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Culto
La locura por el Indio Solari: el infierno es encantador

La locura por el Indio Solari: el infierno es encantador

La devoción irracional por el líder de Los Redondos es un fenómeno casi único en el rock mundial, explicado en su mística y su existencialismo de tablón, que alguna vez quiso recalar en Chile y que este fin de semana derivó en una de las mayores tragedias de la música argentina.

En el verano de 1993, la canción “Mi perro dinamita”, de la banda argentina Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, apenas conocidos en Chile, intentó difundirse en radios locales. Si años antes temas también importados desde el otro lado de la cordillera, como “Siempre fuiste mi amor”, de GIT, o “La Pachanga”, de Vilma Palma e Vampiros, habían estallado como hits de playas, discotecas y largas tardes de sol en el litoral central, era cuestión de tiempo para que los chilenos musicalizaran sus vacaciones con la historia algo boba de un perro que “no mueve el rabo con docilidad/ ni da la patita/ ni hace el muertito/ y aúlla este rocanrol”.

Pero no. Aunque fue emitida por algunas emisoras, sobre todo por la antigua radio Concierto que por esos días tenía al argentino Lalo Mir como su voz estrella, la canción no logró enganchar y se diluyó para siempre como uno de los pocos éxitos del rock transandino que no pudieron conquistar la FM local.

Eso sí, la derrota del pobre perro dinamita tenía un motivo puntual: el universo inventado por los Redonditos de Ricota era tan único, tan propio, tan intransferible, que no se podía imponer por radio, no se podía contagiar a través de operativos promocionales, ni menos podía triunfar en un país y en una audiencia ni siquiera familiarizada con su mística.

Era una experiencia que no sólo había que oírla, sino que también entenderla y vivirla. Una liturgia cuyos creyentes debían abrazar cada una de las letras del grupo como una forma de vida y catarsis, dispuestos a difundir el credo en comunidades que se movían como mareas humanas y cuyo ritual consistía en seguir una y otra vez a sus cabecillas al lugar que fuera. O estabas con o ellos o fuera de ellos, pero nunca a medio camino.

Su mayor himno, “Ji ji ji” (1986), aparece con frecuencia entre los tres a cuatro temas más relevantes de la música popular transandina, al lado de “Muchacha (ojos de papel)”, de Luis Alberto Spinetta, o “Rasguña las piedras”, de Sui Generis.



En el resto de Latinoamérica, sólo los más enterados conocen una composición críptica, retorcida, imposible de comprender a la primera escucha: “Este film da una imagen exquisita/ esos chicos son como bomba pequeñitas/El peor camino a la cueva del perico/ para tipos que no duermen por la noche”, narra parte de su letra, inspirada según sus autores en el efecto paranoico que genera la droga.


Es por amor

Así se explica el fenómeno ricotero, uno de los casos de popularidad más llamativos en la historia del rock y que incluso hasta hoy sigue siendo indescifrable para gran parte de los argentinos.

Y eso es literal: el sábado pasado, un recital en la localidad de Olavarría del líder del ya desaparecido conjunto, Carlos “Indio” Solari, culminó con al menos dos muertos, decenas de heridos, otros cientos extraviados, saqueos en locales comerciales, desesperados grupos de Facebook levantados para encontrar a las personas perdidas, filas de automóviles que avanzaban dos kilómetros en cuatro horas y una precaria organización desbordada por fanáticos sin entradas.

El impacto también se puede traducir en un encadenamiento de cifras: en la pequeña Olavarría viven 100 mil personas, pero el show esperaba a 200 mil, aunque finalmente llegaron poco más de 500 mil. El fantasma de Cromañón, el incendio que en 2004 dejó casi 200 muertos en la discoteca del mismo nombre y que se convirtió en el mayor trauma en la historia del rock argentino, volvía a merodear con indeseada fuerza.

Aunque todo adquiera dimensiones asombrosas, la tragedia parece ser la costumbre desde hace décadas de las presentaciones de Los Redondos y, en los últimos años, del “Indio” Solari.


Canción para mi muerte

En un recital de 1991 en el estadio Obras Sanitarias, cuando el culto de la banda empezaba a propasar cualquier cálculo, un joven de 18 años, Walter Bulacio, fue golpeado por la policía hasta la muerte. El caso llegó hasta la Corte Interamericana de Derechos Humanos -organismo que condenó al Estado argentino por violación al derecho a la vida- e inspiró a un puñado de músicos a tributar la memoria del fallecido, incluyendo a los chilenos de Los Miserables con su tema “Venganza (a Walter Bulacio)”.

Además, muchos años más tarde, la imagen mesiánica de Solari sufría uno de sus mayores embates –cuestionamientos que se mantienen hasta hoy- cuando la jueza que llevaba la causa lo acusó de no colaborar con la familia de la víctima, de “patear en contra” e incluso de haber mencionado la frase “cada cual se cuida su propio culito”.

Tres años después, en el estadio del club de fútbol Huracán, 28 personas resultaron heridas y cerca de 60 fueron detenidas. Ahí, la agrupación tomó una determinación radical, pero que en ningún caso moderaría el caos: no tocarían más en Buenos Aires y mudarían sus conciertos a predios gigantescos o estadios recónditos alejados de la gran ciudad, no sólo para que la misa ricotera fluyera sin impedimentos, sino que también para evitar las miradas recelosas de las autoridades centrales.

Incluso, por esos mismos años, y según varios registros periodísticos, Solari y los suyos sondearon la idea de montar sus espectáculos en Uruguay o Chile, para que sólo pudieran llegar algunos seguidores y para escapar de los engorrosos trámites que culminaban en permisos no otorgados por autoridades municipales, judiciales o policiales.

Nada de eso resultó. En shows de 1998 en Córdoba o un año después en Mar del Plata, los muertos, los heridos y los detenidos seguían aumentando, por lo general como consecuencia del descontrol que perpetuaban sus espectáculos. De alguna manera, la locura por ver al conjunto, la cultura del aguante y la comunión tribal que generaban los eventos, con ciudades tomadas con días de anticipación por una multitud de devotos superior a su propia cantidad de habitantes, era un hábito que nadie cuestionaba.

Ser ricotero implicaba vestir poleras con las frases y la imaginería del grupo, colgar lienzos con el existencialismo de barriada y tablón que pregonan sus canciones, montarse en camiones, furgonetas, buses o trenes repletos hasta su último centímetro, en una postal que parecía arrancada de los atiborrados transportes de países como India. Pero, por sobre todo, significaba convertir por unos días cada uno de los sitios en auténticas ciudadelas con principios propios, donde los alimentos, las bebidas y el merchandising casero era lo único que bastaba para sobrevivir.


Somos cómplices los dos

Nacidos a fines de los 70 en la ciudad de La Plata, hasta hoy uno de los mayores semilleros del rock de Argentina, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota partió como una agrupación de público reducido y que en un principio sólo impresionó a jóvenes con hambre de modernidad, universitarios de espíritu intelectual y figuras ochenteras como Luca Prodan o Enrique Symms.

Pero todo cambió a partir de 1984 con la salida de Gulp!, su primer disco. En una escena bonaerense con cierta inclinación elitista o “cheta” según el léxico porteño –Charly grabando en Nueva York, Virus hechizado con el pop electrónico y ambiguo de esos años, Soda Stereo replicando el patrón de la música inglesa-, los Redondos empezaron a hablarle a la gran masa que se sentía segregada del establishment corporativo. Pero aún más: empezaron a comportarse como el público marginal, o a actuar según lo que ellos esperaban de un conjunto rockero.

Por ejemplo, escogían la fecha y lugar de un show, y luego dejaban que empezara a funcionar la maquinaria del boca a boca, que llegaran aquellos que realmente se sentían tocados por su propuesta, sin anzuelos publicitarios. Sus recitales se convertían en un fondo común donde todo el dinero se destinaba a la grabación y distribución de sus álbumes. Cuando los discos estaban en la calle, no había maniobras de mercadotecnia, campañas en los medios, abrazos con las grandes marcas, videoclips o entrevistas para explicar por qué una canción decía esto o lo otro: el plan era que cada cual interpretara las creaciones como le diera la gana.

Una red contracultural que hizo cómplices a los músicos y su fanaticada, y que derivó en imágenes y frases extraídas de sus composiciones y tatuadas como consignas de vida, versículos hasta hoy reproducidos en millones de poleras, cintillos, lienzos, gorros, carteles, grafitis y cualquier superficie que aguantara la ideología ricotera, como una filosofía lúcida que explica una existencia completa: “violencia es mentir”; “lo mejor de nuestra piel es que no nos deja huir”; “verte feliz no es nada, es sólo rock and roll del país”; “fíjate de qué lado de la mecha te encontrás”; “el que se retira nunca gana”; “el infierno está encantador”.

Para remarcar aún más su distancia con el mundo oficial, uno de sus primeros éxitos en 1985 fue “La bestia pop”, donde cantaban con ironía: “Voy a bailar el rock del rico Luna Park”. Hasta hoy, son decenas los escritores, periodistas y académicos que han lanzado libros –La cuadratura de la redondez, Escuchá qué tema– intentando interpretar el misterioso significado de esas líricas.



Para reforzar aún más el ideario ricotero, su música no tenía más pretensión que un par de guitarras afiladas, algunos trazos de saxo y unas voces que siempre parecían urgentes, ahogadas y enigmáticas. Además, Solari, alérgico a las entrevistas y en batalla eterna con los medios de comunicación, sólo se comunicaba a través de cartas y, posteriormente, posteos en su blog o Facebook, por lo que su palabra parecía la de un elegido que de vez en cuando bajaba de la montaña y se sacudía del ostracismo para desplegar su sabiduría infinita. De hecho, el cantante ha dado sólo una conferencia de prensa en su vida y para reclamar por una presentación cancelada.


Superficies de placer

Ese universo paralelo fascinó a generaciones completas de argentinos. Pero también se transformó en su kriptonita más letal.

Mientras el culto crecía como una monstruosa bola de nieve en que ya no existían más estadios de fútbol para contenerla, su público se convirtió en un protagonista inesperado y, como un complejo de Narciso aplicado a la vida rockera, se empezó a enamorar de si mismo. Entendía que las citas multitudinarias de Los Redondos eran fascinantes no sólo por la presencia de sus divinidades, sino que también porque la propia fanaticada hacía el resto y construía su propio espectáculo. No estaban en el escenario, pero también querían que las luces, las fotos y los titulares fueran para ellos.

De hecho, había grupos completos que ni siquiera iban a mirar el concierto, sino que sólo se preocupaban de armar, decorar y estimular todo el espacio donde se materializaba la veneración. Así como folclóricamente se apunta a algunas hinchadas futboleras como deslumbradas con sus propios integrantes, “hinchas enamorados de su hinchada”, las comuniones con los oriundos de La Plata funcionaban con el mismo flechazo.

De hecho, ahí nació la llamada “futbolización” del rock argentino. Esto no sólo se trataba de música: la marea humana debía aguantar a ciegas a sus sumos sacerdotes. Los Redondos, y luego “el Indio” como solista, ansiaban con volver a tocar en teatros pequeños, como en sus orígenes, pero decían que sus fieles iban a desbordar el sitio que eligieran. O sea, sus carreras y sus determinaciones ya no les pertenecían, sino que estaban subordinadas en su totalidad al apetito de su público.


En el ojo del huracán

El modelo se fue eternizando en grupos posteriores como La Renga, Callejeros, Viejas locas, Jóvenes Pordioseros, Los Piojos, Gardelitos o La Beriso. Y remató de la peor manera, con recintos donde no importaba que miles ingresaran sin tickets, con los aparatos de seguridad resignados a lo imposible de enfrentar tamaño desmadre.

Cromañón fue algo así como la lápida de toda la evolución ricotera, el estallido final de la bola de nieve. Porque ya no sólo eran carteles, poleras al viento o tatuajes chillones: ahora también se habían tolerado las bengalas, por lo que la fatalidad, como demostró de manera literal esa tragedia, estaba a punto de explotar.

Hoy son muchos los medios, críticos y hasta los músicos que se han ubicado del otro costado y apuntan al “Indio” como un personaje ambicioso, ávido de récords multitudinarios, de instancias para la historia, obsesionado con una mística donde se puede erigir como un semidiós por sobre los mortales y que ilusiona a sus huestes alertando que siempre su próximo show puede ser el último, justificado además en el Mal de Parkinson que hoy lo aqueja a los 68 años.

No son pocos los que lo han configurado como una estrella que viaja en avión privado –de hecho, lo hace- embolsándose sacos de dinero, ahorrándose en seguridad y autorizaciones municipales, mientras sus fans sangran, caen y mueren más abajo. Alguna vez dijo que no le importaban los sold outs, total los que no tienen boletos siempre armarán quilombos para entrar. O que había qué entender al rock así, como una cultura poco prolija, sin esquemas, resultado natural de esa vibra cósmica que en los conciertos deja en el olvido cualquier protocolo racional.

El “Indio” vuelve a estar dentro del huracán tras su paso por Olavarría. Vuelve a ser un héroe que divide aguas, como Perón o Maradona. Para muchos –como Jorge Sampaoli, uno de sus admiradores confesos- está en ese mismo Olimpo. Todo se parece resumir en una de sus consignas más célebres, tatuada en los más distintos rincones del cuerpo de miles de argentinos en las últimas tres décadas: “Vivir sólo cuesta vida”.

Sobre el autor:

Claudio Vergara |
Subeditor de Espectáculos de La Tercera y periodista especializado en música popular.