los Stones, que completan Ron Wood y Charlie Watts, se lanzaron con “It’s Only Rock and Roll (But I Like It)” y “Tumbling Dice”.
“¡Hola Habana! ¡Buenas noches mi gente de Cuba! Aquí estamos, finalmente. Estamos seguros de que esta noche será inolvidable”, señaló Jagger. Los cubanos y extranjeros de adelante observaban atónicos a la banda, de impecable performance y sonido, mientras que mucho más atrás, se desató una fiesta con los excesos correspondientes.

Fue Jagger quien animó la fiesta, con sus movimientos que muchos intentaron imitar. Hacía calor y de pronto estallaron los abrazos y besos espontáneos entre desconocidos. También pasó “Out of Control” y “All down the line”, “elegida” a través de Internet. “Sabemos que años atrás era difícil escuchar nuestra música acá”, continuó Jagger, en español.

“Pero acá estamos, tocando para ustedes en su linda tierra. Pienso que finalmente los tiempos están cambiando. ¡Es verdad! ¿No?”, lanzó Mick, generando una vibra tensa, en la que la respuesta “sí” no fue para nada unánime. “Ay Dios mío. Oye ¿Oíste lo que dijo el cantante?”, comentó Mercedes, una empaquetadora de 46 años, una de las pocas cubanas que lucía una polera original de los Stones.

Luego vinieron “Angie” (que emocionó), “Paint it Black”, “Honky Tonk Woman”, el set acústico de Richards y Wood y una versión extensa de “Midnight Rambler”. A partir de ese momento se generó un nuevo estallido, con hits imparables como “Miss You” (tarareada por la masa), “Gimme Shelter” (con un dueto que encandiló a la audiencia), “Start me up”, “Simpathy for de Devil” (interpretada en Viernes Santo y cuyo ritmo se le hizo natural a los cubanos), “Brown Sugar”, “You Can’t Always get what you want” y finalmente “Satisfaction”, que hizo delirar –literalmente- a los cubanos, que no dejaban de saltar y aplaudir.

Al día siguiente, los Stones aparecieron en la primera plana de los periódicos Granma y Juventud Rebelde, algo impensado años atrás. “Las cosas aquí en Cuba están cambiando. Lo de Obama fue muy importante, pero este concierto también. Ahora esperamos que vengan muchos más artistas”, señaló Mercedes, la empaquetadora, con una conclusión no menor: “Nosotros los cubanos debemos ahora aprender a adaptarnos a lo de afuera, pero lo de afuera también tiene que adaptarse a nosotros”.

Sobre el autor:

Alejandro Tapia |
Editor de Mundo de La Tercera. Ha cubierto los más importantes hitos políticos de América Latina de las últimas dos décadas.