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Culto
Exiliado para siempre

Exiliado para siempre

Julio Escámez, el muralista chileno que murió desterrado en Costa Rica, el pintor que legó un puñado de obras de profundo realismo social en el sur del país, pensaba que arte y poesía "hacen posible la revelación de las esencias".

En 1943, Julio Escámez fue el único estudiante escogido como ayudante por el pintor Gregorio de la Fuente para la realización de los murales del hall de la estación de trenes de Concepción. Dueño de una técnica privilegiada, por esos años el muralista se volvió un entusiasta de las culturas precolombinas, motivo por el que se dedicó a recorrer Perú y Bolivia.

“Yo pienso que el artista en general, y los que cultivamos este oficio de crear imágenes en particular, necesitamos una concepción del mundo amplia”, aseguró el pintor en una entrevista.

“Es tan acuciosa la realidad actual que impele a tener una noción general del mundo y del estado de la humanidad para, a partir de eso, concebir las imágenes que puedan dar cuenta, desde una posición humanista, de toda esta complejidad”, añadió.



Antes de su exilio en Costa Rica, donde vivió desde 1974 hasta su muerte en 2015, Escámez se hizo conocido por una potente obra de contenido social, en donde denunció los conflictos del hombre moderno, fiel a las técnicas realistas, que empleó para recrear asuntos cotidianos de la vida popular y el paisaje americano.

“Yo no me dedico a un solo tema”, dijo Escámez en 2001, en una conversación sobre la originalidad, materia que para el pintor “debe ser la profundidad de su expresión”.

“Cuando un pintor reitera, es como si se limitara. A mí me interesa la consistencia de la vida, ahora los pintores pintan sobre un mismo asunto y varían sobre él, algo que a mí no me gusta mucho, porque lo considero una limitación tremenda. Es como si tuviesen un monotema y lo explotaran hasta el cansancio”, agregó.

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Entre sus obras tempranas, influenciadas por David Alfaro Siqueiros y Diego Rivera, son visibles las faenas de la tierra, el mineral y otros oficios marginales, que conoció de primera mano: el muralista nació en Antihuala, provincia de Arauco, en 1925.

“Los individuos son, en realidad, producto del conjunto de las relaciones sociales e históricas”, reflexionaba Escámez en Costa Rica, hace algunos años. “Esto determina el lugar en que uno está ubicado en la estructura social. Desde esta concepción intento explicar cómo se fue conformando mi conciencia social, mi manera de percibir el mundo, de articular los elementos de la realidad que en gran medida están supeditados al sistema de valores que nos han inculcado institucionalmente, la manera como la conciencia crítica emerge difícil y dramáticamente”.



Según Escámez, “la ubicación dentro de la estructura social de mi familia, la clase media empobrecida, determinó mi visión del mundo”.

Su padre, de origen español, sufrió el drama de la guerra civil española, “cuando las aspiraciones del pueblo fueron aplastadas por el golpe fascista; él nos hablaba del renacimiento cultural vivido durante el breve período republicano”.

En el padre prevalecía un sentimiento de una opción histórica truncada, “sentía en el alma, al igual que muchos otros españoles, unas aspiraciones de progreso segadas por un régimen reaccionario y cruento. Ese fue el ámbito dramático en el que transcurrió mi infancia y mi adolescencia”, contaba Escámez.

“En estas estrechas condiciones de existencia familiar no habían recursos económicos para costear una educación artística, menos en una ciudad de provincia como aquella en la que vivíamos. Terminado el bachillerato en humanidades me vi obligado a desempeñar diversos oficios como aprendiz de litógrafo y empleado de una pulpería, hasta que se presentó la oportunidad de ingresar a una academia de arte fundada por una persona excepcional: el pintor Adolfo Berchenko; este era un trashumante siempre asediado por la policía política durante la dictadura de González Videla; pesaban sobre su existencia dos estigmas: ser judío y comunista”, contó el pintor.

Escámez recordaba con especial valor las enseñanzas de Berchenko: “Mientras más comprometido estés con el drama humano, tendrás una conciencia social y estética más profunda”, dijo el maestro a su discípulo, a quien vinculó con el pintor y muralista Gregorio de la Fuente.



Entre 1971 y 1972, Julio Escámez pintó el que sería uno de los murales más importantes de toda su obra. Hablamos de “Principio y fin”, un trabajo que embelleció la Municipalidad de Chillán y que fue destruido con picota y combo por los militares posterior al golpe de Estado:


En esa misma obra fue fotografiado el ex Presidente Salvador Allende:


Una vez perseguido y obligado a refugiarse fuera del país, Escámez arribó a Costa Rica, donde siguió trabajando hasta sus últimos días. “Los sentimientos de pertenencia son muy complejos”, reflexionaba el pintor en esa nueva patria.

“Desde mi primer viaje encontré un continente unitario no obstante la diversidad étnica que constituye a América; esa es la maravilla de América, su mayor riqueza. Y yo me sentí, ante todo, como un habitante de este continente, y lo quiero expresar con una frase que no es mía, sino de mi colega que vive aquí también y que es chileno, Osvaldo Salas; él dijo que, viviendo en Costa Rica y no en Chile, la sensación que tenía era que simplemente había cambiado de barrio. Y ese es el sentimiento que yo tengo”, pensaba Escámez.

“No sufro de extrañamiento ni alejamiento”, dijo el pintor, “Costa Rica me acogió generosamente y me ha brindado algo que es esencial al ser humano: un lugar de trabajo que se ha transformado en la razón de mi vida; no me siento obligado, sin embargo, a estar expresando siempre mi gratitud, puesto que mi actitud de estar constantemente produciendo no es más que el deseo de contribuir, modestamente, al desarrollo de este país, con este lugar tan grato, con su clima, con su gente sencilla. Ese es mi sentimiento en general. Mi mayor identificación con América, y no con las patrias en particular, mi concepción bolivariana se ha acentuado”.

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Hace algunos años, en una entrevista a propósito de la biografía novelada, Yo, Violeta (Plaza & Janés), la escritora Mónica Echeverría contó el iracundo episodio en que Violeta Parra enfrentó al pintor, de quien se había enamorado: “Todo el mundo se enteró de esa pataleta. Porque, además de pegarle con la guitarra, tiró por la ventana el colchón en que habían hecho el amor y lo quemó”.

Otro cercano a Escámez fue Pablo Neruda, de quien ilustró algunos libros, como Arte de pájaros, y un gran poema sobre los bosques del sur, que el poeta no alcanzó a editar.



“Naturalmente que toda esa relación con creadores tan importantes para la cultura chilena enriqueció mi trabajo”, contó el pintor. “Una gran personalidad irradia un hálito de espiritualidad y uno recibe ese influjo enriquecedor. Ellos infundieron en su época una atmósfera espiritual. Esa es la gran contribución de los creadores que dejan una impronta. Cada época tiene creadores que fertilizan el ambiente. Con Neruda teníamos la misma actitud estética, coincidíamos en muchos aspectos. Él pensaba que adherir a las tendencias llamadas de vanguardia era inoficioso, no tenía un determinado objeto fundamental, se inspiraba en los grandes maestros españoles como Quevedo”.

¿Y en su caso? Escámez se reconoció inspirado “en muchos maestros extranjeros y chilenos, como Bustamante, Pedro Luna y Gregorio de la Fuente”.

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En la profundidad de su discurso, el muralista consideraba al arte como una vía a la revelación de las esencias y al decaimiento espiritual como una “tragedia cultural que enfrenta la civilización”.

Algunas de sus frases, recolectadas desde distintas entrevistas, ayudan a comprender mejor su pensamiento más crítico:

“Los grandes aparatos culturales, sometidos a la ideología dominante, han subyugado al artista y su producción a la estética condicionada por la especulación mercantil; así, el producto artístico se vuelve una confección a la medida de esos intereses”.

“El imperativo económico de la circulación de la obra de arte como mercancía, ha transformado el objeto artístico en algo ficticio y, la mayor parte de las veces, carente de calidad”.

“Se ha hipertrofiado el carácter esencial del objeto artístico como forma de conocimiento, lo que ha limitado el desarrollo de la conciencia humana, se da, así, una trágica fuga de la conciencia de los individuos, subsumiéndolos aún más en la alienación social y cultural”.

“Pienso que el artista, consciente de esta tragedia cultural que enfrenta la civilización, debe luchar contra el decaimiento espiritual que sin el influjo del arte convierte en estéril el alma humana, dejando inerte a la psique colectiva ante la masificación comercial con su carácter agresivo e irracional, que estimula las tendencias más negativas y alienantes”.



“Estoy convencido, a través de mi experiencia estética profundamente relacionada con los otros aspectos del conocimiento, que el arte es un medio esencial del desarrollo de la conciencia humana. Su significación consiste en que es una forma especial de la creatividad humana en la que, de una manera específica, opera imaginativamente en la realidad y el pensamiento, sin aplicar los procedimientos lógicos y experimentales de la ciencia”.

“Sin embargo, desde su propia especificidad, es capaz de alumbrar la naturaleza de las cosas: al no conferir sentido unidimensional a la percepción de los fenómenos, abarca un conjunto mayor de relaciones y síntesis llevando el conocimiento a niveles jerárquicos de mayor significación. De este modo, el arte ha concebido nuevos aspectos de la naturaleza, la sociedad y el pensamiento humanos, áreas no exploradas por la ciencia”.

“El arte permite decodificar los contenidos ideológicos subyacentes en toda la simbología social, develando así las contradicciones que ocultan”.

“El arte y la ciencia se complementan en el proceso de conocimiento. La ciencia depende más del análisis, del razonamiento lógico y de la descripción explícita y experimental. Me atrevo a sostener, sin embargo, que tanto el arte como el lenguaje verbal, cuando este último rompe su estructura y nace la poesía, hacen posible la revelación de las esencias”.

Sobre el autor:

Alejandro Jofré |
Editor de Culto. En Twitter es @rebobinars