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Culto
Viaje al universo lúdico e inagotable de Samy Benmayor

Viaje al universo lúdico e inagotable de Samy Benmayor

El artista que renovó la escena pictórica en los años 80 y que al mismo tiempo fue resistido por los seguidores de la Escena de Avanzada, recorre 30 años de trabajo en La tercera mano, su muestra que abre hoy en galería Gabriela Mistral.

Samy Benmayor (1956) camina orgulloso repasando su historia, encontrándose con obras que no veía desde hace dos décadas. Meses atrás, el pintor recibió la invitación de la galería Gabriela Mistral para hacer una retrospectiva de su trabajo que estaría curada por el también artista Cristián “Mono” Silva. Comenzaron un rastreo exhaustivo de las obras y sus paraderos; muchas estaban en colecciones privadas, que desde hoy se reúnen por primera vez en La tercera mano, muestra que recorre 30 años de trayectoria, a través de 40 pinturas, esculturas, dibujos y collages, además de los diarios personales de Benmayor, donde vuelca su proceso creativo.

“Estoy chocho, nunca había hecho una muestra de esta envergadura, de verdad estoy fascinado con la selección de obras y cómo funcionan juntas. Siento que mi compromiso con el arte ha sido en serio y verlo vale la pena”, comenta el artista que en plenos años 80 irrumpió junto a otros jóvenes colegas y amigos, como Bororo, Matías Pinto D’Aguiar y Pablo Dominguez, en la escena local con una pintura fresca, colorida y lúdica. Fueron recibidos con resquemor por los seguidores del arte más conceptual que esos años hacía directa oposición al régimen.

“Este grupo de artistas tuvo una actitud diferente frente al contexto de dictadura. Claro, a quienes fueron influenciados por artistas como Carlos Leppe, Eugenio Dittborn o el CADA, estas obras le parecen sacadas de otra película. Por mucho tiempo el trabajo de Samy y de su grupo, por no ser en blanco y negro y estrictamente político, no fue tomado en serio y eso es muy grave, porque limita y coarta expresiones artísticas que son totalmente válidas, pero que por estar fuera del canon de la época quedan marginadas”, explica el curador Cristián Silva.

“Acá se inventó el cuento de que estos pintores eran unos incultos que andaban pintarrajeando como unos niños, y la verdad es que sus obras son muy complejas y profundas, con referencias a la música, el cine y la literatura, sobre todo la de Samy”, agrega el también profesor de pintura de la U. de Chile y Finis Terrae.

Benmayor prefiere no referirse a riñas tan añejas. “Nosotros hacíamos lo que podíamos y lo hacíamos a nuestro modo. Hay gente que confundía lo nuestro con pura alegría, y no era así, en nuestras obras también hay tormentos y angustias, vivíamos como todo el mundo, no todo era juerga”, dice el pintor que tiene dos hijos artistas, Matilde (1988) y José (1985), de su matrimonio con la economista Susana Mansilla. “Son increíbles, admiro el compromiso que tienen a su edad”.

Retrato de mi amigo Bororo, 1992.
Afirmación de fe, 1999.

Al ritmo de la música

Las obras más antiguas de la muestra datan de 1984, año en que el pintor hizo su primera muestra individual en galería Sur. Por esos años ya compartía taller con Bororo, y más tarde todo el grupo tendría sus propios espacios en calle Carmen, donde hicieron de la creación artística una experiencia colectiva. “Para mí tener ese nivel de amistad y compartirlo diariamente en el desarrollo de una obra personal fue algo fantástico, muy nutritivo”, cuenta Benmayor y apunta hacia un cuadro con una gran mancha marrón en medio. “Ese cuadro se llama Retrato de mi amigo Bororo y fue a la Bienal de Venecia en 1993, lo compró una colección holandesa que lo tuvo 20 años en su poder y luego lo sacó a la venta y regresó a Chile; es alucinante cómo cada obra tiene su historia”, afirma.

Para el curador Cristián Silva lo más interesante en la obra de Benmayor es su versatilidad: “Samy va incorporando en sus obras asuntos cotidianos, históricos, personales y referencias culturales, dándole un cuerpo muy juguetón, pero muy serio también. Me interesa dar cuenta de esa libertad, que es flexible pero también muy sofisticada”.

Aunque la mayoría de las obras son pinturas y dibujos, también hay una escultura en cerámica, una cabeza titulada Tambo, y una especie de móvil, que remite a los del estadounidense Alexander Calder, del que el artista cuelga planetas, soles y formas abstractas: “Fue una de mis estapas más místicas, cuando lo que quería transmitir es que todos somos parte del mismo universo”.

Admirador desde joven del movimiento expresionista abstracto estadounidense, con autores como Jackson Pollock y Willem De Kooning, Benmayor reconoce que su favorito es uno de los menos conocidos de la Escuela de Nueva York: Philip Guston. “Es emocionante ver su trayectoria, porque el tipo comenzó muy influenciado por los muralistas mexicanos, luego se pasó totalmente a la abstracción y al final de su carrera volvió a lo figurativo. Dio toda la vuelta, pero en su época fue poco valorado. Lo admiro porque sé que eso va a pasar conmigo, o quizas ya está pasando, llegar a un momento donde todo se mezcla y calza”, dice Benmayor.

Otro catalizador importante para el pintor es la música. A los siete años, cuenta, una profesora les dio una instrucción que le ha servido como leit motiv hasta hoy: “Pinte lo que sienta cuando escuche la música”. Así muchas de sus obras se componen de pentagramas y el ritmo del pincel se adecua a la melodía del momento, sea clásica, jazz o música de la India. Un ejemplo es Plegaria (2004), realizado mientras pedía por el buen nacimiento de una niña y usando una pieza de Bach como inspiración. El cuadro está repleto de formas y letras puestos como si fueran notas de un pentagrama. “Siempre he buscado un lenguaje propio, trabajo para darle una nueva mirada a la pintura. De repente hago un descubrimiento, un nuevo hilo que me lleva a otra parte, y no es nada del otro mundo, son cosas elementales que a mí me sorprenden, me dan vitalidad y emoción. De eso se trata todo”, concluye.

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