*

Culto
El rock and roll ha muerto: adiós a Chuck Berry

El rock and roll ha muerto: adiós a Chuck Berry

El pionero del género, primer artista en retratar la vida adolescente en la música popular y que puso a la guitarra como eje de ese sonido, para muchos el auténtico rey del género, falleció a los 90 años.

Si fuera por acumular obituarios, Chuck Berry podría llenar una página completa con frases rendidas a su leyenda.

“Si hubiera que ponerle otro nombre al rock and roll, debería llamarse Chuck Berry”, propuso alguna vez John Lennon. “Un aplauso para el hombre al que le he robado cada uno de sus riffs de guitarra”, reconoció Keith Richards cuando introdujo al estadounidense al Salón de la Fama del Rock and Roll en 1986. “Si me preguntas que escucho por estos días, te digo Chuck Berry. Y si me preguntas ‘¿y qué más?’ te vuelvo a decir: Chuck Berry”, confesó en una entrevista Angus Young, el guitarrista de AC/DC que ha realizado una carrera completa replicando en escena el célebre “paso del pato” perpetuado por su ídolo.

Pero también hay maneras más concretas de definir y explicar su legado. El hombre que falleció ayer a los 90 años, y cuyo deceso fue informado en un comunicado por la policía del condado de Saint Charles, fue el primer artista capaz de retratar la vida adolescente en una composición rockera, el primer músico que transformó la guitarra en parte del lenguaje intrínseco del rock and roll y la primera figura que comprendió que todo eso se trataba de un negocio, de un entretenimiento evasivo y vibrante que luego derivaría en una de las industrias más millonarias del siglo XX.

Por lo demás, también estableció otro estereotipo esencial para comprender la cultura popular de los últimos 50 años: la del artista provocador, polémico y sin ninguna vocación por los buenos modales o los discursos de buena crianza con los medios, actitud que más tarde constituiría la ideología de géneros completos, como el punk o el grunge. Ahí donde Elvis Presley siempre asomaba como un galán cortés, como un chico de pueblo dócil con su mánager y que trataba de “usted” a los periodistas, Berry era un contrapunto sin simpatía alguna, poco cordial con su público y que acarreaba lemas que estallaban como dinamita en el naciente e inexperto mercado de la música popular de los 50: “Aquí se compone lo que reza el dólar”.


El origen

Muchas de esas consignas se explican, como gran parte de los héroes que formaron el Big Bang del rock and roll, en una infancia pobre y cruzada por la segregación racial. Sexto hijo de una profesora y de un carpintero que también oficiaba de un diácono baptista, Charles Edward Anderson Berry nació en Saint Louis y desde pequeño recibió el influjo del blues rural que dominó el cancionero norteamericano en la primera mitad del siglo XX.

Casi como si fuera uno de esos himnos primigenios del blues que retratan a bandidos pendencieros, riñas a muerte en un bar o pactos con el demonio, Berry desde pequeño se las ingenió para meterse en problemas con la ley y para desafiar las normas de obediencia. De hecho, siendo apenas un adolescente pasaría tres años en un reformatorio por intento de robo de armas.

Por eso, cuando empezó a fraguar sus primeras armas como guitarrista y letrista, sabía que ahí estaba la clave. La mina de oro consistía en escribir con absoluto detalle las vivencias de su generación, las desventuras, fechorías y alegrías experimentadas por un mundo de posguerra que quería distanciarse de su yugo paterno. Aquí no valían las voces encorbatadas de Frank Sinatra, ni las composiciones a pedido fabricadas en la oficina de un edificio: en la nueva era que abrieron los años 50, había que escribir de sexo, libertad, Cadillacs, bailes y, claro, más sexo. En síntesis, había que hablarle no sólo al nuevo joven construido por los tiempos; también había que pensar en una sociedad de consumo ávida de la existencia feliz que traen los períodos de bonanza.

En esa primera etapa del rock and roll que se inicia en 1955, los días del despegue y el frenesí inicial, no hubo cantautor que escribiera con la precisión y el realismo de Berry. Si el rock and roll hasta hoy es un capítulo ineludible de la cultura de masas, y faro absoluto para la generación posterior que concibió a The Beatles, The Rolling Stones o Jimi Hendrix, es gracias al fallecido instrumentista.

Maybellene, de ese mismo año, fue su primer puñetazo, aunque otro de sus himnos, Johnny B. Goode, inmortaliza mejor su herencia: “En lo profundo de Louisiana, cerca de Nueva Orleans/ En el camino de vuelta, entre los árboles de hoja perenne/ hay una cabaña hecha de tierra y madera ( donde vive un chico de pueblo llamado Johnny B. Goode/que nunca en su vida aprendió a leer y a escribir, pero que podría tocar la guitarra como quien toca una campana”, es parte de su letra.


Guitarra veloz

Además, los versos de raigambre veinteañera estaban sustentados en un sonido punzante, eléctrico y veloz, como una descarga de metralleta lista para arrasar con todo. Fue el primer “guitar hero” del que se tenga memoria y el gran responsable de que la guitarra sea el símbolo más elemental del rock. En los lejanos 50, cuando aún el timbre más pausado del country o el R&B dominaba las radios, no había sonido más moderno que su guitarra, con un fraseo que luego se extendió como marca de fábrica por un número casi infinito de éxitos, como Carol, Back in the USA, Sweet little sixteen o You never can tell.

Por lo demás, su rostro algo enigmático, de ojos felinos casi siempre listos para el ataque, empezó a cautivar a jóvenes blancos y a mujeres que por esos años sólo idolatraban el jopo y las caderas de un muchacho de buen aspecto llamado Elvis. Berry, sin perder tiempo, transformó su carrera en una máquina de negocios que hasta permitió por algunas semanas la abolición racial en los recintos donde montaba sus shows: en 1958 fundó en San Luis el club Bandstand, que permitía el acceso de clientes sin hacer distinción de raza, fomentando la fiesta entre blancos y negros.

Pero el éxito también devino en ambición desmedida. No daba entrevistas sin que una buena cantidad de dólares no apareciera antes sobre la mesa y comenzó a controlar de manera independiente su carrera, bajo su criterio absoluto, sin mánagers o representantes que contaminaran sus decisiones. Por ejemplo, cuando salía de gira, exigía tocar con los músicos de primera línea de los lugares que visitaba: así sucedió en su primera vez en Chile en 1980, cuando tocó junto a una orquesta local en Vamos a ver, de TVN.

En todo caso, justo ese mismo año, mucho más difícil la tuvo la TV británica. Cuando fue hasta un canal de Inglaterra para promocionar su biografía, le suplicaron que interpretara Johnny B. Goode. Enfurecido, contestó: “Pues no. Si ustedes pagan unos honorarios de mierda, les corresponde una canción de segunda”. Caso cerrado. Ahí se lanzó a tocar Memphis, Tennessee, claramente un tema secundario de su repertorio.


Un prontuario fatal

Pero si hubiera sido sólo ambición, berrinches y hambre por más dólares, la historia no habría sido tan cruel con el hombre de Roll over Beethoven. En toda su vorágine de fama, cimentó una leyenda negra que intentó barrer con la ley y que, en parte, explica el declive sin vuelta que tuvo su carrera a partir de los 60, donde nunca más logró otro éxito resonante. A fines de los 50, recogió a una joven de 14 años en México para darle empleo en su club. Semanas más tarde, ella lo denunció, argumentando que le había ofrecido trabajar de prostituta.
Berry se defendió como pudo: dijo ante la justicia que sólo quería tenerla para cuidar el guardarropa. Pese a ello, fue condenado a tres años de cárcel.

Su temporada en prisión coincide con la muerte de Buddy Holly y la partida de Elvis al ejército, hitos que sepultarían en el dominio del rock and roll en el planeta. Los hijos criados por Berry estaban listos para tomarse el siguiente decenio: Lennon, McCartney, Jagger, Richards, Ray Davies o Jimmy Page serían los músicos que presentarían una obra llena de reverencias al estadounidense.

En paralelo, y hasta el nuevo siglo, el guitarrista concentraría su fortaleza en los conciertos y en las giras que desafiaban su veteranía. Eso sí, sus enfrentamientos con la justicia no se detuvieron: en 1979 fue encarcelado por evadir impuestos y en 1990 una mujer lo demandó por haber filmado un video donde ambos tenían sexo.

Incluso no perdonó a uno de sus alumnos aventajados, John Lennon, a quien demandó – a través de su editora musical- por el parecido de Come Together, de The Beatles, con una de sus creaciones, You can’t catch me.

También se le ha apuntado con el dedo por los tours que hizo en los últimos años, donde se le notaba perdido, sin capacidad para recordar sus letras y fraseos en guitarra, ayudado en escena por una corte de familiares que semejaban la imagen de mercenarios dispuestos a hurtarle hasta el último centavo al abuelo de la familia. Poco importa.

Cada vez que aparecía Chuck Berry, cada vez que en uno de esos cientos de recitales alguien escribía una línea acerca de su historia, aparecía un concepto único, irrepetible, reflejo de su estatura y legado: ese que decía que sólo a él le pertenece la corona del rey del rock and roll, mucho más que a un blanco llamado Elvis Presley que sólo ayudó a popularizarlo. Y esa definición que resume toda su existencia es quizás su mejor epitafio en el momento del adiós.

Sobre el autor:

Claudio Vergara |
Subeditor de Espectáculos de La Tercera y periodista especializado en música popular.