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Culto
El espejismo de Dios

El espejismo de Dios

Asediada por las dudas y la derrota, la fe del protagonista se fractura y se vacía por momentos. Y cuando llega la confrontación cultural, cuando las cosmovisiones se ponen sobre la mesa, esta herramienta ya no es lo que era y queda sólo asumir que millones de “otros” viven en el error y arriesgan por ello la muerte eterna.

La “trilogía espiritual” de Martin Scorsese, inaugurada por La última tentación de Cristo (1989) y continuada por Kundun (1997), se cierra con un filme paciente y dolido que por lo pronto es el mejor de los tres. Provocativo y enardecido en El lobo de Wall Street, el ítalo-americano regresa con la postergada novela histórica de Shusako Endo, conocido como el Graham Greene japonés. En común con tanta cinta scorsesiana tiene la búsqueda de la redención en gente que lidia con sus propios demonios. En lo particular, hermana las angustias de Mi secreto me condena con el malestar del Diario de un cura rural y las dudas del pastor bergmaniano de Luz de invierno (el que hablaba del “silencio de Dios”).

Tras luchar por su fe en Hasta el último hombre (hay acá más parentescos con Mel Gibson de los que uno quisiera conceder), Andrew Garfield encarna a Sebastião Rodrigues. Corre 1640 en la colonia portuguesa de Macao y junto a otro jesuita, Francisco Garupe (Adam Driver), este sacerdote, escucha el contenido de una carta fechada siete años antes. La escribe su mentor, el padre Ferreira (Liam Neeson), testigo y víctima de la feroz persecución nipona del cristianismo. Es lo último que se supo de Ferreira, quien más tarde habría abjurado de su fe. Rodrigues y Garupe no pueden siquiera imaginar a su maestro como apóstata, así que parten a Japón a buscarlo. También a convertir budistas y a confortar a los convertidos.

Asediada por las dudas y la derrota, la fe del protagonista se fractura y se vacía por momentos. Y cuando llega la confrontación cultural, cuando las cosmovisiones se ponen sobre la mesa, esta herramienta ya no es lo que era y queda sólo asumir que millones de “otros” viven en el error y arriesgan por ello la muerte eterna.

En lo que tiene de incertidumbre, pero también de alteración de juicio de realidad, esta experiencia religiosa propone preguntas válidas para el creyente. Y al resto le ofrece nueva evidencia de la pulsión autoflagelante del catolicismo; del dolor y el sufrimiento como vías para arribar a la salvación. Ahora, crea o no Scorsese en la sangre de los mártires como semilla de la Iglesia, ha parido imágenes poderosas y pasajes de una desolación sin límites, así como personajes ambiguos, convencidos y de pronto extraviados. Ha hecho una película-maratón, clásica y moderna, totalmente marciana en los tiempos que corren. Una película cautivante que no salvará almas, pero como mínimo debería renovar la fe en el arte fílmico de su realizador.



Dirigida por Martin Scorsese. Con Andrew Garfield, Liam Neeson, Adam Driver. EEUU/Taiwán/México, 2016. 161 minutos.

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